Re: Relatos a votar 1: Japón feudal
Publicado: Dom Dic 27, 2015 1:35 pm
por Javisba
Feliz Navidad queridos lectores. Primero y ante todo dentro musica.
Some days, Some nights. Some live, some die in the way of samurai
Parece que mi iniciativa para que escribierais de madrugada a funcionado. Un relato a las 5 y otro a las 6:46. Como apuráis cabrones xD.
A continuación os presento los 7 relatos de esta edición
Parece que mi iniciativa para que escribierais de madrugada a funcionado. Un relato a las 5 y otro a las 6:46. Como apuráis cabrones xD.
A continuación os presento los 7 relatos de esta edición
La serpiente Carmesí
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- - Siempre me pregunté por qué los pájaros permanecían en el mismo lugar cuando podían volar allá donde quisieran – pronunció una voz grave y áspera -, entonces me hice la misma pregunta a mí mismo.
- Muy filosófico, genio, pero dudo que puedas ver ningún pájaro por ese maldito agujero – respondió una mujer, mientras acababa de trenzar su rubia melena.
- No entiendo por qué habláis en su maldito idioma, joder, ¿no veis cómo nos tratan?- Intervino un hombre, envuelto en trapos y tiritando.
- No seas irrespetuoso, es mejor que todos podamos entendernos – Respondió otra mujer, sin apartar la mirada del negro musculoso que había iniciado la conversación.
- ¿Irrespetuoso yo?
- Tranquilo, gaikokujin, también puedo hablar tu “precioso” idioma – Añadió, con un acento cuestionable, un joven inquieto, incapaz de permanecer inmóvil en aquella pequeña y húmeda estancia.
- ¿Por qué no dejáis de hacer el imbécil y pensáis en una forma de salir de aquí? – Preguntó otra voz, dulce e infantil.
- Tranquilos – dijo el negro, sin apartar la vista de aquel hueco – ya nos explicó el plan a todos, solo hay que esperar.
- ¡¿Esperar el qué?! – Un fuerte estallido retumbó por todo el lugar.
- Eso. Preparaos, ¡rápido!
Los seis esperaron en pie, cada uno en su celda, expectantes. Lejanos sonidos metálicos, aderezados con un fuerte olor a pólvora, impedían escuchar nada más. Sin embargo, todos se esforzaban por percibir un ruido en particular.
- Igual no lo ha logrado – Dijo preocupado el niño.
- Lo hará – respondió la rubia.
- Pero no se oye nada, ya debería estar aquí – apuntó la otra mujer.
- ¿Quién debería estar aquí? – Preguntó una voz, hasta ahora ajena a la conversación.
- Pues ese supuesto ninja del tres al cuarto que nos iba a sacar de aquí.
- No sé por qué debería sacarte de aquí, gaijin, si desconfías de mi pericia.
- Espera, ¡¿qué?!
Allí, en el pasillo, se alzaba, imponente, el ninja. Llegó sin hacer ruido, distrayendo con éxito a los carceleros y evitando las numerosas trampas dispuestas para aislar la zona. Sin tiempo que perder, colocó un pequeño paquete en cada cerradura, los prendió y tras un potente fogonazo, todos pudieron abandonar su confinamiento.
- ¿Cuál es tu nombre? – Preguntó el negro – Me gustaría honrarte en mis oraciones.
- No acabo de acostumbrarme a ver a un… A uno como tú hablando mi idioma – respondió el ninja, mientras su mirada se perdía entre tanto músculo – Esto… Mi nombre es Yorimoto Minamoto.
- No lo olvidaré nunca – contestó, poniendo su enorme mano sobre su hombro.
- Yori, no tenemos tiempo, guíanos a la armería – intervino el compatriota del ninja.
- A la orden, majestad.
…
“La hora del dragón”, anunciaron a coro numerosos sirvientes al son del tañido de una campana de oro. Recorrían a toda prisa los infinitos pasillos de palacio, limpiando a su paso el suelo con una maniobra bien coordinada.
En el salón principal, la familia del emperador permanecía sentada alrededor de la mesa. Masao, el autoproclamado heredero, no podía parar de reír con malicia. De vez en cuando lograba articular alguna expresión lógica como “todo es mío” o “menudos mentecatos”.
Nadie más se reía en la sala. Su madre, impávida ante la situación, no le quitaba ojo. Sus hermanos pequeños, intentaban respirar con dificultad, sin éxito, mientras sus redondos mofletes se tornaban cada vez más azules.
Fue en ese instante, al observar a sus vástagos tendidos en el suelo, inmóviles, con las manos aferradas a la garganta, cuando dejó a un lado la serenidad y se puso en pie. Aunó todas las fuerzas que le quedaban, le propinó un sonoro bofetón al heredero y se desplomó para no volverse a levantar.
Tras la muerte de su madre y hermanos, solo precisaba aguardar por el próximo final del emperador y el poder sería suyo. Henchido de gloria, el heredero se aproximó a una ventana y la abrió con un brusco movimiento. Quería observar su futuro palacio una vez más, pero sus rasgados ojos no encontraron lo que esperaban.
Los soldados imperiales se dirigían a la carrera hacia una de las puertas, pero eran repelidos con facilidad por las tropas enemigas. Aquello era imposible, nadie se atrevería a alzarse en armas contra su padre. Lánguido, se apartó de la ventana y fue a por el gran cinto de oro del emperador. Se lo echó sobre el hombro, aguantó con entereza su peso y volvió a la ventana.
La situación era aún peor, los intrusos luchaban ya en el patio más cercano a su posición. Por si fuera poco, estaban liderados por unos asquerosos gaijin: Un negro enorme que blandía un espadón aún más enorme, capaz de penetrar cualquier armadura; una rubia blanca como la nieve y fiera como una ventisca, se deslizaba entre las líneas de soldados y con su espada y su escudo debilitaba cualquier defensa; otra mujer, o eso parecía por su figura, escondida tras una gran máscara decorada con colores llamativos, lanceando a todo aquel que se cruzara en su camino; un hombre alto y rubio, armado con un arco y con un pulso y una precisión envidiables; un extraño niño que cercenaba miembros con los dientes y parecía expulsar humo por los ojos…
No podía creer lo que estaba viendo. Menos aun cuando reconoció una figura saltarina y juguetona, la de un joven con poderosas ancas en vez de piernas, un inconfundible ninja púrpura.
Maldijo su nombre y el de su familia antes de ponerse en marcha. Justo antes de alcanzar el otro extremo de la habitación, la puerta se deslizó y en el umbral apareció uno de sus soldados.
- Informe, ¡ya!
- Lo siento, señor…
Acto seguido, una katana afloró por su boca, teñida de carmesí. El heredero se sobresaltó y retrocedió. El cuerpo inerte del soldado se precipitó contra el suelo cuando su verdugo retiró el arma. La visión del asesino fue más terrorífica que la de la víctima para el futuro emperador.
- Es… Es imposible…
- Deja de balbucear, rata, ha llegado tu hora – entró en la estancia y descubrió los cuerpos sin vida de su madre y sus hermanos – Desgraciado, ¡lucha!
Se lanzó a por él. Masao, en un desesperado intento de salvar el pellejo, utilizó el pesado cinto para defenderse. Un corte en su mejilla, un golpe demoledor en las costillas, otro corte en la pierna, un nuevo revés con el cinto en la boca del estómago… Se estaban matando.
Sus miradas se cruzaron. Recobraron el aliento. Uno colocó su katana al frente. Otro, elevó el cinto dorado. Ambos se lanzaron a por el otro. El choque produjo un sonido aterrador.
“La hora de la serpiente”, anunciaron a coro numerosos sirvientes al son del tañido de una campana de oro. Recorrían a toda prisa los infinitos pasillos de palacio, limpiando a su paso el suelo con una maniobra bien coordinada. Ajenos, por orden del emperador, a cualquier eventualidad que tuviera lugar en palacio.
Unos pisos más arriba, en un lago carmesí, Masao y su hermano descansaban tendidos en el suelo. Uno, con el filo de una katana asomando por la espalda, otro, con un pesado cinturón sobre el deformado cráneo.
Haiku de despedida
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- El frio le calaba, era un frio en el que la humedad era la protagonista y su papel en la obra era hacer que se te helara hasta el tuétano de los huesos. Sin embargo, no temblaba por el frio. Ese era el precio que paga el cuerpo por emplear adrenalina. Y todo era culpa de ese bastardo.
Tenía un duelo al atardecer con nada más y nada menos que el mejor guerrero de todo Japón, ya era de noche y no había aparecido. Había oído rumores de que solía hacer eso en sus duelos, se presentaba horas más tardes para desgastar físicamente a sus contrincantes, pero considero que no eran más que habladurías, un guerrero de tal calibre no podía emplear una táctica tan rastrera. Se equivocó.
Su cuerpo se había enfriado. En el momento de atardecer, todos sus sentidos estaban a plena capacidad, sus músculos se habían abierto paso por las bajas temperaturas y estaban cálidos, flexibles y preparados para reaccionar en cualquier momento, su mente sosegada ante la inminencia del duelo y la posibilidad de un destino fatal. Pero ahora, varias horas después…era todo un desastre. Sus sentidos estaban embotados, un zumbido en sus oídos le hacía perder la concentración, sus músculos fríos se sentían como una rama seca a punto de romperse y lo peor de todo era que la impaciencia le carcomía. Su oponente no se había presentado y ya estaba ganando.
Para intentar calmarse, recurrió a refugiarse en un recuerdo apacible. Su mente lo transportó a la época en que ganó su primer duelo. Era joven y su oponente no tanto. Había nacido con unos reflejos afiladísimos, era un don que poca gente tenía. La maestría y la dedicación pocas veces podían competir con un cuerpo nacido para luchar. Había pasado gran parte de su corta vida trabajando en el campo con su padre, que era su única compañía, su madre había muerto hace tanto tiempo que recordarle no le dolía. Él ocupaba gran parte del tiempo realizando las tareas que su padre le asignaba, las pocas horas del día que le quedaban las empleaba en pasear por las montañas del valle en el que vivía y del que nunca había salido. Era invierno cuando llego un samurái a su villa, recordaba muy bien el frío y el hambre que tenía. El hombrecillo gris que era su padre le dijo que no se acercase del guerrero, que esa clase de gente solo traía problemas. A él no le importaba mucho, no quería problemas así que no iba a causarlos. Se dirigía a la vivienda de un anciano que por alguna razón siempre tenía leña seca, era una persona agradable, más alegre que su único familiar. Cuando aún era pequeño, le gustaba ir a su casa, le contaba divertidas historias que a veces contenían alguna palabrota y en más de una ocasión le dio un cuenco de arroz caliente, cosa que le sentaba de maravilla al desatendido estomago de un niño. Estaba oscureciendo cuando llegó a la cabaña de su anciano amigo y escuchó por primera vez al apacible viejo alzar la voz, se le oía preocupado. Llamó por su nombre y de repente hubo silencio. Un desconocido abrió la puerta, el anciano estaba detrás, llorando. No entendía muy bien que estaba pasando, pero quien abrió la puerta no paraba de empujarle, gritándole que se marchase. Cuando iba a ser empujado por cuarta vez, un puñetazo voló a la cara del extraño, fue un acto reflejo, un derechazo limpio que se hundió en el tabique de su agresor. Sintió como sus nudillos aplastaban el cartílago. Se oyó un clac y el propietario de una nariz muy perjudicada cayó al suelo. De repente había vuelto muy feo a uno de los mejores guerreros de la zona, quien resultó ser el hijo de su único amigo, y estaba delante de él. Extremadamente enfadado, con una katana desenfundada le retaba a un duelo. El anciano le suplicaba que dejara al chico en paz, que aceptara disculpa, que no luchara contra él, que ni siquiera era propietario de un arma. El guerrero le ignoró sin parar de gritar. Mucha gente había salido de sus casas atraídas por el ruido. El samurái pateo un leño hacia el chico y exigió que se defendiera. Su padre de rodillas le decía que no matara al joven, quien cogió el leño sin saber muy bien qué hacer. Su supuesta arma era la mitad de larga que la katana de su repentino enemigo. Una espada volaba hacia él, se le acercaba por izquierda, le iban a rebanar el estómago. TAK. Había sido lo suficientemente rápido para interponer el leño en la trayectoria de la espada y esta se había hundido en él hasta la mitad. Tiró hacia él, agachó la cabeza y estampó la coronilla contra el tabique de su enemigo. El samurái perdió el conocimiento. Ahora el chico era propietario de un leño seco y una katana. El viejo le dijo que huyera lejos, que se quedara con la katana, pues la iba a necesitar. Y así lo hizo, pero no sin antes coger un par de leños más y dárselos a su padre.
Su oponente aún no llegaba, se acercó las manos a la boca e intento calentarlas con su aliento. Dio saltitos, movió los brazos, hizo sentadillas. Necesitaba sus músculos calientes. Desenfundó su katana y su wakizashi para practicar un poco, con movimientos lentos, poniéndole el máximo cuidado posible a cada una de las espadas. Su mente distraída fue a refugiarse en otro recuerdo.
Habían pasado tres meses desde que tuvo que huir de su poblado. Sabía desenvolverse en las montañas. Su padre era un hombre poco hablador, siempre que abría la boca era para darle información útil. No le había proporcionado mucho cariño, pero sí que le había enseñado a cazar, a elaborar trampas para conejos, a improvisar un arpón con bambú para pescar en el río. Con cuatro años había aprendido a encender un fuego; con seis se sabía el aspecto de la mayoría de las setas y tubérculos que crecían en las montañas, cuáles podía comer y cuales eran extremadamente peligrosos; con diez cómo rastrear un animal; con doce cómo habilitar una zona en el bosque para refugiarse; con catorce había cazado él solo su primer jabalí. El frío no era problema, cuando le dejó los leños a su padre tomo un abrigo grueso que le había regalo su anciano amigo. La katana del guerrero le facilitaba mucho la supervivencia, pero tras tanto tiempo usándola, cual simple cuchillo, estaba perdiendo el filo y el óxido la empezaba a envolver. Había pasado una noche extremadamente mala debido a la fiebre y se había dormido junto a la hoguera, que ahora no era más que restos humeantes. Había varias personas en su campamento, probablemente atraídos en mitad de la noche por la luz del fuego. Al verlo despertar, los desconocidos, que llevaban armas pero no las desenfundaron, se les acercaron y el joven intento levantarse. Sin embargo, la fiebre lo había dejado débil y lo único que consiguió fue emitir un gruñido. Los guerreros (al menos eso creía el chico que eran) no parecía que tuviesen intenciones de hacerle daño, su aspecto resultaba incluso amigable. El mayor de ellos se agachó cerca del muchacho y le habló. Eran los guerreros del mismo señor al que servía el samurái que había derrotado en su poblado. Le proponían que sirviese al señor, pues su victoria había llegado a los oídos de mucha gente. El joven que había con un leño a un samurái entrenado era una historia que se había esparcido como la pólvora. Aceptó. Su vida había mejorado de golpe.
Su mente se despejó, a lo lejos vio que alguien se acercaba. Miyamoto Musashi, considerado por muchos el mejor guerrero de Japón, caminaba hacia él. Su corazón se aceleró, y sintió el subidón de adrenalina que hizo que el dolor de cabeza que tenía pasara a un segundo plano: el frio desapareció. Una onda de calidez, cuyo epicentro era su desbocado pecho, recorrió todo su cuerpo. El oponente llegaba muy tarde, pero sintió que estaba preparado para luchar. Y entonces Musashi se sentó a un lado del camino, saco comida de su petate, comenzó a comer lentamente e incluso saludó desde lejos. Qué hijo de puta. El chico casi rio, con resignación le devolvió el saludo y comenzó a aproximarse a su oponente. Por el camino volvió a recordar…
En el castillo del señor se le proporcionó una vestimenta y un bokken con el que entrenar. Su señor resultó ser una persona agradable. El más viejo de los guerreros que le había encontrado en el bosque iba a ser su maestro. Era un guerrero formidable y en su primera lección lo desarmó todas las veces que intento atacarle. Le caía bien, le recordaba al anciano de su poblado porque también le contaba muchas historias. El joven no era muy hablador, resultaba hasta tímido, apenas asentía en señal de atención y a veces sonreía cuando le contaba alguna anécdota curiosa. En un año desarrolló más afecto por su maestro que por su padre. Y también, tras ese año de riguroso entrenamiento logró derribar por primera vez a su maestro. El momento más feliz de su vida fue cuando, tras una ceremonia en la que participaron todos sus compañeros, su maestro y tutor lo llevó al herrero para que forjase su katana. Era preciosa, no tanto por su aspecto sobrio, sino por todo el trabajo que había requerido ganarse ese objeto. Al día siguiente agradeció a todo el mundo que había intervenido en su educación y animado por su señor, partió a recorrer Japón. Dos años dedicó a peregrinar por el territorio, tiempo en el que había amado y sentido el placer que otro ser humano le podía ofrecer con sus caricias. Tiempo también en el que disfrutó por igual de la música y el arte de la caligrafía. Su corazón se había abierto a tantas personas y sensaciones como pudo. Nunca dejó de practicar con el bokken que siempre lo acompañaba, su katana sólo se había desenfundado una vez, pero ni siquiera probo sangre, simplemente necesitaba un método de disuasión y resulta que una pieza de metal extremadamente afilada tenía ese efecto. Acabar con la existencia de un ser humano no le parecía algo de lo que enorgullecerse…
Ahora se estaba planteando darle una muerte lenta y dolorosa a Mushashi. El mejor guerrero de Japón le sonrió, estaba tranquilamente masticando su alimento, los mofletes llenos de comida le daban el aspecto de un niño gordo y feliz. El joven inclino la cabeza en modo de saludo, su impertinente contrincante emitió un gruñido a modo de respuesta y se levantó. Ahí estaba, delante del joven se encontraba el mejor guerrero del país, sacudiéndose las manos y preparándose para el inminente duelo. El chico tomo aire profundamente, los pulmones se le llenaron del frescor de la noche, reconfortándolo. Exhaló, a medida que el pecho se vaciaba su mente se serenaba. Un cosquilleo le recorría las manos, subió por los brazos, cruzo su cuello y llegó a los labios que formaron una sonrisa. Estaba en Paz.
La peregrinación por Japón le llevó de vuelta a su pueblo. Ahí se encontró con un padre mucho más viejo y triste, le abrazo por primera vez en su vida. Nunca había visto a ese hombre llorar, tampoco le había oído nunca hablar tanto y tan animadamente. Le puso al corriente de lo que había acontecido en el pueblo en su ausencia. Su viejo amigo enfermó poco después de que el chico partiera, murió al tiempo consumido por las fiebres. La noticia le entristeció bastante y por primera vez sintió orgullo hacia su padre, pues este al parecer había dedicado el poco tiempo libre que tenía en proporcionarle cuidados al anciano. Padre e hijo hablaron largo y tendido. El chico oyó por primera vez como su madre llego a la vida del hombre, también oyó por primera vez de su abuelo quien resultó ser un guerrero que asaltó y violó una niña, que acabaría engendrando a la madre del joven. Se enteró de lo dura que había sido la vida para la rama materna de su familia. Cuando agotaron los temas de conversación, ambos se dedicaron a trabajar la tierra. El hombre, también por primera vez, agradeció la ayuda del hijo. El chico partió temprano del pueblo, le dejo a su padre todas las monedas que llevaba encima y se despidieron con un abrazo. La mirada que le dedico el hombre que lo había criado, la más triste que había visto jamás, le acompañó varios días por los solitarios campos de arroz que rodeaban el valle que lo había visto nacer.
El rival estaba ya preparado, les separaban unos pocos metros. El mundo se empezó a desdibujar a su alrededor, tomó aire. Separó las piernas, busco estabilidad, soltó el aire. Estaba cubierto de los pies a la cabeza por el sudor más frio que había sentido en toda su vida, tomo aire. Se dio el lujo de cerrar los ojos por dos segundos, soltó el aire. Buscó la empuñadura de su katana con una mano, con la otra busco la vaina, tomó aire. Empujó el guarda mano con el pulgar separando sable y funda ligeramente, soltó el aire. Esperó, por la posición de Mushashi, dedujo que este iba a atacar primer. Su contrincante se lanzó a por él, tomo aire.
Desde que su maestro le instruyó en el uso de la espada no había parado de practicar una técnica. Durante varios años, todos los días, dedicaba a ese movimiento horas. Los músculos habían asimilado la técnica perfectamente, su mente la ejecutaba con la misma normalidad con la que respiraba. El movimiento consistía en desenfundar rápidamente el sable realizando un corte diagonal que si alcanzaba al enemigo acabaría con él al instante. La katana recorrería todo el torso del contrincante desde la cadera hasta el hombro, destrozando por el camino varios órganos.
Mushashi entró en el rango de su espada, el chico soltó el aire y cuando la última molécula de oxigeno abandonó los pulmones, desenfundó el sable. Fue un movimiento rápido, tan técnicamente perfecto, tan preciso que resultaba bello. La katana no encontró carne, el mejor guerrero de Japón había logrado desviar con un bokken la espada. Para el chico, todo ocurrió muy lentamente a partir de ahí. El arma de madera de Mushashi se había partido por la mitad, el joven había cortado con su técnica la legendaria espada de entrenamiento de su enemigo e incluso vio sangre que brotaba de una herida en la cara de su rival, pero este no detuvo su ataque. Como si todo fuera parte del mismo movimiento, el legendario samurái se apartó del sable del joven, sable que había perdido la mayoría de su fuerza y solo se movía por inercia…
Y todo se apagó, el mundo del joven desapareció, no podía respirar, se estaba ahogando con algo que caliente y que sabía como olía el óxido de las viejas herramientas de su padre. Supuso que era sangre. El pecho le ardía, sentía como si algo extremadamente pesado y al rojo vivo estuviera desgarrando su pecho. Era un dolor increíble, pero extrañamente soportable, estaba en un segundo plano. Había perdido, Musashi le había matado clavándole en el pecho lo que le quedaba de la espada de madera. Quería decir algo pero solo logro emitir un ruido parecido al que hacia el caldo espeso al hervir. Sintió a su rival cerca. Le invadieron unos temblores incontrolables. Sintió en un acero frio cortándole el cuello, sintió como la sangre brotaba por la herida. A medida que la sangre se derramaba, el chico se iba sintiendo mejor, los temblores remitieron…
Y la nada lo recibió, la oscuridad le engulló y el silencio le acompañó.
Una palabra
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- Negro
Una fría noche, con la luna resplandeciente en medio del cielo, una mujer y un hombre se movían con celeridad. De modo clandestino, ya que sabían lo que pasaría si los encontraban. Había preparado una pequeña choza en un bosque de bambú aportado de la bulliciosa ciudad o de otros pueblos montañeros. Libertad natural para su pequeño, y sobre todo libertad psicológica.
-Yuuki, de veras crees que no pueden encontrarnos en este remoto lugar. Sus brazos son muy diversos y alargados…
-Esta es nuestra mejor opción. Prefiero esto a quedarme quieto a ver cómo corrompen a nuestro fruto. No te preocupes, Mitsuki, estamos haciendo lo correcto. Oigo pisadas en la negrura! Rápido, escóndete en las sombras!
Los dos se abalanzaron hacia un sitio lo bastante ensombrecido, lejos de la luz de la luna, reflejada en una parte del bosque donde aparecieron en el acto 5 hombres con ropas poco ortodoxas, hechas para camuflarse con el ambiente.
-Tienen que estar por aquí cerca, usar todos los sentidos de los que disponéis para detectarlos. - Proclamó el que parecía el líder de todos ellos por algunos mínimos rasgos distintivos.
Asintieron con un leve movimiento de cabeza los 4 restantes.
- Cuando los encontremos, si todavía no ha dado a luz quiero que extráigais al bebé de la madre, le sacaré las tripas y lo colgaré de la puerta de su casa para aleccionar a los demás del peligro de desobedecer a la Tokugado.
-Parece que nuestro hijo tiene prisa por venir al mundo, Yuuki. En el momento más inoportuno, como su padre suele hacer -Dijo con gran ternura.
La mujer había roto aguas en aquel preciso instante. Lo que para cualquiera hubiera sido signo de felicidad para ellos no era más que otro problema.
-Maldita sea! Mitsuki, te voy a pedir algo irrazonable, pero hagas lo que hagas no aulles dolor, ese momento será nuestra perdición.
Mitsuki apretaba con toda su convicción pero desde sus adentros un grito buscaba salir con toda su fuerza.
-Muerde mi mano!
Yuuki puso la mano dentro de la boca de ella para paliar su sufrimiento. Mientras los perseguidores cada vez se acercaban más a su zona, el dolor le azotaba más todavía. La mano de Yuuki sangraba, los ojos de Mitsuki lloraban. El crío ya casi estaba fuera. Con un último esfuerzo sobrehumano, salió hacia el mundo.
-Ya está Mitsuki, lo has conseguido! Es un niño!
Pero nada más que el vacío respondería a las palabras de él. Mitsuki ya estaba muerta, el intenso dolor, sufrimiento y la gran cantidad de sangre perdida la había producido.
-Tch. En esta zona no hay nada, continuemos más adelante, seguramente habrán ido hacia el oeste, la jodida noche imposibilita seguir sus pisadas…
Pero en ese momento un sollozo infantil hizo que se pararan. El niño había comenzado a llorar, ante el pálido rostro de su padre, conmocionado por la muerte de su amada.
-Así que estabas aquí desgraciado, escondiéndote como una rata en lo más espeso del bosque-Dijo el mandamás apareciendo por detrás de él mientras echaba un vistazo a la situación.-Veo que tu mujer ha muerto.Tranquilo, tu le sigues dentro de poco. Ya jugaré yo con tu hijo, me lo voy a pasar de miedo! Jajajaja -Se rió secamente. Adiós, trozo de basura inmunda.
En ese momento, las 5 espadas le atravesaron por varios lugares vitales. Antes de que cayera al suelo, con un movimiento veloz y preciso el superior le cortó la cabeza. Después, se acercó al chiquillo, el cual estaba lleno de sangre y había parado de llorar.Lo cogió por una pierna, lo alzó y le dedicó unas palabras con desdén:
-Mírate, estás hecho una porquería.Tus padres,unos traidores asquerosos, no son cadáveres sin vida. Pero nosotros no somos los únicos asesinos, tú has matado a tu progenitora. Desde el mismo momento de tu nacimiento no tienes nada. Ya no perteneces a este mundo desde que tus padres lo abandonaron. Y como de la mierda sale más mierda, no te queda más remedio que hacerme el favor de morir. Lo hago por tu bien y el común.
Una brisa recorrió el bosque de punta a punta, acompañada de un sonido metálico. Una hoja de Katana reflejo la luna en su filo. Tal como el agua fluye a través de un río, un natural y armonioso movimiento fue sesgando vidas hasta pararse suavemente en un cuello. Un hombre con kimono y pelo largo marrón lustroso se había detenido en esa estación. El hombre que sostenía al niño estaba anonado, aceptando y adaptándose todavía a la situación.
-Has dicho que este niño es basura, pero lo único que yo veo es un mosquito intentando arrimarse a un pequeña luz. Y mi deber es evitarlo.
Retiró su espada y la envainó, llevandóse una vida y dejando a tras un fuerte ruido proveniente del suelo.
-Lo siento,Mitsuki.Lo siento Yuuki, no he llegado lo suficientemente temprano para salvar 3 vidas en vez de 1. Quemaré los cadáveres junto a la choza.
Dirigió su mirada hacia el bebé y entonó con dulzura:”Bienvenido, Sei”
Aquella noche, hasta la luz lunar se bañó en sangre.
Negro:Parte 2
Al mismo tiempo, otra mujer en otro lugar del país tuvo un hijo. Ese niño se llamaba Ningyo. Al cabo de corto tiempo, hicieron acto de presencia individuos que representaban a cierta organización.Se lo llevaron, lejos de su familia y del amor que te concede. A aquel lugar le llamaban “La Fábrica”.
Miles de niños, educados hasta los 16 años, residían, comían y estudiaban en ese lugar. Todo era normal, excepto que había una palabra que era excluida de todos los libros de texto, carteles o discusiones. Pero todo cambiaba cuando se llegaba a los 12 años. Ningyo, que había vivido toda su vida allí, estaba asustado, grandes rumores y leyendas corrían por esos lares, pero siempre que se les preguntaba a los mayores, algunos decían que eran “tonterías infundadas” y no había nada de lo que preocuparse, otros evitaban hablar de ello. Pero la realidad es que de los 12 una gran cantidad de gente que había visto de más edad que él había desparecido.Los responsables del sitio decían que ya estaban “ preparados” y había llegado el momento de tener familias. Ese mismo dia Ningyo la cumplía
Vinieron a buscarlo a su habitación a la semana de su cumpleaños. Solamente se trataba de unos hombres que eran “muy simpáticos” haciéndole preguntas de diversa índole mientras escribían en una hoja con esmero. Eso le calmó de gran manera.
Una noche de la siguiente semana se despertó en una habitación vacía. Estaba sentado en una silla, con ataduras metálicas de pies y manos. No podía moverse.Tenía una extraña máquina con agujas delante de él. Miró alrededor. Se quedó helado, hasta notó que el corazón se le paraba un instante. Figuras humanas, vestidas enteramente de blanco, con una máscaras del mismo color con tan solo la palabra “Moral” escrita en ella. Había un total de cuatro, cada uno a una esquina del salón. Repetían incesantemente una sola palabra al unísono, sin cesar. Al mismo tiempo, la máquina le clavaba agujas de 2 cm de grosor por todo su cuerpo. Gritaba de dolor, mientras el eco de esa palabra rebotaba de un lado a otro de su cerebro. Cada noche lo mismo, con diferentes torturas. Ahogamiento, quemaduras, latigazos, golpes...Con el mismo sistema, mecánicamente durante diversas horas. Lo extraño para él es que por la mañana se levantaba en su habitación, sin ningún rasguño. La explicación que le dio el psicólogo fue “ pesadillas producidas por algún tipo de estrés el cual no se la causa. No te preocupes, ya pasará”. Pero no pasó.
Sus amigos desaparecían, hasta que un dia dejo de preocuparse por ello.
Ningyo cumplió los 16 años, y le estipularon una familia en condición a su rendimiento académico, moral y social. Era una buena familia,pero muy pobre que vivía en las afueras de la capital. Los comenzó a apreciar gradualmente dado a su gran trato y que nunca le faltará un trozo de pan que llevarse a la boca a pesar de lo humildes que eran económicamente.
Un día iba de compras con su madre, le avisó que debía ir un momento a por un valioso producto que codiciaba y que estaba casi agotado, se le había olvidado. Fue corriendo, llevado por sus ansias de tenerlo entre sus manos y disfrutarlo. Pero se desestabilizó debido a una piedra en el camino.
-AYYYY, maldición, que daño me he hecho. Quién habrá sido el estúpido que ha dejado esta roca en el cam….-Vió algo raro en su raspada rodilla. Eso era su piel eso? Era extraña, como un objeto ajeno a su cuerpo. Estiró un poco y observó que no producía dolor. Se decidió a pegar un tirón. Heridas.Muchas heridas de todas clases. Miles recuerdos le golpearon la cabeza dejándolo atónito y en estado de shock. El sueño se había vuelto realidad. Un ruido de alborto y desesperación se colaba desde el horizonte urbano.
Gris
Un pequeño pueblo al sur del país, un lugar poco habitado, caminaba un joven de 16 años cargado con cubos de agua. Iba silbando, arte el cual su maestro Ryu le había enseñado, además de manejar la katana y buscar recursos en la naturaleza. Era un muchacho jovial, pero muy inteligente, superior a la media.Y eso Ryu lo sabía.Sei vivía en una choza que estaba cerca de una cima montañosa. Dentro, sentado en salón estaba su maestro esperándolo.
-Ya estoy aquí Ryu, traigo el agua como me has pedido.
-Haber cuando aprendes a hablarme con un poco más de respeto, mocoso.
-Si claro.¿Como está la situación en el norte?¿Ya has hablado con Hitsu?-Dijo con energía.
-No es tan fácil como piensas, te falta mucha experiencia vital. La gente cree en unos principios que se les ha enseñado desde pequeños y un cambio de miras no es tan sencillo. El proceso de convencimiento ha de ser lento pero seguro, efectivo y duradero.
Un incómodo silencio se apoderó del lugar.
-Sei,siéntate. Sabes que cumplidos los 12 te conté tu procedencia y lo que pasó la noche de tu nacimiento, pero creo que ya es hora de que te cuente qué es lo que le ha sucedido a este país durante los últimos años, cuáles son las condiciones que nos han conducido a este Estado totalitario de represión, como ya bien sabes. A veces hay que hacer grandes sacrificios. La noche del fallecimiento de tus padres-Sei entristeció su expresión de inmediato-Quemé prácticamente el bosque entero para ocultarte, a ti, matando centenares de plantas, animales y quién sabe si alguna persona a parte de los asesinos de tus padres. Pero ten seguro que arderé en el infierno con la conciencia intranquila, pero pensado que he hecho lo correcto.Tus padres me lo pidieron, soy un hombre de palabra y cumplo mi palabra. Pero es hora de que despegues, eches a volar y afrontes tu destino.Escucha atentamente...
Sei escuchó el relato, sin perderse un ápice y atento a cada detalle que se le pudiera escapar. Ryu acabó con un suspiro.
-Nunca he estado de acuerdo con mi destino, no le guardo rencor al que mató a mis padres ni al que mandó matarlos. Si he aprendido algo estos 16 años de mi vida observando es que el odio incita a más odio. Desearía vivir tranquilo en este bosque por el resto de mis días.Quiero dejar mi pasado atrás y dejar mis obligaciones con ello.
Ryu,observando a Sei, se quedó pensativo. Él sabía que para convencer a ese muchacho hacía algo más que buenas palabras.Ya lo había previsto.
-Sei, prepara tu montura. Nos vamos.-Dijo mientras se levantaba
-¿Donde? Acabo de venir y estoy bastante cansado, un descanso no me vendría nada mal...
-Deja de quejarte y ves a por tu caballo.
Se dirigían hacia la capital. Sei se extraño ya que en muy contadas ocasiones había ido a ella a buscar algunas provisiones necesarias, pero siempre encapuchados y con excesivo cuidado.
Era tal como recordaba al bajarse del caballo: Había guardias por todos los lados, expectantes vigilando cada movimiento, cada transacción y conversación;la gente, acaudalada y con buenas ropas conversando sobre temas anodinos; edificios pomposos y un gran palacio que remataba el inmenso lugar lleno de despilfarro y superficialidad.
-Ahora vas a ver hasta donde llega la influencia de Shi. Escucha muy bien mis palabras finales y recuerda: hay armas más poderosas que el hierro o el acero, y hay daños peores que los físicos.
Ryu se dio la vuelta y caminó hacia una muro. Antes de llegar, se paró, pero nunca llegó a darse la vuelta. Se dirigió hacia la alto escalandolo y se detuvo, direccionandóse hacia un borde en el cuál debajo yacía el mercado y una gran cantidad de gente. Los guardias se dieron cuenta de la situación gracias al crujido de las tejas.
-Bájese ahora mismo de ahí, si no quiere tener un problema grave, ciudadano-Le insistió un guardia. Pero Ryu nada más que se quedó contemplandolo sin decir nada.-Preparad las ballestas!-Todas las balletas apuntaron hacia él. Sei sabía que algo malo iba a pasar, pero se había quedado en blanco.No sabía que hacer.- Si baja ahora solo le cortaremos alguna extremidad-. Entonces se quitó la capucha con las dos manos, mostrando su rostro.
-Es el dragón fugaz… Es Ryu Akai! Dicen que los último que ves cuando te mata es la sangre en su espada del anterior víctima!
-Ryu, baja de ahí por favor! No, Maestro Ryu! No sé en qué estas pensando, pero ya he perdido bastantes cosas valiosas para permitirme otra más. Si lo estás haciendo para acongojarme, de acuerdo, cumpliré con mi misión, pero bajé de ahí!
Pero Ryu hacia tiempo que había dejado de escuchar. Abrió los brazos, cerró los ojos y proclamó a los cuatro vientos:
-Solo Sei y Ryu tienen cabida en este mundo.
El silencio sepultó el ruido con violencia. Pero fue un silencio escaso, de una milésima de segundo. En la siguiente milésima volaron las flechas que atravesaron el cuerpo de Ryu como si fuera mantequilla, provocando explosiones cromáticas de un rojo pasión. Ryu cayó con una sonrisa de alivio dibujada en el rostro. Sei tenía los ojos en blanco. Pero fue una chispa que encendió una llama muy poderosa. Llenó de rabia incontrolable y los ojos fuera de sus órbitas sacó su Katana, la cual chilló dispuesta a capar almas al desenvainarla.
Un ataque furioso sin control, desgarraba estómagos y rajaba cuellos. Percutía cabezas y tajaba miembros. Una ira desmesurada contra los ejecutores de su maestro, su padre, y sobretodo, su única familia. Cada vez que atacaba con su espada, iracundo, lo hacía también con todo su corazón, el cual era una locomotora sin control apunto de estallar.” Capturadlo, puede ser uno de ellos!” se escuchó del guardia. Notó un fuerte golpe en la nuca y cayó al suelo. Pero de lo que no se había dado cuenta Sei era de lo que pasaba a su alrededor.
Gris: 2 Parte
Ningyo no entendía lo que pasaba a su alrededor, venía gente corriendo asustada de todas direcciones, pero ya tenía bastantes problemas con su nuevo descubrimiento. Detrás suyo aparecieron individuos con katanas, pero no llevaban el uniforme tradicional de los guardias.
-A por ellos! No dejéis ninguno con vida!- Gritó uno de ellos.
Cantidades ingentes de personas cargaron contra los guardias y la gente de ciudad, mientras otras actuaban extraño, como gritando despavoridos o dándose cabezas contra el suelo incesantemente, abriéndose la cabeza en el proceso. Estaban en shock, atemorizados como si hubieran visto o oído algo que les hubiera horrorizado. Pero este hecho paso velozmente por la cabeza de Ningyo, el cual por suerte llevaba ropas sencillas. Uno de estos hombres se le acercó apuntándole con una espada.
-Esa katana que llevas y esas ropas...no eres como esos peces gordos de la ciudad. ¿Eres uno de los nuestros?- Ningyo, motivado por los actos pasados de sus educadores, decidió aceptar la pseudoinvitación.
-Si, como no.- Respondió sin vacilación.
-Pues date prisa que vamos a tomar el palacio y la cabeza de Shi. Te vas a perder lo mejor!
Ningyo acompañó a el “ejercito rebelde” sin rechistar, viendo como se abrían paso hasta el palacio entre sangre, vísceras y muerte. Entraron al palacio del emperador de igual manera, arrebatando vidas sin ninguna consideración. Al pasar por al lado de las celdas, Ningyo escucho un golpeteo. Paró en seco. Dado su curiosidad, y pensando que algún inocente podría haberse quedado allí.
Entro despacio, como tanteando el entorno lúgubre y húmedo de aquella sala. Al fondo, en una celda a la esquina, vió un joven de su misma edad. Parecía que sus ojos no encontraban alma con el que rellenarlos. El joven lo miró.
-Cómo te llamas?-Preguntó Ningyo
Después de un rato largo contesto:
-Sei, y no me importa como te llamas tu, realmente, lo importante es que haces aquí.
-Fui llevado por la emoción general, supongo, jejeje.
-Vete.Te matarán.
-Si me voy y no te liberó quién acabará muerto eres tú -reclamó Ningyo
-Ya no me importa. Han matado a la persona más importante para mi en este mundo, mis padres fallecieron antes de que los conociera. Nunca he tenido amigos desde que nací, ya que vivo en un lugar muy lejano en el cual no hay nadie. He perdido mi lugar, si es que antes lo tenía.
Ningyo, ante tal afirmación abrumadoramente pesimista se sentó enfrente suyo y afirmó con determinación:
-No, no has perdido tu lugar en este mundo. No nacemos por ninguna razón, pero nosotros mismo somos los encargados de darle significado, de escribir nuestra historia. Nunca has tenido un lugar. No conocía a tu maestro, pero seguramente te intentaba enseñar a encontrar ese significado. No dejes las muertes de tus seres queridos fueran en vano. Honralas.
La luz se encendió en los ojos de Sei. Volvió en si, su llama interior revivió encontrando un perfecto equilibrio. Ningyo lo liberó, pero no solo físicamente.
-Quién eres?-Le preguntó Sei cuando Ningyo se estaba marchando.
-Solo soy un muñeco. Un muñeco que acaba de cortar los hilos de su marionetista.
Sei se quedó pensativo. Sabía que volverían a encontrarse.
Blanco
Sei estaba delante de la puerta,una puerta que decidiría su destino. Primero fue un suspiro, después de decidió a abrirla. Una enorme sala estaba delante suyo. Y una figura de espaldas la presidia.
-Presentía que alguien vendría al fin para terminar conmigo. Pero no va ser tan fácil, soy el mejor espadachín de todo el país y uno de los mejores del reino.
Se giró de repente, mostrando su rostro. Le faltaba la nariz y los labios. Sei ni se inmutó.
-Eres la primera persona que veo que no le molesta la presencia de mi rostro. Desenvaina. Veremos si eres tan bueno controlando la katana al igual que la calma.
-¿Quién ha dicho que he venido aquí a pelear?-Su rival le miró extrañado-Shi.Cuanto he oído hablar de ti. Asesino indirecto de mis padres,creador de la Tokugado la cuál se ha hecho con este país. Un pasado trágico, sin ninguna duda, el que te llevó a unirte a una banda de saqueadores en la que fuistes ascendiendo, absorbiendo otras bandas y creando lo que es hoy en dia.
-¿Como sabes tanto tu de mí, mocoso?
-Simple, ¿te suena el nombre de Ryu? Claro que sí, antiguo integrante de tu banda que se retiró de ser un malhechor para residir en el país actual.
-¿Que…?
-¿Por que prohibiste esa palabra, Shi? ¿Lo que te da miedo realmente no es esa palabra verdad? Es la muerte lo que te da miedo. Te provoca pavor morir, después de ver sufrir a toda la gente de tu aldea…
-Cállate, mocoso de mierda…!
-Tienes miedo a vivir, Shi. Porque ello provoca la muerte. Sin VIDA no hay MUERTE. Lo cuál nos lleva a la represión de la palabra. Crear un estado totalitario y sumiso, quitar a la gente sus motivaciones, sus ganas, su fuerza de voluntad, condicionandolos. Quieres que sean como tu bastardo! Pero es imperdonable, y ya es demasiado tarde para ti- Shi no sabia que decir, estaba aterrorizado y atónito.-¿Crees que te matarán rápidamente con todo lo que has hecho? Vas a descubrir que hay algo peor que morir, y es vivir en desdicha y continuo sufrimiento. Paga por tus pecados, Shi. Esto no es nada más que rendición de cuentas.
Sei se dio la vuelta y caminó hacia la entrada de la habitación, sabiendo que Shi no lo iba a atacar porque ya lo había desarmado.
Sei se dió cuenta de que esto nada más era el desenlace de una historia que había sido forjada durante muchos años. El no era el que cazó al animal, si no el que lo remató.
Después de escuchar el desgarrador grito de Shi, cerró de un portazo.
- Spoiler: Mostrar
- Era una mañana gélida y oscura de invierno. La nieve llegaba hasta las rodillas a los niños que salían a corretear por las callejuelas de la aldea mientras sus madres preparaban el almuerzo con el poco arroz que quedaba. La cosecha no había sido buena y en esta época tan difícil del año se estaba comenzando a notar la falta de recursos tan característica de la mayoría de pueblos situados tan al norte en las montañas.
Ginzo abrió las puertas del dojo. Llevaba ya varias horas en pie, dejando el suelo de madera brillante y preparando el material para sus alumnos, que llegarían tan alegres como de costumbre. Una mañana normal en un día normal de invierno. No era una vida fácil, pero era una vida feliz. Mucho más feliz de lo que algún día pudo haber imaginado. Mucho más feliz de lo que fue durante muchos años.
Con su habitual vestido negro, la cabeza brillante y un espeso bigote posado en su chueca sonrisa, Ginzo recibió a los dos primeros chicos que llegaron. Tenían la piel roja y estaban temblando. Las ventiscas llevaban varios días azotando la aldea y no parecía que fuesen a dar una tregua, sin embargo, ambos chicos sabían que el esfuerzo de asistir a las clases de esgrima de aquel viejo cascarrabias valía la pena por mucho frío que hiciese. Al fin y al cabo, eran norteños, estaban acostumbrados. En un intervalo de escasos minutos llegaron 3 chicos más.
Ginzo reunió a los estudiantes en el centro, que se sentaron a una distancia prudencial de su maestro, pero bastante cerca los unos de los otros. Entre los cinco chicos y el maestro apenas ocupaban una pequeña parte del dojo, que era grande y frío, y en días como aquel, estas condiciones hacían que Kisuke se olvidase de que Seijiro le había dicho el día anterior que sus brazos eran como los de una niña, o de que Toyo y Yasuke se habían peleado por haberse hecho daño practicando con la espada de bambú.
Hoy va a ser un día especial. Como podéis observar, falta la mitad de la clase y sois impares, así que no vamos a entrenar con las espadas. En lugar de eso, voy a contaros una de mis aventuras cuando era más joven y me ganaba la vida utilizando mi espada. Ocurrió hace muchos años en un pueblo muy lejano, donde los hombres pasaban todo el día en el mar, pescando para alimentar a sus familias, y ninguno de los niños de vuestra edad sabía qué era la nieve o incluso el frío. Poneos cómodos y escuchad con atención.
Estas fueron las últimas palabras que pronunció Ginzo. Los chicos se levantaron rápidamente gritando el nombre de su maestro, entre sollozos, que se había desplomado súbitamente contra el brillante y frío suelo de madera. Cada uno de estos cinco chicos recordaría este momento por el resto de sus vidas.
Sin embargo, lo triste de esta historia no son las condiciones en las que Ginzo muere, sino el egoísmo puro que nace en cada uno de los cinco alumnos. ¿Cómo continuaba la historia que estaba contando? ¿Cómo se entretendrán en lo que resta de invierno? ¿Cómo van a mejorar ahora con la espada? ¿Por qué nos ha hecho esto? Qué mala persona había sido Ginzo, teniendo que morir justo en ese preciso momento.




