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Artemaniacos, ¿me echabais de menos?

Publicado: Lun Ago 06, 2007 11:13 am
por MaNe
Joder, lo he ido dejando y ya tenía 2 capítulos acumulados...
Ha empezado fuerte la nueva saga con los ascensos y las redencillas de Ritter y Denis. La historia de la misión de la que tan pocos saben que es está muy bien. ¿Cómo he podido esperar tanto para perderme este capítulo?
El capítulo 30 también me ha gustado, centrándose en esos rebeldes, ha estado bien. Lo de la mano me ha dejado flipado...

Publicado: Lun Ago 06, 2007 3:05 pm
por Alhandra
Bueno, ya he vuelto de vacaciones y aunque mi Internet va un poco a pedales he conseguido enchufarme y leer los dos últimos capítulos...

Empiezo a echar en falta a los Silvers. Ese final de capítulo abierto me ha dejado con las ganas, y en mi opinión, son unos tipos que pueden darle mucho jugo a la cosa. En cuanto a los nuevos malotes, ya sé que las comparaciones son odiosas, pero... (silvers, silvers!!) La escena de la mano te ha quedado muy bien, pero lo de la sombrillita... virgen santa, ¿era realmente necesario? Ha sido como ver a Takhisis jugar al ajedrez con Raistlin... dejémoslo XD.

Esperando a ver cómo se desarrolla la cosa. :wave:

PD1: La memoria me sigue fallando:
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¿quién se supone que está en la Mistral?
PD2: Ya sé que son tardías, pero mi conexión estaba apagada o fuera de cobertura estos días: Felicidades!

Publicado: Dom Ago 12, 2007 12:29 pm
por Ghorrhyon
Bueno, aquí estamos, más contentos que unas pascuas con un helado con sombrillita delante de mis narices.... espera, no debí decir eso...


Geralt: Bienvenido a bordo, señor. El nivel de radiación cool del tema acaba de dispararse :lol: Espero que disfrutes del resto de la historia, leído a un ritmo mentalmente saludable XD.
MaNe: No se puede uno dormir con estas cosas XD. Pretendo que los rebeldes dejen un buen regustillo. Después de todo, llevo pensando en su jefe desde hace muchos meses (esperemos que no quede en un fiasco).
Alhandra: ¡Hola de nuevo! Lamento comunicarte que los Silvers no van a volver. Era un cameo, y los cameos prolongados cansan. No voy a abusar de la amabilidad de kid de prestármelos, ya sabes... Lo de la sombrillita ha sido necesario... ¿A que te has confiado? Todos lo hacen... El problema con estos malos es que muy probablemente me cuesta encontrarles un punto en común. Al fin y al cabo, son rebeldes, son gente diversa. A tu pregunta, sigue leyendo ahora se sabrá.
P.D.: ¡Gracias, maja!

P.D.2: MaNe, Alhandra, a partir de ahora ambos tendréis material para opinar sobre los leves cambios introducidos (hay que amoldar). Una pena que sólo repondiéseis vosotros...

Vámonos átomos:
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CAPÍTULO TRIGÉSIMOPRIMERO: “El camino del Rebelde”

-Sombe, me parece una desafortunada idea…
Max Sawer, el Capitán más joven de toda la Marina, con los veintidós recién cumplidos, lanzó una mirada de indulgencia al gigantesco veterano, quien, sentado en la cómoda butaca de la sala de oficiales del Implacable, acababa de proponer un plan de acción para el ataque a la base rebelde en Ornegorsk.
Alrededor de la mesa, la oficialidad del Implacable compartía un refrigerio con los comandantes de los otros barcos de la escuadra. Además de Sombe y Sawer, Capitán de la Mistral, se encontraban allí Havilland, el comandante del Pathfinder, y Titus Hanaka, Capitán al mando de la fragata Simoun, hermana de la Mistral.
Sombe no se sintió ofendido por el comentario de Max. De todos era conocida la escasa empatía del frío oficial de Inteligencia Naval, y Sombe sabía que si él no aprobaba un plan, seguramente era porque efectivamente tenía fallos.
-Creo que, con el debido respeto, estoy de acuerdo con Sawer. –Terció el Comodoro Fawkes. –Según nos acerquemos a la isla en cuestión, podemos precisar el número y calidad de los barcos a los que nos enfrentaremos, pero de lo que estoy seguro es que ni siquiera el Cataphractus sería una pantalla eficaz contra el Black Reef, si es cierto todo lo que nos han contado.
El plan de Sombe era básicamente su filosofía de vida. El gigantesco Cataphractus se pondría en cabeza y todos los demás, detrás. Él encajaría el fuego enemigo, y luego se haría a un lado para que el resto de la línea doblase a los rebeldes. De todos modos, al Comodoro tampoco le hacía gracia la idea de sacrificar a uno de sus mejores barcos en recibir cañonazos.
-¿Cuál es su idea entonces, Capitán? –Interrogó Havilland, viejo amigo de Sombe, y el más viejo de la concurrencia, quien veía al joven oficial de Inteligencia como otro advenedizo de despacho.
-Bueno, -respondió Sawer, -no conozco todas las variables, de modo que estoy seguro que mi plan sería un fiasco igualmente. Pero creo que la velocidad podría ser la clave. Seguro que nuestras naves están mejor armadas, y nuestras tripulaciones mejor entrenadas. Eso nos da velocidad de maniobra y eficacia de combate. Podríamos dedicarnos a establecer combates puntuales en los que el número estuviese igualado. Así, mientras los enemigos maniobrasen para acudir en ayuda de sus amigos, nosotros les venceríamos tranquilamente, maniobraríamos fuera de su alcance, y repetiríamos las veces que fueran necesarias.
Denis y Hanaka, entre otros, asintieron ante ese plan, pero Ritter se incorporó levemente, mirando a Sawer.
-¿Y cómo sugiere usted, Capitán, que podríamos hacer eso?
Sawer encajó la pregunta con un poco de angustia.
-Bueno, como ya le he dicho, no conozco todas las variables, pero ni siquiera sabemos qué tiempo hará dentro de tres días, cuando lleguemos a Ornegorsk.
-Yo sí. –Contestó tajante Ritter. –Nos encontraremos con tiempo nuboso, sin lluvias, y viento favorable, y podremos atacar desde barlovento, con la ventaja, a la línea principal. Pero no voy a negar que su plan me parezca el más sensato. Ahora, anticipo que no es un pirata ni un pescador el que comanda esa flota. Puede que tenga pensada una buena defensa. Y está el Black Reef, su barco. Una cosa monstruosa que no se puede destruir a cañonazos. Pero me temo que tendremos que improvisar. Aún así, con el esqueleto del plan de Sawer puede que tenga alguna idea más…

Un estruendo terrible hizo caer el último par de árboles. Con un gruñido de satisfacción, el capataz mandó detenerse a los hombres. Esperó a que la humareda de la explosión se disipara, y se dirigió al claro formado junto con un pequeño número de trabajadores.
-Lo conseguimos. –Anunció a sus hombres. –La senda está despejada. Retirad los troncos y limpiad lo mejor que podáis el área. ¡Y no se os ocurra entrar!

Minutos más tarde, en el fuerte de Kilgore, el Comandante Snaff mascaba tranquilamente, mirando por la amplia ventana a la inmensidad del mar. Las noticias eran buenas, pero el capataz no entendía por qué la expresión de su jefe era tan seria.
-Lo que me cuentas me llena de gozo. –Dijo al fin. –Pero, ay, me temo que la vida que hemos elegido no da demasiado espacio para las alegrías, pues al rebelarnos contra el Orden establecido, enfrentamos la ira del propio Destino.
El jefe rebelde se giró lentamente, con un expresivo rictus de abnegada determinación, la máscara de un guerrero irreductible, y miró a su interlocutor con un apasionado brillo de resolución en los ojos.
-Sólo cinco minutos, y el chicle ha perdido el sabor. Pero no me dejaré llevar por la amargura. Guardaré el recuerdo de la fresa en mi paladar hasta que yo lo juzgue conveniente. Pues no me está permitido renegar del camino que yo mismo he elegido.
El capataz se quedó como de hielo ante las palabras de su líder. Incapaz de encontrar una respuesta sensata, se mantuvo firme, a la espera de instrucciones. Una especie de picor le recorrió la parte de atrás de la cabeza, como una gota de sudor resbalando, y aguardó a que Snaff volviese a hablar.
-Bueno, -dijo éste al fin –buen trabajo. Llame si es tan amable a mis oficiales, y juntos iremos a inspeccionar el área. Si lo que encontramos es de mi agrado, su equipo de trabajo recibirá doble ración durante esta semana.

Media hora más tarde, Snaff acudía al bosque. Los hombres que lo acompañaban apenas habían salido del fuerte en todo el tiempo que llevaban en la isla, y les sorprendió lo que vieron.
El Bosque de Kilgore estaba formado por unos árboles muy peculiares. Durante siglos y siglos, unos organismos simbióticos, probablemente algún tipo de alga, se habían ido instalando en sus troncos. La humedad del sofocante bosque había actuado como un acelerador del crecimiento, y la madera de los árboles se fue tiñendo de rojizo progresivamente. Las algas que le daban ese color tenían otra propiedad: durante todo ese tiempo habían estado acumulando roca caliza en su estructura, y entrelazándola con la madera, de modo que los árboles habían recibido el nombre de árboles de piedra. Imposibles de derribar con hachas.
Durante meses, los rebeldes habían estado luchando por despejar convenientemente un sendero en el bosque hasta una extraña gruta artificial conocida en la isla. Nadie hablaba mucho de ella, pues se consideraba lugar de mal augurio, al no regresar nadie que fuera a verla. Así, mientras los “leñadores” derribaban los árboles, otro equipo desenterraba la olvidada puerta de la cueva. Lo que hubiera dentro permanecía desconocido, más por seguridad de los hombres que por otra cosa, y si su líder confirmaba sus sospechas, pronto podrían sacarlo por el camino que habían preparado.

Los hombres arrancaban los últimos matorrales cuando los oficiales rebeldes llegaron a la entrada de la cueva. Dos de ellos cogieron las antorchas que les ofrecían, y tras dar un par de órdenes, Snaff caminó resuelto hacia el interior de la cueva, bajando unos gastados escalones que descendían a lo profundo.
-Huelga decir que iré delante, caballeros. –Anunció a sus hombres. –Es lo más lógico, sin duda.
Caminó más despacio. Que se sintiera relativamente seguro no quería decir que no necesitara ver por dónde iba. Poco a poco, todos bajaron la larga escalinata hasta llegar a un rellano donde se abría un arco de piedra. A la luz de las antorchas se distinguía un corredor. Avanzaron por él, Snaff siempre delante, seguido del primer portador de antorcha. Llevaban unos veinte metros, cuando uno de los oficiales vio un objeto redondo tirado en el suelo. Lo advirtió a los demás, y al apuntar la luz vieron que se trataba de un cráneo humano.
-Parece que nos acercamos al peligro. –Dedujo Snaff. –Si me prestan una antorcha, amigos míos…
Tomó la que le ofrecieron y avanzó por el corredor. Examinó las paredes y el suelo, y pronto vio el resto del esqueleto decapitado, tumbado en el suelo a pocos metros. Se acercó, mirando sobre todo a los muros, y descubrió una ranura en la pared, a la altura adecuada. Agachándose, avanzó, presionando diversos puntos del suelo con fuerza, y al fin, con un chasquido, una loseta cedió, liberando con violencia el resorte que accionaba la mortífera trampa. Snaff sintió el paso de la cuchilla sobre su cabeza, y acto seguido depositó la antorcha sobre la baldosa traicionera, estratégicamente colocada para que fuera fácil pisarla.
Poco después, superado el percance, llegaron a una rampa. Uno de los oficiales se agachó, comprobando que estaba tremendamente inclinada y era muy resbaladiza. En las paredes, igualmente lisas, no había asideros practicables. Se levantó, y miró inquisitivo a su jefe.
-Mmh. Entiendo. Esperen a que les dé la señal.
Snaff pisó despreocupadamente la rampa, y sin llegar a dar un paso, resbaló y cayó por ella, sin un grito de sorpresa. Sus hombres oyeron desde arriba el siseo del deslizamiento, y luego un zumbido y un sordo crujido. Poco después, la voz del comandante les llamó:
-¡Bajen ahora! ¡No tengan miedo a perder pie, no van a sufrir daño, pero no se obstinen en caer de pie! ¡Actúen como en un tobogán!
Obedeciendo, los oficiales rebeldes se tumbaron en la rampa y se dejaron deslizar. El primero de ellos, que no llevaba antorcha, recorrió un trecho importante, eterno desde su punto de vista, antes de impactar con una especie de terrón compacto al final del descenso. Cuando los hombres de las antorchas bajaron, pudo ver que al final de la rampa había una especie de bloque de tierra negruzca, compactada a medias, que tapaba una traicionera abertura. Probablemente, ésta daba a un precipicio.
Siguieron adelante, por un corto corredor. Snaff cada vez parecía de mejor humor. Tanta protección sólo podía significar una cosa. Al final de ese pasillo, vieron por fin otro arco de piedra que parecía abrirse a una cámara más grande. Snaff avanzó despreocupado, y de repente, algo chasqueó en el suelo, a sus pies. De unos agujeros en suelo y paredes, brotaron afiladas lanzas de piedra, que atravesaron el cuerpo del comandante como un acerico. Los hombres se sobresaltaron ante la violenta imagen, pero al levantar el pie, Snaff permitió que las estacas se retirasen, dejando regueros de polvo negro.
-Bueno, afortunadamente no eran de kairouseki. No se preocupen, ya veo qué he pisado. No quitaré el pie, ni haré fuerza mientras no pasen. Dejaremos otra antorcha para el regreso.

Entraron en la cámara. Era una oscura sala abovedada, apenas iluminada por el débil palpitar de las antorchas. Uno de los hombres se adelantó, cauteloso, y descubrió una especie de pirámide escalonada de piedra, rodeada por un estrecho foso de una sustancia aceitosa. Tocó el aceite, lo olió, y acercó la antorcha, apartándose. El fuego encendió enseguida el foso, y una luz intensa invadió el recinto, bañando de rojo anaranjado toda la inmensa bóveda. Las paredes parecían estar recubiertas de metal pulido, probablemente cobre, y todo el lugar parecía bañado en sangre. Una enorme losa de piedra actuaba de puente sobre el foso, y éste daba acceso a tres grandes escalones de piedra, como una especie de altar, que llevaban hasta una piedra cúbica, de color granate.
-Ahí está. –Murmuró Snaff, con satisfacción. –El ponegliph de Ornegorsk. Amigos míos, alguien se ha ganado ración doble esta semana.

Un rato más tarde, los oficiales rebeldes siguieron a su comandante al exterior. Éste pronto se dispuso a prevenir a sus hombres sobre las trampas y cómo superarlas. De pronto, uno de los soldados rebeldes llegó corriendo por el sendero del bosque.
-¡Comandante, señor!
Todos miraron en su dirección. Parecía agitado. Snaff acudió a su encuentro, sacudiéndose tierra del chubasquero amarillo.
-¡El barco de exploración ha regresado, señor! ¡Trae noticias!
-No muy buenas, supongo. –Dedujo Snaff sin perder la flema. -¿Me equivoco?
-No, señor. Ha avistado una flotilla enemiga.

Publicado: Dom Ago 12, 2007 2:24 pm
por MaNe
Que rebeldes son estos rebeldes...XD Tío, el Comandante Snaff mola.
Me ha encantado lo de los "árboles de piedra", le has dado una explicación con lo de las algas y tal que ha quedado muy bien (tan científico que parece real). Y los cambios que hallas hecho los iremos viendo, por ahora no ha cambiado mucho que yo halla notado...
Ghorrhyon escribió:Vámonos átomos:
Venga, vámonos

Publicado: Vie Ago 17, 2007 3:32 pm
por Ghorrhyon
Bueno, aquí estamos otra vez, aprovechando la semanita de vacaciones tranquis para cumplir puntualmente las entregas...

MaNe: Siempre hay que dejar testimonio de lo que uno es, kohai, siempre XD.

Bueno, sin más, he aquí algo que hacía mucho que no trataba...
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CAPÍTULO TRIGÉSIMOSEGUNDO: “La Batalla de Ornegorsk”

Cortando las olas a la velocidad del viento, la flotilla del Comodoro Fawkes se dirigía sin vacilar al mismo centro de la línea de combate enemiga. Quina comprobó de nuevo que no se les había pasado nada: los rebeldes tenían doce embarcaciones de tamaño más o menos regular, en su mayoría galeones pobremente armados aunque con piezas poderosas.
Llamarlo “línea de combate” era un eufemismo. Mientras los barcos de la Marina acudían al combate en una hilera compacta, cumpliendo todas las ordenanzas, la flota rival estaba dividida en tres escuadrillas de cuatro naves. El viento soplaba ahora del suroeste, favoreciendo el ataque, como había predicho Ritter, pero hasta hacía pocas horas, lo había hecho desde el este, provocando la desorganización de la línea enemiga. Una de las agrupaciones se encontraba demasiado lejos, al oeste, esforzándose por virar en orden hasta la zona del combate. Otra, demasiado lenta, intentaba avanzar para cerrar el paso a los marines, sacrificando mucha velocidad al ir con viento en contra. La tercera había cometido sin duda más de un error, y más de dos, y se encontraba totalmente desorganizada, algunos de sus integrantes sotaventeados, al límite norte del alcance del catalejo.
El Implacable abría la marcha, con la bandera gubernamental y la insignia de la Marina izadas bien altas, y las banderolas de señales estáticas en la orden “todas las unidades acudan al fuego tras la nave comandante”. El pequeño y maniobrero Pathfinder, sin embargo, estaba exento de cumplir la orden, al tratarse de un barco que no cumplía los requisitos de “unidad de combate”. Aun así, su apoyo sería seguramente necesario en algún momento del combate, y no se iban a perder la fiesta de ningún modo. Tras el Implacable, navegaban a todo trapo la Mistral y la Simoun, con el Cataphractus cerrando la línea. La Capitana Guimaraes sonrió, más por excitación que por alegría, cuando la inmensa estructura del navío de guerra crujió al iniciar un leve viraje hacia el este, aprovechando toda la fuerza del viento favorable.

La totalidad del velamen del Implacable se hinchaba con cada ráfaga de viento. Sujeto a un cabestrante, en el combés, Denis vio cómo la primera división de la flotilla rebelde se acercaba a gran velocidad. Trataban de virar, cerrando el paso a los marines, pero el viento que tan fuertemente impulsaba a la escuadra gubernamental impedía realizar fácilmente las maniobras a sus enemigos. Poco a poco, el primero de los barcos enemigos se estaba convirtiendo en un blanco fácil. Lo confirmó cuando tras una orden voceada por todo el barco, unos estampidos surgieron de la batería de proa. Unos surtidores de agua brotaron todo alrededor del barco rebelde, haciendo que éste encontrase aún más dificultades en su maniobra. La batalla comenzaba.
Escasos minutos más tarde, Denis podía oler las mechas de las baterías de babor ya encendidas, mientras la división de cuatro barcos rebeldes renunciaba a la maniobra y se preparaba para cañonearse a corta distancia, cruzándose en dirección contraria. Entonces, de súbito, casi como si no hubiera transcurrido tiempo, el primer galeón rebelde se puso a tiro, y estalló el infierno.
Las cuatro baterías de babor del Implacable rugieron como bestias primigenias, levantando nubes de humo descomunales. Se podía distinguir el ruido de la contestación del primer barco, pero aún así, era algo débil, como si los propios cañones del enemigo hubieran perdido la voz del susto. Toda la madera y acero de la cubierta temblaban con cada cañonazo, y Denis se estremeció al pensar en cómo se sentirían aquellos terribles disparos en el punto de impacto. Y con Sonja al frente, seguro que la gran mayoría impactaban. Por su parte, el Implacable también estaba recibiendo disparos, pero en su mayoría quedaban detenidos por las gruesas planchas del blindaje de la nave insignia. De este modo, el principal temor de los comandantes de la Task Force quedaba desechado: el enemigo no tenía armamento, ni tripulantes, capaces de competir con barcos de la Marina.
Poco a poco, la silueta maltratada del primer barco rebelde se perdía por la banda de babor del alcázar. Ya se oía a la Mistral intercambiar fuego con ellos. Denis esperó que no le causasen demasiados daños a la fragata, aunque por lo visto en el combate con el Implacable, poco iban a poder hacer. De momento, el segundo y tercer barcos enemigos eran la siguiente preocupación del Implacable, que preparaba de nuevo sus baterías para el enfrentamiento.

La primera división rebelde ofrecía, desde su popa, un aspecto poco favorecido. Sobre todo el último barco.
-¡Vamos, vamos, vamos! –Gritó Ritter desde su puesto en el alcázar. -¡Orientad la mayor como es debido, no quiero ver ninguna vela colgando!
De nuevo, el espectacular crujido del barco virando. Como había supuesto, los tres primeros barcos rebeldes habían hecho todo lo posible por evitar vérselas con el Cataphractus, lo cual sólo había significado que quedasen casi detenidos por el fuerte viento en contra de la maniobra. Viento que ahora les perjudicaría también a ellos. El Comodoro ordenó fuego una vez más, y otra poderosa andanada entró de enfilada por la popa del último barco rebelde, haciéndolo pedazos desde dentro. Se oyeron un par de pequeñas explosiones, y Ritter pudo ver como a proa, por el lado de estribor, se empezaba a abrir una vía de agua irreparable. Uno menos.
El implacable viró, enfrentándose al viento. Pero un marino experto sabía avanzar a buena velocidad aun con el viento en contra. Poco a poco, el resto de la línea siguió a su buque insignia, mientras los desvencijados rebeldes trataban de alejarse rumbo sur. Ya no querían más castigo. En poco más de cinco minutos, alcanzaron al tercer barco, que empezó a recibir severos daños por la banda de estribor. Apenas respondía, pues debía tener muchas bajas en las baterías, y Ritter ordenó seguir a toda vela, repasando toda la línea enemiga. Justo en ese momento, decidió echar un vistazo a la banda de estribor, intentando localizar exactamente donde se encontraban las otras dos divisiones.
A lo lejos, al oeste, la división más adelantada trataba con notable esfuerzo de colocarse para atacar. Ritter observó con aprobación que mantenían la línea y no se dejaban vencer por el viento en contra. Sin embargo, el caos cundía entre los barcos de la tercera división, y uno de ellos, el único que había conseguido recuperar el control, avanzaba a apoyar a sus camaradas. Valiente, pero insensato. Bajo el sonido de fondo de los disparos de su flotilla, el Comodoro Fawkes hizo un gesto al jefe de guardiamarinas, y éste procedió a cambiar las banderas de señales. Luego, bajó al cuarto del timón y descolgó el den-den mushi.
-Sombe.
-¿Sus órdenes, señor?
-Lo que habíamos planeado. Procure que ese barco que se acerca no nos de problemas.

“A todas las unidades, virar por avante a rumbo noroeste, manteniendo la línea”. Djamin Sombe impartió las órdenes a sus hombres. Lo que el comodoro pretendía estaba claro: un giro lento, deliberado, para permitir a los rebeldes formar una única línea. Estaba demostrado que podían con ellos. Sin embargo, era responsabilidad suya encargarse del moscardón que se les acercaba desde el norte.
-Señor M’Bo, tome el mando.
Ante el asentimiento de su Segundo Oficial (el Primer Oficial, la Comandante Ugune, ocupaba su puesto a proa), Sombe se dirigió a la borda, justo donde se encontraba una selección de sus armas. Tras pensar un instante, tomó una enorme alabarda, y sin que nadie le diese mucha importancia, descendió por la cuerda que allí había atada hasta uno de los botes salvavidas que remolcaba el Cataphractus. Tener los botes en el agua aseguraba que no matasen a nadie por una lluvia de astillas si eran alcanzados por una bala de cañón, pero al Acorazado Sombe le proporcionaban además una adecuada plataforma de combate.
Sombe se irguió en el bote, de cara a la creciente silueta del barco enemigo, que se acercaba. Levantó la alabarda, tomando aire, y concentró toda su fuerza en sus poderosos brazos. Pasó así unos minutos, y la imagen de los perplejos vigías rebeldes le cruzó un instante la mente. Entonces, de súbito, abrió los ojos y ejecutó su ataque.
-¡Tsunami!
La poderosa voz de Sombe se alzó por encima del viento y las olas, al tiempo que, con un estampido ensordecedor, su arma se hundía en la superficie del mar. El golpe con la alabarda levantó una poderosa ola, que poco a poco empezó a crecer, haciéndose terriblemente peligrosa. Antes de que hubiera tiempo para reaccionar, la inmensa pared de agua había impactado con el barco rebelde, haciendo que se escorase peligrosamente. Cuando el impacto finalmente cesó, el buque había perdido uno de sus dos mástiles, y tenía alguna que otra vía de agua leve pero preocupante, sobre todo a proa y a babor, los lugares afectados por la ola. Su velocidad se empezó a reducir, mientras la tripulación luchaba por impedir que los daños fuesen fatales. Sombe asintió, satisfecho, y comenzó a trepar por el cable.

Cuarto de hora más tarde, la maniobra de viraje había concluido. Max Sawer miró más allá del Implacable, y observó que los rebeldes habían formado una doble línea. Si conocía suficiente acerca de la personalidad de su superior, sabía que Fawkes aceptaría el reto. Todos habían comprobado que los navíos rebeldes no podían medirse a la Task Force, pero no podía evitar tener un pequeño recelo, basado en una simple observación: siete contra cuatro.
La proa del Implacable apuntaba directa al espacio entre las dos primeras embarcaciones de la doble línea enemiga. Si bien era cierto que les rodearían por ambas bandas, eso permitiría al Cataphractus y al Implacable aprovechar toda la potencia de sus baterías, que era mucha. Sin embargo, Sawer se preguntaba cómo encajaban la Simoun y su nave en todo ello.
Poco a poco, el Implacable empezó a coger velocidad. Parecía que el viento siempre obedecía al Comodoro Fawkes, y Sawer sintió un poco de sana envidia al comprobar lo que se decía de uno de los mejores navegantes de la Marina. Esforzándose al máximo, trató de sacar el máximo partido a su propio barco, pero ni siquiera la rápida Mistral podía competir con el buque insignia. La batería de proa del Implacable empezó a tronar, y las piezas ligeras que los rebeldes llevaban en sus castillos de proa respondieron, sin que uno ni otros hicieran mucho contra el enemigo.
Sawer observó como la proa del Implacable se introducía en el estrecho callejón, y se dio cuenta de que si tenía que seguirlo, debía darse prisa antes de que los enemigos virasen para rodearlo. El Implacable comenzó a disparar, y a recibir respuestas, y poco a poco una espesísima nube de humo empezó a cubrirlo todo. Se oían estremecedores crujidos secos cuando las balas impactaban, y al poco tiempo, Max vio como un mástil desaparecía bajo la nube de humo. Por la posición imaginó que era uno de los rebeldes, pero ya no podía asegurar nada.
Justo entonces se dio cuenta de que ya lo esperaban los dos primeros barcos. Se preparó y empezó a impartir las órdenes de combate. De repente, vio un resplandor muy potente justo delante, a la distancia aproximada en la que estaría el Implacable. Una luz concentrada parpadeaba constantemente, en intervalos cortos o largos. “Guimaraes” pensó, pero al comprender lo que significaba sonrió.
-Ese hombre es un demonio.

La Mistral viró en redondo, como el resto de barcos de la Task Force, justo cuando los rebeldes abrían fuego precipitadamente, bombardeándose entre ellos. Sawer y el resto de capitanes lucharon contra el viento para conseguir la maniobra, mientras seguían oyendo el fragor del combate del Implacable a lo lejos. La lucecita titilante del buque insignia seguía emitiendo su mensaje:
“A todas las unidades, virar en redondo para acometer al enemigo por el exterior”

Publicado: Lun Ago 20, 2007 7:53 pm
por MaNe
Realmente eres el amo relatando batallas navales, un capítulo excepcional, aunque no por la trama que avanza, pero igualmente bueno por la narración y la acción.
Sawer escribió:- Este hombre es un demonio
Saludos

Publicado: Sab Sep 01, 2007 1:33 pm
por Ghorrhyon
¡Ya estamos aquíiii!
En fin, perdón por el retraso, sin motivo aparente, excepto que quizá me cambie el nick a Pherrho, o algo así.

Sin más dilación vamos a por el siguiente capítulo, no sin antes agradecer a MaNe sus comentarios (sigo perro, sí):
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CAPÍTULO TRIGÉSIMOTERCERO: “Black Reef”

A lo lejos, la humareda de la terrible batalla se perdía hacia el sur. La Task Force del Comodoro Fawkes había atravesado el bloqueo y ahora se dirigía a toda velocidad hacia la línea costera que empezaba a dibujarse al frente. El sol ya se encontraba muy cerca del horizonte, y en menos de dos horas probablemente anochecería. Quina dirigió la vista a lo largo de toda la línea. Todos los navíos de la escuadra estaban algo maltratados, sobre todo el Cataphractus, que había perdido la mitad del palo trinquete en el último cañoneo.
La Capitana Guimaraes aún se estremecía recordando la fiereza del combate, a bordo del Implacable: astillas volando, hombres gritando, fuego de mosquetería… todo un infierno desatado mientras el humo lo envolvía todo y nadie distinguía amigos y enemigos. Cuando finalmente todo acabó, tres galeones rebeldes se estaban hundiendo, y dos huían hacia el suroeste. El resto, perdido el control, se cañoneaban con la Simoun, que justo en aquellos momentos trataba de unirse al final de la línea, con la tripulación luchando por tapar una vía de agua no demasiado grande.
Quina se encontraba a bordo de la Mistral, en el alcázar, acompañada por el Capitán Sombe. El enorme marine tenía la armadura cubierta de arañazos recientes, y un ligero vendaje en la cabeza. El cascabel de uno de los cañones de cubierta le había golpeado cuando una andanada hizo volar un buen trozo de su banda de babor. Sin embargo, Sombe ni se había inmutado: quitándose la gorra, se había hecho un vendaje allí mismo, mientras seguía gritando órdenes, como en una especie de éxtasis. Ahora, a bordo de la Mistral, sin embargo, parecía tremendamente calmado, ensimismado, contemplando las olas por el lado contrario de la flota. Quina creyó entender que, como buen Capitán, Sombe no gustaba de contemplar su barco averiado desde otro navío.

Max Sawer colgó el auricular del den-den-mushi. Apoyado en su escritorio, reflexionó durante unos segundos sobre lo que acababa de oír.
-Interesante.
Quien acababa de hablar con él era Fawkes. El Comodoro se había ganado la admiración de Max al ordenar aquella última maniobra. Fawkes sabía, como sabía Sawer, y todos los Capitanes, que el Cataphractus no podría cumplir la orden de maniobrar, por lo que seguiría con el rumbo previsto, volviendo a atravesar por medio las filas enemigas. Castigo desde las bandas de dentro por parte del Implacable, castigo desde fuera con las dos fragatas, y vuelta adentro con el Cataphractus. Un mareo para los artilleros rebeldes, que además se podían hacer trizas con el fuego cruzado, y el riesgo definitivo para las naves más capaces de soportarlo. De hecho, la lentitud del navío de Sombe había hecho que recibiera un bombardeo muy serio, pero, obviamente mucho menor del que le hubiera esperado si hubiera entrado antes.
El Capitán Sawer subió la escala del alcázar, descubriendo a la guapa Capitana Guimaraes recostada en la borda y a Sombe mirando impertérrito la lejanía del mar. Ambos parecían cansados, como él mismo se sentía, pero dispuestos a llevar a cabo el último esfuerzo.
-Señores. –Saludó. –Nuestro comandante en jefe me acaba de explicar la razón precisa de su presencia en mi nave. No es que haya soltado demasiada prenda, pero me ha hecho comprender que el verdadero objetivo de esta misión no era castigar a estos rebeldes.
Según hablaba, Max miró a Quina de manera interrogante, pero ella le devolvió la mirada en un tono impaciente: “vamos, continúa”, venía a decir. El Capitán Sawer evitó sonreír, y prosiguió:
-Parece ser que lo que quiera que nos interesa de Kilgore está en lo profundo de su bosque de piedra. Muy interesante, dado que Kilgore no tiene nada de interés que se sepa. Pero las coordenadas astronómicas que el Comodoro me ha dado no tienen pérdida. Se corresponden con esa isla, y según ustedes, los del Implacable, lo-que-quiera-que-sea está tierra adentro… ¿por qué esa convicción?
Quina sonrió. La curiosidad y agudeza de Sawer eran un peligro en según que circunstancias, así que se incorporó, dispuesta a replicar.
-Vamos, Sawer. –Terció de pronto Sombe. –Como si eso nos importase. Puede que los rebeldes tengan un almacén ahí escondido, o hayan descubierto una veta de kairouseki, o a saber qué. El caso es que debemos descubrirlo cuando lleguemos. ¿No te gustan las sorpresas?
-Me gusta anticipar mis movimientos. –Contestó Max, algo picado. –Reaccionar a las maniobras del enemigo es el primer paso para la derrota. Si llegamos ahí sin saber lo que estamos buscando, más tiempo tendrán para llevárselo, esconderlo, protegerlo, o lo que sea.
-Tranquilo, Max. –Ahora quien hablaba era Quina. –Si es lo que sospechamos, no se lo llevarán a ninguna parte. Tú limítate a desembarcar con nosotros, y llevarme hasta el bosque.
-A la orden. –Contestó el Capitán Sawer, con cierto retintín. Luego, bajó la escala para dar las órdenes pertinentes a sus tripulantes.

Ornegorsk era un atolón. Las islas rodeaban una laguna circular, en cuyo centro, hacía miles de años, había sobresalido un cráter volcánico. Se decía que las islas formadas, como los arrecifes, desde el mismo mar, eran lugares donde el kairouseki podía encontrarse en la propia superficie. Sin embargo, Denis y Ritter, en el castillo de proa, no estaban pendientes de eso ahora. Delante de ellos, en el puerto de Kilgore, que daba hacia fuera de la laguna, todo parecía muerto.
Con la luz del atardecer, el inmenso Black Reef, la nave insignia rebelde, se veía aún más siniestro. Un barco completamente negro, mucho más grande que el Implacable, y sin los fanales encendidos. Aparentemente vacío.
-No nos confiemos. –Alertó Ritter. -Lo mejor es que la Simoun se aleje del combate, y los dos navíos más el Pathfinder abordemos el Black Reef. Eso asegurará que tengan algo que preocuparse, mientras Quina y los otros desembarcan.
Denis asintió, pero algo no estaba del todo bien en el plan.
-¿Por qué Sawer y Sombe? –Preguntó al fin. -¿Por qué no nosotros?
-Son exactamente la escolta que le hace falta. No sé si los rebeldes, o más concretamente ese misterioso comandante Snaff que les manda, valorarán más el barco o su descubrimiento, pero a ti te necesito en el abordaje, y yo, el Comodoro de esta Task Force, llamaría la atención.
Denis asintió, aceptando la explicación sin entenderla demasiado. Algún otro motivo debía tener Ritter, pero no lograba acceder a sus pensamientos. Su amigo y superior estaba cambiando, lenta e imperceptiblemente.
De repente, un enorme estruendo surgió del Black Reef, y casi al instante, el diminuto Pathfinder, que se acercaba por una banda, saltó en pedazos. Literalmente. La andanada del barco negro destrozó sus cubiertas y derribó sus palos, y montones de tripulantes empezaron a abandonar el pequeño barco, que se escoraba terriblemente deprisa.
Saliendo de su asombro, Ritter saltó al puesto de combate del castillo y empezó a gritar órdenes:
-¡Fuego con todo lo que tengamos, a discreción! ¡Timonel, mantenga rumbo de abordaje! ¡Zafarrancho de combate!
El Cataphractus, a unos cuantos cientos de metros de distancia, comenzaba el bombardeo. Los impactos no parecían causar demasiada mella en el buque rebelde. El Implacable ganó velocidad y por fin la silueta del terrible navío negro se hizo más clara.
El Black Reef tenía tres palos y cuatro puentes, como el Implacable, pero era ciertamente más grande. No estaba pintado, sino que directamente parecía estar hecho todo él de una sola pieza de un extraño material. Las líneas de la borda, las cubiertas, los mástiles no eran lisas, sino irregulares, ásperas, como si no pudieran ser pulidas. El bauprés parecía más una especie de saliente picudo en un arrecife que un mástil de madera, y desde luego, no era de madera. Las velas, teñidas de negro, no tenían ninguna insignia, y eran la única parte del barco que no destilaba esa oscura frialdad.
-Cielo santo, –murmuró Denis, -parece hecho de piedra.
-Está hecho de piedra. –Contestó Ritter.

-Imposible, Señor. –Sonja parecía tremendamente frustrada. –Ni siquiera los Rompecorazones le harán mucho daño, y no tenemos demasiados, como bien sabe.
-Pues entonces, prepárese, porque tendremos que seguir con el plan original, aunque ahora no me apetece mucho abordar ese monstruo.
Ritter y Denis corrieron de nuevo a cubierta, mientras Sonja se alejaba a avisar a Kleb Chindari. Arriba, Urahawa y Luther Fawkes ya estaban esperando, al mando de una de las columnas de abordaje.
-Para nosotros la banda de babor, y la de estribor para los del Cataphractus, y que Dios nos ayude a todos.
-¿Cuál es el plan, señor? –Preguntó Urahawa.
-Evidentemente, no sabemos qué habrá ahí dentro, ni si estarán los oficiales rebeldes, pero mi sugerencia es que nos hagamos con los puntos neurálgicos cuanto antes. Abuelo, tú seguirás al Teniente Urahawa hasta la segunda batería. Cuando vengan, Mendoza y Chindari recibirán la orden de tomar el alcázar, y el Comandante Courtoise y yo vamos a hacernos con los cuartos de oficiales.
Todos asintieron, mudos por la tensión. A algunos hombres de la gente de Urahawa se les iban los ojos al agonizante Pathfinder. La Simoun, abrigada tras el Implacable, trataba de acercarse a recoger supervivientes.
-Vamos allá. –Anunció Denis cuando vio asomar las cabezas de Sonja y Kleb por la escotilla.
Con un alarido ensordecedor, las tripulaciones de los dos navíos de la Marina se abalanzaron contra el Black Reef justo al tiempo que sus proas chocaban contra la negra estructura. El navío negro ni se inmutó, pero el maderamen de ambos barcos quedó hecho trizas. Una vez en el barco enemigo, Urahawa descubrió que el suelo era irregular, tremendamente áspero al tacto, al igual que mástiles, borda y demás elementos no móviles. La piedra negra parecía estar cubierta de pequeños cráteres, o agujeritos cavernosos.
-Ya lo entiendo, esto es lava.
-Más o menos. –Urahawa se sobresaltó al oír la voz de Luther a su lado. –Es piedra pómez. Muy ingenioso. Dura como piedra que es, pero tan llena de burbujas por dentro que si un constructor consigue hacer algo realmente habilidoso, puede flotar. Y así obtenemos un barco insumergible más resistente de lo que ningún carpintero corriente podría hacer jamás.
Por toda respuesta, Urahawa se transformó en hombre jabalí.
-Pues nada, si no se puede hundir, habrá que vaciarlo.

Quina contemplaba la batalla a lo lejos, distinguiendo los gritos de guerra y maldiciones. Bajando la vista, vio como la Simoun llegaba para auxiliar a los náufragos del Pathfinder.
-No se preocupe, Capitana. –La tranquilizó Max. –Ahora enviaré a los míos a ayudar.
Quina le sonrió débilmente. El Black Reef se le antojaba una especie de aparición surgida del infierno.
-No sé si será muy sensato –prosiguió Sawer -abordar un gigantesco barco que evidentemente está hecho de piedra volcánica, pero desde luego, están haciéndolo los mejores barcos.
-No lo dude. –Contestó Sombe, mientras se preguntaba cómo diablos sabría Sawer lo de la piedra volcánica.
Quina salió corriendo del muelle, atravesando las calles vacías de Kilgore en dirección al bosque, seguida siempre por sus escoltas. Al llegar al límite de los árboles rojizos, se detuvo, contemplando el interior del bosque a la luz del atardecer.
-Si no es muy sensato abordar el Black Reef, Max, ni te figuras la locura que vamos a cometer.

Publicado: Dom Sep 02, 2007 12:21 pm
por Geralt
Al día again después de las vacaciones. He de decirte que me ha encantado el combate naval y cada vez dejas los capítulos en puntos en los que quiero es siguiente con más ganas. La idea del barco de piedra es bastante original y desde luego va a dar lugar a un abordaje que puede estar muy bien y, conociéndote, estará muy bien.

Por otro lado, por llevar la contraria y por que me gusta, yo soy de la opinión de que Denis mola y que le tenéis envidia porque es cool y un pichabrava =P (no como la nenaza de Sasuke)

Saludos :wave:

Publicado: Sab Sep 22, 2007 7:58 pm
por Ghorrhyon
No, tranquilos, no me he muerto...

Geraldo:Pos mira, el secreto de los folletines es que enganchen ¿me estás llamando escritor de folletines? XD Juzga tú qué tal el abordaje :astuto:

Por otro lado, tenemos dos partidarios de Denis (Tú y MaNe) contra dos de Urahawa (kid y Alhandra). ¡Qué estalle la polémica! ¡Por favor, que estalle!

Y sin más dilatación (¿cuantas veces he dicho ya esto?):
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CAPÍTULO TRIGÉSIMO CUARTO: “Las entrañas del monstruo”

Mezclados, los valientes soldados del Implacable y del Cataphractus libraban una cruenta batalla sobre la cubierta y la batería superior del Black Reef. Había cientos de enemigos a los que enfrentarse, y la carnicería era terrible en los estrechos pasadizos de negra roca.
Sonja y Kleb avanzaban trabajosamente, lanzando sus ataques con notable precisión. Cada dos por tres, un puñado de enemigos salía despedido por un hachazo del carpintero, o un tirador lejano era inesperadamente abatido por una Bombarde o Couleuvrine de Sonja. La nutrida columna de marines que les escoltaba se iba reduciendo en número a medida que iban encontrando grupos de aliados a los que apoyar en batalla. De hecho, apenas habían puesto el pie en cubierta, cerca de proa, los dos oficiales habían tenido claro que lo de tomar el alcázar, a popa, lo tendrían que hacer ellos dos solos.

En otro lugar del barco, el grueso de los atacantes del Implacable se había encontrado con un serio escollo. Ritter y Denis observaban parapetados el interior de los barracones de la marinería. Las literas habían sido retiradas, permitiendo apreciar la cavernosa inmensidad del espacio “excavado” del barco. Ritter estaba maravillado por cómo el interior del Black Reef había sido esculpido para dejar tanto espacio a sus habitantes, al menos en determinados lugares. Lo que le fastidiaba sobremanera era que los rebeldes hubieran encontrado aplicaciones defensivas a su pericia.
Al otro extremo de la sala frente a la que se encontraban los marines, sin atreverse a entrar, yacían apiladas las literas y demás mobiliario de los barracones. Los rebeldes los habían usado para atrincherarse, y amenazaban con fuego de fusilería a quien entrase. La puerta rodeada por aquella trinchera era, además, una despensa cerrada y bien llena de suministros. Costaría muchísimo sacar a aquella gente de ahí.
-¿Cómo lo hacemos, señor? –Preguntó Denis, un tanto acartonado. Él hubiera cargado directamente contra la trinchera, pues no tenía miedo a las balas, pero su superior le había impedido hacerlo con una mirada de reproche totalmente injustificada. “No me vengas con heroísmos, Courtoise”. Ésas habían sido sus palabras, y no le habían gustado nada al Segundo Oficial del Implacable.
Por su parte, Ritter no olvidaba la pregunta. Apoyado en la pared rugosa y negra, miró hacia los lados, hacia el pasillo que comunicaba los barracones con el resto de las dependencias “civiles” de la nave. Su objetivo era el cuarto de oficiales, pero no podía dejar tirados a sus hombres, con la amenaza de tantos rebeldes ahí dentro.
-Insisto en que yo podría hacerme con ellos. –Volvió a empezar Denis, -No tienen más que fusiles, y en corto no podrían hacerme nada.
-Denis. –Contestó el Comodoro. –Son más de veinte metros en espacio abierto, y lo menos treinta fusiles disparando al unísono. No tienes tanta suerte. Tienes mucha, pero no la suficiente para eso.
-Pero si pudiera llegar, -prosiguió el Comandante –les demostraría la poca que tienen ellos.
Exasperado, Ritter miró de nuevo hacia donde el pasillo se torcía. Toda una pared de dura y negra roca que llegaba hasta la despensa-refugio, pero interponiéndose en su camino. Frustrado, golpeó la pared con su puño envuelto en la cadena.
Ante la sorpresa de todos los presentes, Comandante Courtoise incluido, un gran fragmento de piedra pómez se desprendió y cayó al suelo, dejando un agujero en su lugar.
-Oups.

-¡Sula Splash! –Un potente chorro de agua surgió del bastón de Luther Fawkes, apartando la barricada formada por rebeldes. Urahawa y su maltrecha columna de asalto entraron por fin en el interior de la segunda batería, en lo profundo del alma del Black Reef.
El pelaje de los brazos del Teniente Urahawa estaba rojo de sangre ajena, así como sus colmillos. No había perdido el control, pero la lucha había sido tan encarnizada hasta llegar allí que se había visto obligado a utilizar sus mejores y más dañinas armas. Estaba manteniendo la sangre fría sólo porque su superior, el Comodoro Fawkes, le había encomendado proteger a su abuelo. Aunque el viejo parecía defenderse muy bien solo.
En medio de la refriega, Urahawa cubrió a su protegido con Tekude, y siguió repartiendo furiosos golpes a diestro y siniestro. Por su parte, el ataque Astore Forest Strike del anciano Fawkes funcionaba muy bien en los intrincados recovecos del barco rebelde. Un ataque que impactaba en enemigos ocultos era muy útil.
Varios rebeldes cayeron ahora sobre el grupo de Urahawa y Luther. Llevaban afilados chuzos de abordaje, bastones con una punta de hierro afiladísima. Urahawa tuvo que interponerse y utilizar Tekkai, lo cual impidió que contraatacase. Gruñó cuando las armas chocaron contra sus músculos, mientras Luther se colocaba detrás de él.
-¡Apartaos! –Gritó el viejo a los marines. -¡Avvoltoio Sunburst! –Sujetando con fuerza el bastón, Luther hizo que una oleada de viento y fuego le rodease junto con Urahawa. El fuerte remolino chamuscó y expulsó a los atacantes, y la demostración de poder amilanó al resto de la marinería rebelde. Urahawa y Luther alentaron a sus hombres, a punto de obtener la victoria.
-¡No retrocedáis!
La voz sonaba del otro extremo de la batería, donde las sombras vencían a la escasa y tambaleante iluminación de las linternas del techo. Un grupo de marines atacó en aquella dirección y acto seguido, una explosión les envió lejos de ahí.
-¡Mierda! –Tronó Urahawa. -¡Han vuelto un cañón hacia dentro!
-Eso es imposible. –Razonó Luther, más calmado. –No se pueden girar, son piezas de cuarenta libras, inamovibles.
-Pues eso ha sido un cañonazo.
Los dos hombres salieron de detrás de una de las cureñas tras la que se habían resguardado, y avanzaron cautelosos. Entre el humo y las sombras vieron por fin al causante del estropicio. Era un hombre alto y fuerte, tanto como Urahawa en transformación (sólo que él no estaba transformado en nada). Tenía el cuerpo desnudo de cintura para arriba, dejando ver numerosas quemaduras, y no se podía ver ni un solo pelo en su piel, ni cejas, ni barba, ni nada similar. Sin embargo, el rasgo más característico de su persona era que en vez de brazo izquierdo parecía tener un cañón.
El extraño artillero levantó su arma y apuntó a Luther y Urahawa.
-Bienvenidos, como supongo que son oficiales, me presentaré. Blaster. Mucho gusto. ¡Fire in the hole!
Sin mediar más palabra, el cañón de su brazo disparó, atronando la estancia. Reaccionando a la velocidad del rayo, Urahawa se adelantó, cubriendo a Luther tras un cañón del barco.

La pared sonó a hueco. Justo en el punto deseado.
Ritter levantó el puño envuelto en su fiel cadena, y tomando aire, descargó con todas sus fuerzas el golpe. Con un estruendo, la pared se derrumbó, dejando a los ocupantes de la despensa bastante atónitos. Sin dar tiempo a reaccionar, el Comodoro Fawkes y el Comandante Courtoise saltaron al interior.
-¡Coup d’épée à deux mains! ¡Mélee sauvage !
Denis se convirtió en una furia en el interior del habitáculo. Descargaba golpes a diestro y siniestro, soltando chispas cada vez que su arma chocaba con paredes o suelo. Mientras, Ritter se encaró con otro grupo, y haciendo girar su cadena en espiral noqueó a varios de ellos, mientras que los otros no pudieron atacarle. Cuando ambos finalizaron sus ataques, sin apenas mirarse, se cruzaron, el uno gritando ¡Fond! Y el otro lanzando su cadena en un arco por delante de él. El ataque inesperado acabó con sus objetivos. Ritter se asomó por la puerta, comprobando que la trinchera estaba vacía, e hizo señas a su pelotón de abordaje, que penetraron en los barracones con toda seguridad.
-Bueno. –Anunció Denis. –No perdamos más tiempo.
Sin siquiera asentir, su Comodoro se precipitó por el agujero en la pared, y echaron a correr por el pasillo.
Poco más adelante, unas escaleras algo mejor talladas que el resto ascendían a una zona más iluminada. Debían estar un poco por debajo del alcázar, a popa, el lugar donde estarían sin duda los cuartos de oficiales. Al entrar en una especie de recibidor, se sorprendieron. Allí la roca que formaba el barco estaba pulida, brillante, y su vítrea iluminación resaltaba las filigranas talladas a conciencia en suelo y paredes. La luz entraba del techo por una claraboya, y había puertas a ambos lados de la estancia. Pero lo que más llamaba la atención era un inmenso pórtico de madera, al fondo, con doble hoja, en el que estaban talladas las cabezas de unas mujeres de rasgos delicados, pero con colmillos, ojos, y cabellos de serpientes.
De repente, las puertas crujieron y se abrieron, y dejaron pasar a una enorme figura. Un hombre alto, tanto como Urahawa transformado, que empuñaba dos inmensas katanas, llevando una tercera en el cinto. Tras él podía verse el camarote del capitán del Black Reef: una cómoda cama, no demasiado grandilocuente, y un escritorio surgido de la propia pared de piedra de la sala. Sobre la cabecera de la cama, una panoplia con un par de espadas era toda la decoración.
-Buenaaas. –Habló Ritter. -¿Es usted el capitán, o está dentro? Es que queríamos preguntarle si rendía la nave.
El enorme desconocido se sonrió a medias.
-Pues mire, no está. –Dijo, con una voz aguda y gangosa. -Si quiere le dejo el recado. Pero vamos, que me sé su respuesta.
Denis avanzó un paso, la espada empuñada, mientras el grandullón con voz de crío se adelantaba en guardia.
-Si no quiere quedarse sin hacer nada, Comodoro, le sugiero que suba a ayudar a Mendoza. Este combate es mío.
-Pues mira, me voy a quedar. Y, Comandante, tenga la bondad de despejar esta sala. Es una orden.
Denis refunfuñó por toda respuesta, y atacó.

-¡Carronade!
Un puñado de rebeldes salió disparado en todas direcciones. Mientras, Kleb avanzaba al grito de Wood Stroke, “talando” enemigos a cada paso. Se detuvo, y miró hacia abajo. Había adelantado a Sonja, y ya estaba en la parte superior del alcázar.
-¡Mortier! –Sonja realizó su ataque en salto, cayendo a la derecha de Kleb, rodeada de enemigos. Giró su bola alrededor, y despejó su punto de aterrizaje. Kleb pudo acercarse, y observó la situación, calculando las posibilidades.
El alcázar del Black Reef, igual de pétreo y negro que el resto del barco, bullía lleno de rebeldes que se habían acantonado en él, aguantando los peores asaltos. Una enorme claraboya se veía en el suelo, cubierta por un grueso cristal de roca tallado. Las piezas de la batería de popa del barco estaban desmanteladas, probablemente por el bombardeo selectivo que la Mistral estaba realizando todo alrededor. Sonja pensó que ese artillero tenía agallas, sólo por disparar a un barco en el que había oficiales amigos. Se encogió de hombros, y mirando a su colega, se dispuso a combatir.
De pronto, se oyeron voces, y la masa de soldados rebeldes se alejó de los marines. De entre ellos surgieron siete hombres armados con unos pesados escudos y martillos. Todos eran bastante altos y fornidos, y tenían una expresión de determinación que estuvo a punto de intimidar un poco a Sonja. Pero se le pasó al ver que uno de ellos no tenía mala pinta.
-¿Y estos mamarrachos quiénes son? –Kleb sí que no estaba en absoluto intimidado. -¿Los antidisturbios?
-Somos la Mining Squad. Los reparadores del Black Reef.
El que había hablado era el que se situaba al frente de todos. Se le veía algo más mayor, con algunas canas, y llevaba unos pequeños anteojos sobre la nariz. Tenía una tupida barba, como todos sus compañeros, incluso el que parecía el más joven de ellos.
-Soy Sabio. –Se presentó. –Y éstos son Romántico, Gruñon, Mudito, Tímido, Mocoso y Dormilón.
Kleb y Sonja se miraron, totalmente boquiabiertos.
A ver, como esto es difícil de narrar, lo explico: "voz aguda y gutural" significa "voz de Chopper en España". Juzguen ustedes el panorama...

¿Llego tarde?

Publicado: Lun Oct 01, 2007 3:27 pm
por MaNe
Bueno, ya hacia mucho que leí el capítulo, pero no te dije nada (tampoco en el anterior...). Coincido con Geralt en que lo del barco de piedra ha estado bien. El abordaje y el inicio de batalla en el barco llega a las expectativas a pesar de la supuesta sequía creativa...
El nuevo trato de Ritter hacia Denis lo estás haciendo muy real. Ese enfado por "choricearle" la chica, y que Ritter sea frio con Denis y se sirva de su rango para putearle un poco me encanta. Y al final lo de los siete enanitos me ha dejado K.O., no me lo esperaba xD
Ghorrhyon escribió:Por otro lado, tenemos dos partidarios de Denis (Tú y MaNe) contra dos de Urahawa (kid y Alhandra). ¡Qué estalle la polémica! ¡Por favor, que estalle!
Que estalle :twisted:
De todas formas Geralt tiene razón. Tienen envidia a Denis por ser más cool y ligón que ellos...

Publicado: Sab Oct 06, 2007 6:57 pm
por Ghorrhyon
Tranquilos, por mis güevos toreros, que acabo esta historia. Aunque puede que despacito...

MaNe: No sé si te habrás fijado que llega la era de los Tag Teams, y ése de Ritter/Dennis promete XD. En cualquier caso, espero que no os decepcione. Ni los enanitos tampoco.

La predicción del tiempo para hoy:
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CAPÍTULO TRIGÉSIMOQUINTO: “Nubes y claros”

Sombe, Sawer y Quina recorrieron apresuradamente un buen trecho del bosque antes de percatarse de que no tenían tan claro hacia dónde iban.
-Anochece. –Avisó Sombe. –Y tengo la impresión de que no nos orientaremos mejor en este bosque a oscuras.
-Hable por usted, Capitán. –Contestó Quina, con un punto de malhumor. –Yo puedo orientarme con las estrellas como quiero.
De repente, Max Sawer se quedó muy quieto, levantando la mano para hacer callar a sus compañeros. Todos oyeron entonces lo que el joven oficial había escuchado primero. Un murmullo siseante, prolongado, que venía de algún lugar en lo profundo del bosque. Luego, repentinamente, se detuvo. Sawer, con una media sonrisa pícara, señaló hacia arriba mirando a Quina. Ésta siguió la dirección que le indicaba, y comprendió. Los extraños árboles de piedra tenían un espeso follaje en sus ramas altas, que les daban un aspecto de paraguas, muy poco adecuado para observar el cielo. Quina a lo mejor podría recordar dónde iban, pero no cómo llegar.
-Necesitamos urgentemente orientarnos. –Aseguró. –Tengo que recuperar la dirección para llegar cuanto antes a nuestro...
Esta vez lo oyeron todos. El siseo volvió, más fuerte aún, y se iba acercando. Los marines apenas tuvieron tiempo de girarse en la misma dirección cuando una inmensa nube de polvo negro y denso, impulsada por un viento fortísimo y ardiente, chocó contra la sección de bosque que ocupaban. Sawer no pudo reaccionar, y fue arrastrado con un débil quejido. Quina fue detrás un poco después, en otra dirección totalmente distinta. Sombe resistía, pero de repente, algo arrastrado por el vendaval le golpeó en la sien, y cayó al suelo.

Despertó unos minutos más tarde, pues aún se veía luz del atardecer. Distinguió claramente el lugar donde estaba, y recordó la dirección por la que había venido el extraño viento. Incorporándose pesadamente, se sacudió el polvo que había quedado en la armadura, y avanzó decidido. No oía más señales de vendaval ni nada similar, pero se sintió más seguro al extraer su maza pesada de debajo de la capa, de donde colgaban más enganches con armas.
Poco a poco, Sombe descubrió un mínimo sendero conformado por el espacio en el que el viento negro había arrancado ramas y arbustos –ramas y arbustos de piedra- permitiendo avanzar a mayor velocidad. El marine lo siguió, y no tardó en llegar a una zona donde los árboles, más gruesos, dejaban más espacio entre ellos. Las copas-paraguas chocaban unas con otras, haciendo que la luz disminuyese, y se podía caminar mucho mejor entre los troncos.
Casi sin darse cuenta, el Capitán Sombe apareció en lo que sin duda era el claro más grande del bosque: una inmensa pradera, sin nada más alto que una matita de brezo rastrero, exceptuando el descomunal árbol de piedra que se alzaba, muerto, en su centro. El árbol parecía haber quedado demasiado petrificado para sobrevivir, y alguien había tallado escaleras alrededor de su tronco, para llegar a unas plataformas adosadas a la parte alta y a algunas de las ramas inferiores del desnudo “paraguas”.
-Impresiona, ¿verdad? Lo plantó el legendario samurai Ryuma para conmemorar su victoria contra el dragón. Yo era un crío, y quedé gratamente sorprendido cuando comprobé que crecía hasta quedarse así de alto en dos horas.
Sombe se giró hacia la voz. Cerca de él, a la derecha, estaba un hombre alto, canoso, de edad imprecisa, pero ojos brillantes y juveniles. Se asomaba por un sendero estrecho, como el que había conducido al marine, pero que parecía venir de más al noreste. El hombre se acercó a él, confiado, y le tendió la mano.
-Soy Kenneth Blaton, Capitán. –Se presentó, con una sonrisa de oreja a oreja. –Le agradecería que me entregase sus armas, todas ellas.

Max se encontraba fatal. Debía prestar más atención a su entrenamiento físico, o se llevaría palizas como ésta continuamente.
Al levantarse, comprobó que se encontraba en una especie de valle. Una depresión del bosque donde el terreno se curvaba, formando una especie de cuenco. Los árboles eran más frondosos, la vegetación más espesa, y debido a la humedad del ambiente, las algas no necesitaban formar su caparazón de piedra para retenerla. Había helechos y hongos por todas partes, y una tenue neblina flotaba a ras del suelo.
-Como me descuide me come el lobo. –Bromeó Sawer para sí. –Tengo que encontrar la maldita salida…
Caminó un poco hacia la parte alta, pero se detuvo a medio recorrido. La depresión era perfectamente redonda, y los árboles crecían abundantemente, igual en todas direcciones. Sawer rezongó, y se puso a intentar recordar por donde narices había llegado, pero se rindió. Había estado envuelto en la negra nube de polvo, y no vio nada. Recordó en cambio que Quina había mencionado algo sobre la parte noreste del bosque. Sólo tenía que encontrar el norte. Miró al cielo, aunque sabía que sería inútil intentar ver nada, y luego bajo la vista eligiendo al azar el verdoso tronco de un árbol para recorrer con los ojos.
Se quedó mirando fijo al árbol. El verdoso árbol, de una especie con el tronco rojizo. Se acercó precipitado y miró detenidamente. Era musgo, no algas. Como no había piedra caliza defendida por algas, el musgo podía crecer libremente, siguiendo su tendencia natural: hacia el norte.
-Pues nada. –Max Sawer miró hacia el norte, giró un poco hacia la derecha con habilidad de marino, y echó a correr. –A correr, que me quedo sin postre.

Quina se sentía como si aún estuviese dando vueltas. Giró en el suelo, y se tumbó de espaldas, mirando al dosel del bosque. Podía distinguir, de vez en cuando, una estrella tímida entre las hojas, pero nada que pudiese emplear para la orientación. Se sintió perdida, y cansada. Estaba a punto de desesperar, como aquella vez en la cubierta del Impala.
Su vida era esto. Persecuciones a ciegas por todos los mares, buscando las sombras de unos rumores, o lugares recónditos plagados de peligros. Sin recompensa inmediata, sin compañía fija, alentada únicamente por la obligación, la sensación de ser la única persona en el mundo capaz de hacer frente a lo inevitable.
La única persona en el mundo capaz de hacer frente a Nico Robin.
Aún la recordaba. Aquella niña seria, criada sin padres, que iba regularmente al Árbol únicamente para sumergirse en aquellos libros. Los demás niños la odiaban, la temían. Era diferente, y no sólo por ser desmesuradamente inteligente, sino porque desde muy joven había tenido poderes.
Pero Quina había sido educada para respetar las diferencias. Su padre había vivido con un pacífico gyojin hasta el día que había conocido a su madre, y él la había enseñado a ir más allá de las apariencias. Por eso, aunque nunca llegó a ser amiga suya, no participaba en las burlas contra Robin.
En el fondo de su alma, recordando las pedradas, las persecuciones, la crueldad… casi podía justificar la traición de aquella niña. Casi.

-Bienvenida, señorita. –La voz le llegaba desde atrás. –Espero que el viaje no haya resultado demasiado agitado.
Levantándose, Quina se sacudió el polvo y contempló al hombre enfundado en un chubasquero que tenía delante. Tenía un aspecto peculiar y chupaba ruidosamente una enorme piruleta de color rojo vivo.
-¿A quién me dirijo? –Preguntó, con una forzosa cortesía. No estaba para aguantar excentricidades.
-Mi nombre es Snaff. Supongo que huelga decir nada más.
Quina asintió. El comandante rebelde siguió hablando.
-Ustedes los de la Marina se han entrometido poderosamente en nuestros asuntos. Creo que por su parte pensará lo mismo, pero claro, todo depende del punto de vista. –Diciendo esto, levantó la piruleta y miró por ella como si fuera una lupa. –He creído justo traerla aquí porque llevo sabiendo de su búsqueda desde hace mucho. Ha sido admirable, y creo que debería contemplar el final de la carrera. Lo que busca está tras ese umbral.
Quina miró hacia donde señalaba Snaff. Se fijó en que estaban en un claro despejado artificialmente, al fondo del cual una especie de gruta medio natural, medio construida, dejaba ver unas escaleras iluminadas por antorchas. Allí debía de estar el poneglyph.
-Evidentemente, le sugiero que no abrigue esperanzas de descender por ahí. Pero sepa que los signos son claros. Nuestro objetivo común debería estar señalado en esa piedra. Por cierto, también se leer los signos, y averigüé que necesitaba esto para alcanzar el objetivo final. Se lo agradezco mucho.
Quina se volvió de nuevo a su interlocutor, y su rostro se congeló en una mueca de pánico al ver su colgante en manos del rebelde. El pánico cedió al furor.
-Devuélvamelo ahora mismo.
-Por supuesto que no. Cuando tomé la decisión de hacerme rebelde, renuncié a la generosidad y la piedad con el enemigo.
-No se lo voy a repetir.
-Que no, leches,
-¡Regulus!
Quina lanzó un poderoso rayo de luz justo contra la mano, que se desintegró en polvo negro. El colgante cayó al suelo. Snaff ni se inmutó.
-Vaya, eso debe doler. Me pregunto si de verdad alberga alguna esperanza. En fin.
Encogiéndose de hombros, Snaff convirtió todo su brazo en aquel polvo negro y regeneró la mano al instante. Miró interesado, contando los dedos, y luego tiró la piruleta.
-Aahh, los placeres interrumpidos por el sinsabor de la contienda…

Snaff avanzó dos pasos, inspirando profundamente. Alzó los brazos, poniéndolos en cruz.
-Serás un monumento viviente a mi conquista, pervivirás por siempre en la memoria de las generaciones futuras, al lado del poneglyph que representa mi triunfo, y tu perdición.
Quina se puso en guardia, algo asustada.
Snaff cerró los ojos.
-¡Gorgon Breath!
El cuerpo del rebelde se volvió negro, convirtiéndose en polvo. Cuando perdió su forma, volviéndose una nube, se lanzó con fuerza contra la oficial, quien notó esta vez que no era arrastrada. Quina sintió que el polvo entraba por su nariz, se depositaba profusamente en su piel, pegajoso e irresistible. La ropa empezó a pesarle. Empezó a notar costras compactas de aquella cosa sobre los brazos. Le costaba respirar. “Gorgon” pensó.
Poco después, Snaff contemplaba la negra espalda de la estatua que era ahora la marine.
-Una obra de arte, y la modelo ha ayudado bastante, si se me permite el atrevimiento.
Se giró y comenzó a caminar. Buscó la piruleta tirada en el suelo, y vio como una columna de hormigas se llevaba los pedacitos a los que había quedado reducida.
-Las estrellas me han maldecido…
De pronto, oyó un crujido. Miró a Quina y vio unas grietas brillantes en la piedra. Las grietas se agrandaron, surcadas por haces de luz, y la costra de piedra negra reventó. Quina, sudorosa y jadeante, miró al rebelde.
-Puedes estar seguro de ello.

Publicado: Sab Oct 13, 2007 4:55 pm
por Geralt
Quiero dejar constancia de que este es un post de comentario para que Ghorrhyon no haga doble post y decirle al resto de lectores que comenten de vez en cuando los muy perros.

Bueno, al turrón. De momento la cosa pinta bien. No mola que hayas dejado a los 7 enanitos en este capi pero bueno, se puede pasar. La casi muerte de Quina esta muy bien ya que realmente te asustas. Me alegro de que siga vivita y coleando. El pique Denis-Ritter esta muy bien y espero que se desarrolle bien ya que son dos personajes que me gustan mucho. Y bueno, eso es todo amigos.

Saludos :wave:

Publicado: Dom Oct 14, 2007 1:58 pm
por Ghorrhyon
ZZZZZZZZZZZZZZZZZ... ¿ej? ¿mpf? Ah, ¿me toca?

Geralt: Sólo una persona así de cool puede ser tan considerada. Intentaré no defraudarte con el capítulo. Y personalmente, lo que creí es que sería evidente que no estaba muerta... por favor, a las primeras de cambio, qué poca clase.

Y ahora, lo que todos estábais esperando, la revisión de Blancanieves, estilo Task Force:
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CAPÍTULO TRIGÉSIMOSEXTO: “La Sargento Sonja Mendoza y el Oficial Técnico Kleb Chindari Vs. Mining Squad, Escuadrón de Reparaciones del Black Reef”

Kleb Chindari esquivó por poco el violento golpe lanzado por su compañera.
-¡Sonja, ten más cuidado! –Bramó. -¿No ves que es inútil?
La artillera replegó su cadena, intentando vislumbrar una fisura entre el muro de escudos que los extraños combatientes habían levantado. Formaban un perfecto hexágono, en cuyo centro se había colocado el llamado Sabio, que actuaba como líder de todos ellos.
Observándolos detenidamente, Sonja advirtió que no eran tan altos como le había parecido. Kleb les sacaba dos cabezas a todos ellos. La diferencia se hizo patente cuando el carpintero embistió con su hacha, tanteando la firmeza de los escudos. Sonja se dio cuenta de que se habían asentado en una parte del alcázar elevada por un escalón. Una posición ventajosa que, añadida al hecho de que sus grandes escudos casi los cubrían por completo, hacía a aquel grupo extraño tremendamente difícil de derrotar.
Kleb lo estaba comprobando. Descargó un Iron Stroke tras otro, pero no conseguía ni mellar los escudos.
-¡Ja, ja, ja! –Surgió una voz de entre el cerco de metal. -¿Hierro? ¡No nos ofendas!
Kleb cesó el ataque, colocándose a un par de pasos. Sabio alzó la cabeza, con una sonrisa maliciosa, bajando el escudo que había colocado como techo.
-Nuestros escudos y martillos están fabricados con una aleación cuyo secreto guardamos celosamente. –Proclamó, orgulloso. –Lo llamamos “mithril”, aunque no tengo ni idea de qué quería decir Mocoso cuando se le ocurrió.
Una voz gangosa y evidentemente entorpecida por flemas contestó a su líder.
-Tang jlísimo, pfungs krecir mithril. ¡Sssrrniiifffff!
Sonja pudo distinguir como los compañeros que rodeaban al interfecto ponían los ojos en blanco y una expresión de evidente asco.
-¿Ves lo que quiero decir? –Se justificó Sabio. –Lo peor es que ese catarro no se le cura nunca.
Saliendo de su asombro, Kleb se acercó a Sonja, mientras sus enemigos rechazaban a una columna de marines que atacó desordenadamente, sin esperar órdenes. Mientras los desdichados soldados volaban por los aires, rebotando en los escudos o rechazados a martillazos, el carpintero dijo algo al oído de la artillera y se afirmó, dispuesto a atacar.
En ese momento, la Mining Squad recuperó la quietud, y Kleb se lanzó hacia adelante, a toda velocidad.
-¡Drive Stroke!
El impacto, de través, desequilibró a Romántico, el combatiente que lo había parado. Se abrió una brecha en la muralla al apartar el artesano su escudo, y Sonja procedió con rapidez.
-¡Bombarde!
La bola de la artillera salió disparada contra el costado de Romántico, pero Sabio avanzó para tapar el hueco, y bajó el escudo, deteniendo el ataque. Luego, Kleb tuvo que esquivar un par de martillazos surgidos de no sabía donde, y el ataque quedó cancelado.
-¡He-he-he! Por algo somos siete.

Unos minutos más tarde, Sonja y Kleb ya estaban cansándose de estrellarse contra el muro. Además, cada cierto tiempo, algunos rebeldes acudían en socorro de los defensores, y se veían obligados a dividir esfuerzos. Sonja se acercó a su amigo.
-¿Cómo lo ves?
-Mal. –Contestó Kleb.- No se me ocurre cómo...
En ese momento, algo empezó a moverse en el círculo de enemigos. Emitieron un sonoro grito, algo así como “Heigh-ho”, y Romántico retiró su escudo deliberadamente. Sonja intentó reaccionar, pero Sabio se anticipó, lanzando su martillo. Éste impactó en el costado de Kleb, y rebotó, volviendo milagrosamente a la mano de su propietario. El carpintero se retorció de dolor, y Sonja se quedó paralizada, contemplado impotente como el muro se cerraba de nuevo.
-Nunca conquistaréis esta posición, marines. –Afirmó la oculta voz de Sabio tras los escudos. –Apilaremos vuestros cadáveres en el alcázar.
Kleb trató de incorporarse, pero por el gesto de dolor, su compañera adivinó que tenía alguna costilla rota.
-¡Dwarf march! –Gritó Sabio. -¡Ahora!
La Mining Squad empezó a correr alrededor de su líder, a gran velocidad. Cubiertos con los escudos eran igualmente imposibles de distinguir. Entonces, de súbito, otro martillo salió disparado del círculo, y Sonja apenas pudo reaccionar. El arma golpeó a la artillera en la cabeza, de refilón, y cayó de culo al suelo, desconcertada. Luego, volvió a la mano de quien la empuñaba.
En el suelo, los dos marines se miraron. El enfado era mayúsculo. Sonja se incorporó la primera, furiosa. Kleb se puso delante de ella.
-Dales duro, pequeña.
Sonja empuñó su cadena con las dos manos, y empezó a girar sobre sí misma. Con cada giro, la bola al extremo de la cadena iba ganando fuerzas. Kleb estaba alerta, dispuesto a rechazar cualquier martillo lanzado contra ellos, pero la Mining Squad ya se había detenido, y ahora Mudito era quien miraba a sus rivales. Tras él, Sonja estaba a punto de completar su ataque. Se apartó, mientras su amiga actuaba.
Sonja giró por última vez. En el extremo lateral de su giro, cargada de toda la inercia acumulada, la bola pareció ralentizarse. Sonja inclinó el cuerpo al lado contrario, armó la pierna, y descargó una poderosa patada a la esfera con su bota de punta de hierro.
-¡Canon de siége!
Con una fuerza descomunal, casi imposible, la bola se proyectó hacia adelante, equivalente a un verdadero cañonazo. Mudito interpuso confiado su escudo.
-¡No! –Gritó Sabio, demasiado tarde.
El impacto dio de lleno en el escudo, pero su dueño no pudo afirmarse suficiente. Oyó el crujido de su brazo al romperse, y sintió como se elevaba, sin que Sabio pudiese detenerle. El joven reparador atravesó la borda, y cayó al mar, sin remedio.
-¡Mudito! –Gritó Gruñón. -¡Pagaréis por esto!
-¡Heigh-ho! –Corearon todos. -¡Heigh-ho!
-¡Al ataque, -ordenó Sabio a voz en grito,- romped la formación!

Sonja se dio cuenta de que había despertado a la bestia.
Rota su formación, la Mining Squad se movía furiosamente, sin dejar reaccionar a sus enemigos. Sabio, Gruñón y Romántico se encararon con la artillera, mientras que Mocoso, Dormilón y Tímido atacaron a Kleb.
Sonja utilizó Carronade para hacerse con espacio para maniobrar, sabiendo que el ataque no afectaría a sus enemigos. Luego, girando alrededor su bola y cadena, intentó impactar en la cabeza de Gruñón con un Fauconneau. El reparador esquivó el golpe, en vez de pararlo, y Sonja tuvo que apartarse a su vez de un mazazo lanzado por Sabio. Su trayectoria, en cambio, puso a la joven delante del martillo alzado de Romántico… que se quedó inmóvil.
-Es inútil, Jefe, no soy capaz. –Dijo el barbudo combatiente con lágrimas en los ojos. –Es tan hermosa…
Sonja se quedó perpleja. La reacción del rival casi la emocionaba. Justo entonces, el martillo de Gruñón la sacó de su ensimismamiento, impactando con fuerza en su hombro izquierdo, ante el respingo de horror del lloroso Romántico.
-¡No, desconsiderado, no le hagas daño!
Sonja dio dos pasaos hacia atrás, volviendo a atacar a Gruñón. Éste, con menos margen de maniobra, tuvo que parar el golpe, siendo arrastrado un poco más atrás. Más margen. Sabio intentó contraatacar, pero Sonja hizo que tropezase lanzando la cadena a ras de suelo.
-Sin rencores. –Dijo, mientras apuntaba a Romántico. -¡Bombarde!
Totalmente ausente, Romántico seguía ensimismado cuando la bola le golpeó en la cabeza, dejándole inconsciente.

Kleb sabía que no mantendría el ritmo. No sería capaz. Tímido, que atacaba siempre desde detrás de su escudo, y Mocoso, al que le costaba trabajo respirar, parecían enemigos fáciles, pero no lo eran, aún conservaban ímpetu y técnica. En cuanto a Dormilón, era un enigma. Kleb resolvió atacar al último.
Lanzó un Wood Stroke contra el reparador durmiente, pero éste lo esquivó con sorprendente agilidad. Kleb se rehizo rápidamente, esperando un contraataque, pero no llegó. Lanzó dos o tres hachazo más, y su contrario los esquivó con inusitada facilidad, permitiéndose interponer el escudo con un grácil giro de cadera en el último momento. El pecho le dolía horrores, y sabía que ara una astuta táctica de desgaste, pero al mirar hacia atrás vio que Tímido se acercaba pasito a paso, tembloroso, y Mocoso se había detenido a tomar aire, produciendo tremendos silbidos en sus pulmones congestionados.
“Joder, qué gente”. Pensó Kleb. Lanzó un poderoso Drive Stroke, y Dormilón volvió a esquivarlo, doblándose sobre sí mismo. En ese momento, el carpintero se dio cuenta: ¡el reparador tenía los ojos cerrados! ¡Realmente dormía! Lanzó dos ataques más, pero el tipo parecía esquivarlos con habilidad. Sin embargo, se habían acercado a la borda. Los otros dos llegaron, intentando socorrer a su compañero, pero Kleb hizo un arco con el hacha, apartándolos, y justo después, se giró de nuevo, y…
-¡Putter! 5-Inch putt.
Con un toquecito del mango del hacha, desequilibró a su contrario, que cayó al mar sin un grito.

-¡Heigh-ho! –Gritó Sabio. -¡Cambio de pareja!
Los supervivientes de la Mining Squad corrieron alrededor de los dos marines, lanzando golpes sorpresivamente. Sonja los esquivó, y Kleb los paró. Entonces, Gruñón y Mocoso saltaron, cruzándose en el aire, y los otros dos se colocaron al lado opuesto de sus enemigos.
-¡Shield Clash!
Casi sin dar tiempo a poner el pie en tierra, los que habían intercambiado su puesto embistieron a Kleb y Sonja, cogiéndoles por sorpresa y aplastándolos contra el escudo de sus compañeros. Ambos oyeron crujir huesos, mientras los reparadores repetían su embestida otras dos veces. Kleb acabó a cuatro patas en el suelo, y Sonja, de rodillas, sin apenas poder ponerse de pie.
El carpintero se levantó. Estaba encarado a la arboladura del Black Reef, de espaldas a la popa. Miró a su compañera. Ésta, encarada hacia el otro lado, recurrió a todas sus fuerzas, y también se incorporó. Le dolía todo el cuerpo.
-Vamos.
-Vamos.
Kleb empuñó su hacha con fuerza. Puso sus poderosos brazos en tensión.
Sonja empezó a girar su cadena, pero la detuvo, y la dejó colgando a plomo desde su mano, quieta.
-¡Albatros Drive Stroke!
-¡Serpentine!
La embestida de Kleb superó todas las expectativas de Gruñón y Tímido, consiguiendo agrietar incluso el escudo del primero, que estaba adelantado. El brutal impacto les hizo chocar con fuerza, lanzándolos por el aire hasta que se encontraron con el palo de mesana.
Sonja giró su muñeca con un golpe seco, y la bola salió proyectada con una fuerza bestial. Mocoso se interpuso, intentando parar el golpe, pero entonces, la cadena se retorció en una extraña espiral ondulante, haciendo imposible esquivar o detener el golpe. La mandíbula del reparador crujió, mientras salía disparado, quedando colgado de la borda.
Sabio reculó. Sus jadeantes enemigos se colocaron mirándole, a cierta distancia. Tenía una oportunidad. Se pegó a la pétrea baranda de la borda, blandiendo su martillo.
Sonaj y Kleb se miraron, asintiendo. La artillera empezó a girar de nuevo su bola como un martillo olímpico. Kleb dio la vuelta al hacha, colocándose en posición, para golpear con la parte roma.
-¡Canon de Siége!
El proyectil salió disparado con más fuerza que nunca, contra Kleb. El carpintero cerró los ojos, concentrado. Los abrió de súbito y lanzó su respuesta.
-¡Homerun Drive Strike!
El hacha de Kleb crujió, partiéndose por el mango, pero la bola partió, con su fuerza duplicada, contra Sabio. El rebelde alzó su escudo, consciente de que de nada serviría.
El impacto hizo que atravesase la gruesa roca de la borda, y se perdió en la distancia.
Sonja y Kleb se sonrieron, guiñándose un ojo. A su alrededor empezaron a llegar refuerzos para ocupar la posición. Se derrumbaron en el suelo, y se echaron a reír.

Dobleposteando, que es gerundio

Publicado: Vie Oct 19, 2007 9:22 pm
por Ghorrhyon
Ahí vamos, camaradas... un capítulo de la más genuína ACCIÓN, estilo What If, sorprendente y avasallador...
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CAPÍTULO TRIGESIMOSÉPTIMO: “El Comodoro Ritter Fawkes y el Comandante Denis Courtoise Vs. Hoobuut, Jefe de Guardaespaldas”

-Bueno, -empezó Denis, - ¿y con quién tengo el honor de batirme?
-Pues con Hoobuut. –Contestó el rebelde con su desagradable tono de voz. –He entrenado personalmente a todos los combatientes de este barco, y actúo como el líder de los guardaespaldas del comandante.
-Pues tanto gusto.
-Lo mismo digo.
Tras un breve intercambio de golpes, Denis había decidido que estaba ante un enemigo bastante peligroso. De modo que se había detenido a evaluar la situación. De hecho, sabía que detrás de ellos, Ritter trataba de encontrar un resquicio en la defensa del guardián. Le agradecía la preocupación, en el fondo, pero su honor le impediría aceptar cualquier ayuda. Era un combate singular, y lo iba a decidir lo más pronto posible.
-Coup d’épée a deux mains. ¡Croisée!
Se lanzó a través del ornamentado vestíbulo, preparado para descargar su golpe maestro. Hoobuut se sonrió, levantó sus espadas, y contraatacó.
-¡Hirameki!
Se oyó un poderoso golpe metálico cuando las armas se cruzaron. El ataque de Denis quedó interrumpido, y éste se vio obligado a esquivar la réplica del contrario.
-No está mal. –Afirmó el Comandante, recuperando la posición. –De hecho, el ataque me suena...
-Claro. –Respondió el rebelde. –Mi amigo el señor Blaton ha recopilado cierta información a lo largo de los últimos tiempos... información que ha resultado muy útil dadas mis características.
Denis miró a su contrincante, perplejo.
-Resulta que en poco tiempo, me he convertido en un maestro del Santouryuu.
Denis parpadeó, aún más perplejo.
-No sabía que en Santouryuu se llevase una espada enfundada. –Dijo al fin, señalando el arma de su rival con la suya. -¿O es que te duelen las muelas?
Hoobuut rió, aceptando la broma. Luego, empezó a fluctuar. El vello le creció por todas partes, y su nariz empezó a prolongarse tremendamente. Le crecieron los colmillos, hasta convertirse en unas rechonchas defensas de un palmo. El propio cuerpo le creció, sacando dos o tres cabezas a Urahawa en plena transformación.
-Y ahora, ¿crees que podré combatir con tres espadas?
La voz se le había transformado también, como si hablase todo el rato soltando gallos. Alargó su probóscide y extrajo la tercera espada de la vaina con gran habilidad.
-¡Eh! –Protestó Denis. –Se rumoreaba que esa akuma no mi estaba en nuestro bando.
-Será el modelo mamut. –Terció Ritter desde lejos. –Mamut lanudo, de hecho.
Hoobuut asintió con una terrible mueca.
-He superado a Roronoa. Soy más fuerte de lo que él jamás podrá soñar, y puedo manejar la tercera espada mucho mejor que él. Si algún día nos enfrentamos, le aplastaré como os voy a aplastar a vosotros, marines.

Denis no se dejó intimidar. Afirmó su guardia, midiendo mentalmente las distancias, adecuándolas al nuevo tamaño de su enemigo. Cuando éste cargó, le estaba esperando. Decidió que trataría de esquivar las armas de los brazos, más predecibles que la flexible trompa del hombre-mamut. Así lo hizo, bloqueando el golpe de trompa con su espada.
Giró alrededor del enorme corpachón, tratando de cortar las corvas, para hacerle perder movilidad, pero Hoobuut desplazó su trompa hacia atrás, sobre el hombro, deteniendo el golpe con la espada. Denis saltó, fuera de su alcance, mientras el gigantesco espadachín rebelde hacía un molinete. Luego, se lanzó a fondo, fallando por muy poco al hurtar el cuerpo Hoobuut. Éste descargó sus tres espadas en vertical, pero sólo consiguió hacer astillas el pie de la cama de su comandante, pues Denis podía presumir de un punto más de agilidad.
Sin embargo, Hoobuut sólo estaba jugando. Incrementó el ritmo, moviéndose más deprisa. Lanzó un golpe en diagonal con la espada izquierda, que Denis eludió pivotando. Sin dar tiempo a reaccionar, el rebelde respondió con un profundo corte de través con la derecha, que obligó al Comandante a casi tumbarse. Triunfante, su rival atacó con la espada de la trompa hacia abajo con todas sus fuerzas, pero Denis se dejó caer, parando de nuevo el golpe con la espada. Antes de que Hoobuut pudiera rematarlo en el suelo, rodó a toda prisa alejándose, y se puso en pie de un salto. Casi no le dio tiempo a adivinar la que se le venía encima.
Hoobuut colocó sus espadas paralelas, en el lado izquierdo de su cuerpo, con la de la trompa atravesando ambas.
-¡Tora Gari!
Cargó velozmente, pero Denis se dio cuenta de que esquivarlo sería inútil.
-¡Défense à deux mains! ¡Jeanne D’Arc!
Hincando la rodilla en tierra, el Comandante Courtoise levantó su espada bastarda por encima de su cabeza, totalmente recta, paralela al suelo. La maniobra interrumpió el ataque de su enemigo justo cuando debía, colocándose en la intersección de las tres espadas. Denis recibió una sacudida bestial, pero al inclinarse, evitó ser derribado. De súbito, empujó hacia arriba, rompiendo las tres guardias de Hoobuut, y contraatacó.
-¡Coup d’épée à deux mains! ¡Saint Georges!
La poderosa espada de Denis arañó el pulido suelo de roca, lanzándose en un terrible corte vertical, que finalmente alcanzó a su enemigo, aunque de refilón. Algunos pelos salieron despedidos, y una fina línea roja surgió en el abdomen de Hoobuut. Éste enfurecido, dio tres trompicones hacia atrás y volvió a afirmarse.
-Primera sangre, amigo. –Se jactó Denis. –Si fueras un caballero, yo habría ganado.

Ritter veía anonadado como su amigo le estaba dando un repaso al enorme rebelde. Ahora controlaba la situación, ya que sabía exactamente cómo interponer su espada en los ataques del enemigo. Sin embargo, intuía que la situación no podía durar mucho.
-Date prisa, Denis. –Murmuró para sí. –No hagas que se enfurezca.
Pero Hoobuut ya estaba furioso. En otro de los lances, se detuvo a cierta distancia de su contrincante.
-Debes estar muy orgulloso de tu técnica y de tu arma. Habrá que poner remedio a eso.
-¿Ah, sí? Me gustaría verlo.
-No, no te gustará. Vas a ver una técnica de Zoro Roronoa... corregida y aumentada.
Hoobuut se tensó por completo, concentrando sus fuerzas.
-¡Ichi gorira! –Su brazo izquierdo duplicó su contorno. -¡Ni gorira! –Le tocó el turno al derecho... -¡San zou! –Y por último a la poderosa trompa.
Denis se preparó. Efectivamente, no le gustaba lo que veía.
-¡Nigorizouke!
El hombre-mamut cargó con toda la fuerza de que era capaz. Denis interpuso su Jeanne D’Arc, pero fue inútil. El brutal impacto rompió la espada en dos, lanzándole muy lejos, al otro extremo de la habitación.
-¡No! –Gritó Ritter. -¡Denis, rápido!
Hoobuut vio con el rabillo del ojo que el Comodoro se acercaba, y que intentaba lanzar algo.
-Sanjuuroku Pondo Hou. –Anunció, casi a desgana. Lanzó un tajo al aire con la mano derecha, y Ritter cayó hacia atrás, herido, chocando contra la pared. No vio qué había sido del misterioso proyectil, aunque le había parecido...
-Eso ha estado muy mal, elefantito.
El rebelde se giró. Denis se había incorporado, totalmente maltrecho. Enrollaba una cadena en su brazo, dejando un extremo libre.
-Te vas a arrepentir. ¡Coup de châine!
Denis tensó la cadena, la balanceó suavemente, luego con más fuerza, y se lanzó al ataque.
-¡Morgenstern!
El ataque, violento e impredecible, sorprendió a Hoobuut. El kairouseki minó su resistencia, y le hizo perder el equilibrio. El empuje del espadachín marine fue suficiente para lanzarle contra la otra pared de la habitación. Denis se permitió respirar hondo, consciente de haber devuelto el golpe convenientemente.
-Muy bien. –Sonó la voz del rebelde entre el polvo de roca que cubría toda la estancia. No se veía nada a dos pasos. -¿Me explicas ahora cómo vas a detener mis golpes?
Demasiado tarde, Denis se dio cuenta de que su enemigo tenía razón.
-¡Gyuki Yuzume!
Hoobuut surgió, con las espadas a guisa de cuernos, de entre la polvareda que ya se asentaba, y Denis no pudo hacer nada. De nuevo, salió rebotado contra la pared, y no cayó al suelo sólo porque casi se había empotrado en la negra piedra. La cadena cayó inerte a sus pies. Hoobuut resollaba, visiblemente incómodo, herido en su cuerpo y su orgullo. Alzó de nuevo las espadas, colocándolas firmes, en posición.
-Date por pulverizado. San Zen Se Kai.
Denis se sintió calmado viendo atacar a su enemigo. Caía en combate singular, por medio de una técnica magistral, llevada a cabo por un rival temible. Le deseó suerte a Ritter, al que no veía entre el polvo, y cerró los ojos.
No sintió el golpe, pero oyó el impacto del metal.
Abrió los ojos para ver a Ritter empuñando una de las espadas de la panoplia del cuarto de Snaff. Había detenido la carga de Hoobuut, pero los tres filos eran imparables para un inexperto. Tenía un par de cortes profundos en ambos hombros, y la sangre goteaba hasta el suelo. De hecho, el impacto le había hecho girar de medio lado, mirando de reojo a su amigo.
-¡Ritter! –Gritó Denis, olvidando formalismos por primera vez en varios días. -¿Qué demonios crees que estás haciendo?
-De escudero. –Respondió el Comodoro, cayendo de rodillas al suelo y poniendo la espada en manos de su amigo.

Hoobuut, quien se había echado hacia atrás, contempló como Denis se colocaba en guardia.
-Ridículo. Un hombrecillo malherido con una espada decorativa. ¿Acaso bromeas?
-¿Me ves reírme, mastodonte? –Contestó Denis, genuinamente enfadado. –Te crees mejor porque tus espadas están intactas, porque eres muy fuerte, y todo eso. Pero déjame que te diga una cosa. Zoro Roronoa te destrozaría.
Hoobuut, extrañado, miró a Denis inquisitivamente.
-Tú has llegado a tu límite. No puedes ser mejor. Un espadachín como él siempre puede avanzar. Siempre puede llegar a ser más fuerte. Con toda tu fuerza y todos tus poderes de Akuma no mi, no eres rival para un simple humano.
Hoobuut se quedó quieto. Denis estaba delante de él, lanzando bravatas, ensangrentado, con las manos crispadas alrededor del mango de marfil de una espada que, aunque tenía filo, no podía considerarse peligrosa. Una espada de estilo muy distinto a la pesada espada bastarda de Denis, por cierto.
-Un simple humano.
Denis asintió, con una media sonrisa irónica.
-Como yo.
El hombre-mamut alzó las tres espadas. Gritando de nuevo “Tora Gari”, cargó.
Denis se colocó de medio lado, con la espada en posición lateral, como si la estuviera desenvainando.

-Maestro, ¿que haré si un día no tengo una espada con la que defenderme? Moriré antes que perder la mía, pero podrían alejarme de ella.
-No, Denis. No debes depender de tu espada. Cualquier arma se convierte en un arma noble en manos de un caballero, como cualquier espada puede convertirse en la extensión de tu brazo.
-¿De mi brazo?
-En efecto. En última instancia, es tu corazón el que dicta a la espada lo que debe hacer, y ella se convierte en un sentido más, como un dedo metálico, con el que puedes cortar lo que te convenga, respetando al inocente, castigando al culpable, sin importar tras lo que se esconda..

-Coup d’épée à une main. Sentiment du fer.

La débil espada de Denis trazó un arco vertical, como salida de una vaina invisible. Hoobuut se cruzó en su camino, y todo ocurrió con delicadeza, como una brisa. El atacante se detuvo. Sus espadas se mellaron. Salió despedido. Una enorme sección de la pared de roca del camarote, la que daba al mar, se desgarró como golpeada con un hacha, y Hoobuut, profundamente herido, cayó al agua por el hueco.
Aunque no hubiera sido un martillo, la herida habría sido fatal.

-Misión cumplida, señor. –Anunció Denis, girándose a donde Ritter yacía recostado contra la cama. -Buen truco andar agazapado entre el polvo para llegar a la espada.
-Así que me viste, ¿eh?
-Pensé que ibas a por tu cadena.
-No habría servido de mucho.
Ritter agarró la mano que su amigo le tendía, incorporándose con algún esfuerzo.
-¿Sabes, Denis? Estoy pensando que éste es el camarote de Snaff, y él no está.
-Si, eso parece. ¿Dónde crees que lo encontraremos?
-Si no me equivoco, creo que alguien ya lo ha encontrado.
Con una súbita sensación de urgencia, ambos oficiales se encaminaron hacia la cubierta.
...que comience el linchamiento.

Denis must die!

Publicado: Dom Oct 21, 2007 11:59 pm
por kid
Por mucho que le odie, tengo que admitir que en este capítulo Denis se ha salido y ha quedado como el Puto Amo, con ese discursito cuando parecía que iba a perder y el golpe final recordando las enseñanzas de su maestro. Buen capítulo y buena pelea (a mi parecer desde los Silver no había habido ninguna pelea de las buenas, hasta ahora). Quiero resaltar lo mucho que me gusta el personaje de Ritter, pues siendo "un mierda" le echa más huevos que nadie y es muy bueno analizando la situación, con lo cual te queda un personaje principal muy distinto a lo frecuente en este tipo de historias y que está muy bien llevado.

¡Quiero planes inteligentes de Ritter! ¿O es que no eres tan listo como para hacerlos? :P