MILEURISTAS CON MATRICULA DE HONOR
¿Qué fue de los mejores de la clase?
Rozaron el diez en la Selectividad, obtuvieron decenas de matrículas de honor y sobresalientes en la Universidad, tienen doctorados, masters… Son los mejor preparados para triunfar y, sin embargo, muchas veces su expediente no les luce en el mundo laboral. ¿Por qué? ¿Qué está fallando?
Son los cerebros mejor dotados de este país, los más preparados. Empezaron por un sobresaliente en selectividad, el primer peldaño hacia un futuro donde todo parecía posible. Después, brillaron en sus licenciaturas y, al terminar la carrera, el doctorado o el máster de turno, llegaron al abismo; es decir, la vida real, con sus sueldos mileuristas y su ‘merienda de negros’, un mercado laboral competitivo donde entran en juego factores imposibles de controlar. A algunos les ha ido muy bien porque han desarrollado sus carreras profesionales en el extranjero, donde abundan las oportunidades y los sueldos son altos; otros han conseguido meter la cabeza en la universidad, que es el destino predilecto para los intelectuales; algunos están perdidos y se dedican a dejar pasar el tiempo mientras aprenden idiomas en algún país exótico; mientras otros, los más, se han adaptado a la situación, han bajado el perfil para camuflarse como uno más en la oficina o bien siguen hincando codos en pos de la anhelada objetividad de las oposiciones. Lo que es seguro es que la sociedad no los ha llamado para estar en cabeza, aunque sus cabezas sean las mejores. Para el catedrático de filosofía contemporánea Manuel Cruz la situación «es un auténtico despilfarro. Las instituciones no dan cabida a los mejor formados, sino a los más astutos, lo que dice mucho sobre la patología de nuestra sociedad».
El éxito en la universidad no es garantía del éxito en la vida, pero algo ayuda. Según un estudio de la OCDE, el sueldo de los españoles con título universitario es un 25 por ciento superior al de los trabajadores que sólo han terminado la secundaria, y su riesgo de estar en paro es muy inferior. Pero es fácil perder el optimismo cuando cada vez es más frecuente que nuestros titulados superiores desempeñen tareas que no se corresponden con su formación y están a la cola de los sueldos de la Unión Europea, sólo por delante de los checos.
«Los mejores académicamente no tienen por qué serlo cuando cambian de entorno –explica el consultor en recursos humanos, Gustavo Ruiz–. Sobre todo porque fuera del contexto universitario hay que pelearse de otra manera y los que deciden sobre ti no son tan inteligentes ni están tan preparados como tú.» Lo paradójico, según este experto, es que «en el contexto laboral y en el estudiantil las habilidades necesarias para triunfar son las mismas: responsabilidad y afán de logro.» La diferencia es que, mientras un estudiante controla ambos conceptos, un trabajador los tiene que negociar. Es decir, como estudiante, tú eres quien decide preparar el examen, quien decide asistir a clase, quien decide cuándo, cómo y por qué lo que sea. Un trabajador está a merced de vicisitudes que no controla. De alguna manera, aunque la empresa construye espacios para actuar individualmente, estamos sometidos a las decisiones de muchos. Por poner un ejemplo, mientras que en Filología Hispánica un relato te supone un sobresaliente, en el mercado el mismo relato vale 10, 100 o infinito. No se prima lo que eres, sino lo que se te ve. Siendo las habilidades básicamente las mismas, las reglas del juego cambian.» Pero cómo conseguir entonces esas benditas capacidades que convierten a un estudiante en empollón: «La responsabilidad se aprende, pero el afán de logro, la ambición, se tiene o no se tiene. Cuando un bebé llora para conseguir que le den de mamar, está manifestando su afán de logro. También es muy importante el conocimiento personal para saber dónde estás; por decirlo de alguna forma: saber si eres de notable o de sobresaliente. Eso también ayuda».
Entonces, ¿cuál es el problema? ¿Es que la élite intelectual de nuestro país no es ambiciosa? «Al contrario, son muy ambiciosos, pero poco realistas –explica la psicopedagoga Rosa Ruiz– y comparten con los de su generación la falta de aguante frente a la frustración. Sus padres y profesores les dijeron que podrían ser cualquier cosa, se han preparado al máximo, pero ahora no saben qué hacer con tantos conocimientos porque su inmadurez les ha hecho solidificar sus sueños. No son flexibles, siguen queriendo con 26 años lo mismo que querían con 16 y, aunque es cierto que las metas son fundamentales para avanzar y superarse, es mucho más útil la capacidad de adecuar los objetivos a tu propia realidad.» Manuel Cruz, sin embargo, encuentra en los jóvenes universitarios un exceso de realismo: «Me sorprende la cantidad de chicos que quieren hacer Administración y Dirección de Empresas. Cuando les preguntas dónde quieren ejercer su profesión, su ADE, te dicen que les da igual, una actitud que me parece una grave perversión de la cultura del trabajo, que siempre ha tenido que ver con el contenido de la actividad. Mi sospecha es que estos chicos quieren estar en un lugar clave para mandar y cobrar, pero al final terminan como administrativos por esa falta de vocación».
A los ‘cerebros’ de este reportaje no les falta vocación, pero algunos creen que su lugar no está en la empresa privada, sino en las aulas, en la investigación, en la universidad. Sin embargo, cuando se hacen mayores, la misma institución que los ha acunado y utilizado como cerebros baratos los reemplaza por sangre nueva, jóvenes capaces de trabajar sin hora de salida, cobrar 880 euros y no cotizar a la Seguridad Social, sin quejarse y con ilusión. La organización Becarios Precarios lleva años luchando para que las cosas cambien, pero Manuel Cruz cree que no hay mucho margen para que la situación mejore. «Desde hace bastantes años, la Universidad no puede hacer una oferta de trabajo por razones demográficas. En la década de los 70, era necesario abrir nuevos grupos cada año por la llegada de los estudiantes del baby boom. Y por ese motivo tuvimos una entrada masiva de profesores que se consolidaron como funcionarios en los años 80. Ahora mismo, esa generación, que todavía no es tan mayor, se ha convertido en un auténtico tapón para los jóvenes porque el bajón demográfico todavía está afectando de lleno a la educación.»
Entonces, ¿el problema es que faltan emprendedores o que sobran universitarios brillantes? «No –añade Gustavo Ruiz–. Lo que falta es dinero y que el dinero sepa que tiene que arriesgarse para poder ganar. Las empresas tendrían que salir a buscar el talento a las universidades, entrar en las facultades y contarles a los estudiantes lo que pueden ofrecerles, pero también lo que les van a exigir. El problema es que en las empresas hay muy poco talento y por eso tampoco se molestan en buscarlo.» Debe ser por el mismo motivo que los partidos políticos tampoco envían ojeadores a la universidad, no sea que encuentren a alguien que podría hacerlo mejor que ellos mismos.