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Re: Task Force: Al otro lado del Mar (Capítulo 49)

Publicado: Vie Mar 14, 2008 9:48 pm
por Ghorrhyon
Bueno, amigos, aquí estamos otra vez...
*¡Oeeeeeee!*
Quiero deciros, a todos los que me habéis votado, que os lo agradezco de corazón
*¡Presidente, Presidente!*
Por eso, como prometí en mi programa, nada más ser elegido, os traigo... ¡un nuevo capítulo de Task Force!
*¡¡UOOOOOOHHH!! ¡Que bote, que bote, que bote el pajarito!*
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CAPÍTULO QUINCUAGÉSIMO: “El Caballero de la Espada Negra”

Denis rodó por el suelo por enésima vez, lanzado por la violencia de las embestidas y pisotones de la estatua. Se incorporó a medias, una rodilla clavada en el resquebrajado suelo.
-Diantre. –Se quejó. –Ni siquiera ha intentado darme una estocada como Dios manda.
La criatura cargó, de nuevo ofreciendo el hombro. Denis sacó la espada corta, inspirando profundamente, y la empuñó al revés, como para apuñalar. Al llegar la estatua a su altura, tomó impulso desde el suelo, con un movimiento giratorio. Clavó la corta espada en la corva del enorme ser, y utilizándola como anclaje adicional, saltó más alto, descargando un tremendo tajo en la espalda de piedra. Pero lo único que consiguió fue un pequeño arañazo.
Denis cayó limpiamente al suelo, lamentando el pobre resultado. Sin embargo, algo había conseguido: la estatua se giró, afirmando sus enormes manos en el mango de la espada. El espadachín rodó por el suelo justo a tiempo de esquivar un endiablado mandoble destinado a decapitarle.
-Maldita sea. –Masculló, sorprendido. -¿Cómo puedes ser tan rápido, trozo de piedra?
Por toda respuesta, su monolítico oponente insistió con la espada, esta vez, en un tajo vertical. Denis saltó a un lado con facilidad, pero no vio la respuesta. Increíblemente, la criatura había lanzado una patada lateral, que impactó con fuerza en el costado del Comandante Courtoise.
Denis voló unos metros, acompañado por el crujido de sus costillas y una rojiza neblina que velaba su vista. Afortunadamente, pensó, a tal enemigo no hacía mucha falta verle. Rodó por el suelo sin control, chocando en su caída con un montón de cascotes, y se quedó ahí, dolorido y sin aliento, mientras el enorme adversario recuperaba su posición y avanzaba hasta el en un par de zancadas. Empuñó el espadón con las dos manos, levantándolo para clavarlo sobre el yaciente marine. Denis giró a tiempo, recurriendo a todas sus fuerzas, y se incorporó como pudo en medio del temblor provocado por el descomunal ataque. La estatua arrancó del suelo el espadón, hundido casi hasta la empuñadura en el suelo, y giró sus ciegos ojos a su pequeño adversario. Denis aprovechó para afianzarse.
-Deux... coups... d’épée... ¡Canon de soixante-douze livres!
Apuntando a una de las piernas de la estatua, Denis lanzó su ataque intentando derribarla, pero sólo consiguió astillar un poco la extremidad. Algo desesperado, se echó hacia atrás, tratando de eludir un ataque que no llegó. Los movimientos del ser se habían hecho más torpes, pues la pierna dañada no podía soportar bien su peso. El espadachín suspiró, tomó aire, lo que le produjo un hondo dolor, y sacudió la cabeza tratando de enfocar bien la vista. Cargó, con las dos espadas por delante.
-¡Deux coups d’épée! ¡Double horizon!
Trató de castigar la misma pierna, pero la estatua interpuso su enorme arma, parando el ataque. Antes de que pudiera responder, Denis saltó, rodeándola de forma que no pudiera pivotar sobre la quebradiza extremidad.
-¡Lancelot du Lac!
Los múltiples aguijonazos de sus ataques de fondo levantaron una nube de chispas en la espalda surcada por el arañazo, pero fue como si nada hubiera hecho. La estatua giró por el otro lado, apoyándose en la pierna buena, y lanzó un golpe de barrido que Denis esquivó tirándose de espaldas al suelo. Demasiado tarde comprendió su error. El pie maltrecho se movió con celeridad, y pisó su brazo izquierdo, machacándolo contra el suelo. La espada corta de Denis voló varios metros, y el marine lanzó un terrible grito de dolor que rebotó por toda la gigantesca cámara de piedra.
Como regodeándose, la estatua mantuvo su presa mientras lentamente se preparaba para apuñalar de nuevo. Denis estaba perdido, no podría esquivar ese ataque. Miró su brazo. El pie de piedra aplastaba su mano, ocultándola a sus ojos. Parpadeó, mirando de reojo la descomunal arma que estaba a punto de atravesarlo.
-Adiós. Ya no me sirves.
Cortó con rapidez, sin sentir demasiado dolor. Al fin y al cabo, aquella mano ya estaba muerta. Luego rodó por el suelo de nuevo, y el mandoble ni siquiera se clavó en el suelo.
Denis apretó su mano contra el pecho. La hemorragia no era demasiado grande, pues el corte era limpio y los vasos se habían contraído. Alejándose de frente a la estatua, se arrancó un jirón de la casaca con los dientes y ató el muñón como pudo con la mano que sujetaba la espada.
-No voy a tener mucho tiempo. –Se dijo. Miró a la estatua. -¿Me has oído? ¡Vamos a tener que solucionar esto pronto!
Algo parecía estar cambiando dentro de él. El enorme adversario seguía igual, sólo que andaba con cierta inseguridad con la pierna rota. Pero Denis se sentía más lúcido, extrañamente alentado. Se había sobrepuesto al dolor, a la pérdida. Si un caballero estaba dispuesto a renunciar a todo, nada podía derrotarle.
-Tú sigues igual. –Le dijo en voz baja a la estatua. –Yo me hago más fuerte.
Avanzó al encuentro del ser, quien levantó su espadón para descargar un tremendo mandoble. El arma emitió un prolongado siseo rasgando el aire.
-¡Jeanne d’Arc!
Denis detuvo el golpe con toda la fuerza de su único brazo sano, la rodilla hincada de nuevo en el suelo. No pudo evitar que a su rostro acudiera una mueca de dolor, y que la vista se le nublase otra vez.

Los sonidos quedaban amortiguados conforme las galerías se estrechaban. Habían dejado atrás las sinuosas escaleras, y los tres marines se detuvieron un poco para orientarse.
-Hemos bajado bastante. –Anunció Ritter. –Creo que estamos a nivel del mar.
-O quizá un poco por debajo. –Terció Quina. –Las paredes rezuman mucha humedad.
La Vicealmirante Nilsson se acercó a una de las paredes y pasó la mano, luego la mostró a sus acompañantes, que pudieron ver el verdín acumulado en ella.
-Estoy con Guimaraes. –Afirmó. –Estamos bajo el nivel del mar.
Quina y Ritter asintieron y avanzaron un poco por la galería. La Capitana iluminó el largo corredor.
-Estamos ante la última etapa, amigos. –Aseguró, con una débil sonrisa, señalando la galería. –Por ahí, a unas pocas decenas de metros, está la Fosa de Kraken.
-Excelente.
Nilsson caminó hasta situarse casi en el límite del haz de luz que proyectaba su subordinada. Abrió los brazos, como si esperase que alguien la estrechase en un abrazo efusivo.
-Toda esa energía, la energía de una vida. La siento.
Ritter y Quina se miraron, inquietos. Empezaban a comprender el alcance de las ambiciones de Nilsson.
-Supongo que ya no tiene pérdida, -Nilsson se giró de repente, casi sorprendiendo a la pareja en su silencioso reproche. -¿Verdad, Capitana Guimaraes?
-Así es.
Nilsson la miró largo rato, sopesando su siguiente decisión. Finalmente, se volvió a Ritter.
-Comodoro Fawkes, su cadena.
Ritter miró a su superior, indeciso, hasta que empezó a comprender. Se giró a Quina, quien, extrañada le devolvió una suplicante mirada. El Comodoro empezó lenta y parsimoniosamente a desenrollar su cadena del brazo, mientras avanzaba hacia ella.
-Ritter. –Comenzó la marine. –No, ¿cómo puedes...?
-Lo siento, Capitana. –Se disculpó. –Son órdenes.
Antes de que pudiera protestar, Quina se encontró con el sable de Nilsson apuntando a su garganta.
-Nos dirigimos a un objetivo importante y peligroso, Guimaraes. Y tengo órdenes precisas de protegerla de cualquier riesgo, al mismo tiempo que la controlo. Como comprenderá, hay gente que ha invertido demasiado esfuerzo en usted.
-No lo he olvidado.
-Lo celebro. –Nilsson hizo un gesto con la cabeza a Ritter. –Comodoro.
Ritter tiró de las manos de Quina y enrolló la primera vuelta de cadena en ellas. La marine trató de resistirse, pero el contacto con la cadena la debilitó rápidamente. Su luz se apagó al mismo ritmo. A su espalda, Ritter oyó como la Vicealmirante encendía una antorcha.
-Ritter...
-Lo siento, es mi obligación.

Moviéndose con rapidez, Denis bloqueó otro golpe y saltó para ganarle el lado malo a la estatua. Sentía como si un rayo le recorriese la espina dorsal con cada parada, pero empleaba todas sus fuerzas en detener la gigantesca espada de su rival. Dosificando sus energías, había conseguido aumentar sus posibilidades respondiendo a la inagotable resistencia de su enemigo con explosiones de fuerza. Lo que no sabía era cuánto podría durar aquello.
La estatua volvió a atacar con una poderosa patada con la pierna debilitada. Ya apenas la usaba como apoyo, lo que le restaba movilidad, pero lo compensaba con su mayor alcance. El marine se mantenía a la mayor distancia posible, acercándose para intentar aprovechar puntos débiles. Empezaba a temblarle el pulso por la pérdida de sangre.
-Vamos, maldita cosa, comete un error...
La estatua avanzó, como acudiendo al reclamo. Denis esquivó su ataque de fondo, y trató de contestar con un Roland, pero el pétreo guerrero se anticipó: con su puño izquierdo descargó un golpe lateral que impactó de lleno al espadachín. Denis rodó por el suelo, doblado de dolor y debilidad. Intentó incorporarse, apoyado en Fernoir, su espada. Clavó los ojos en la negra hoja.
Era su obra, la culminación de un arte. Más aún, era parte de su alma, fruto de su entrenamiento y de un regalo de amigo. Con esa espada no podía perder. Ni siquiera contra algo a lo que no se podía matar.
-Sentiment du fer.
Cerró los ojos, fiado exclusivamente a la gran vibración que producían los pasos de su contrincante. Se levantó como una flecha, y esquivó la nueva carga de la estatua. Se colocó en guardia, y contraatacó.
Falló el primer ataque, al esquivarle la estatua. El filo gimió cortando el aire, casi con un estruendo. Una enorme grieta se abrió en el suelo, siguiendo la dirección de su brazo. Esquivó otro ataque saltando a un lado, tropezó inseguro, y volvió a detener otro mandoble, que le hizo trastabillarse en dirección contraria.
No pudo rehacerse a tiempo.
La gigantesca espada le atravesó de parte a parte, clavándole a la pared.

Ahora sabía que no podía fallar.
Denis abrió los ojos, sintiéndose uno con Fernoir, aún apoyado en ella. En vez de levantarse, dio una voltereta entre las piernas de la estatua, cortando limpiamente el pie de piedra ya debilitado. Se levantó, ahora sí, alejándose del brusco giro de su contrincante. No podía decir que su enemigo estaba enfurecido, ni que perdería los nervios. No podía esperar un error, por lo que no podía cometerlo.
La estatua cojeó en su dirección. Lejos de facilitar las cosas, su inestabilidad le hacía impredecible. La criatura artificial embistió con la espada por delante, y Denis vio por fin su oportunidad.
Un leve paso, unas pulgadas. La gran espada pasó peligrosamente bajo el brazo mutilado del marine. Denis lanzó un violento ataque de fondo que hizo al gigantesco enemigo tambalearse hacia atrás.
-Coup d’épée á une main... ¡Schwartzschwert!
La hoja negra relució esplendorosamente, reflejando con fuerza la escasa luz de la cámara de piedra. Denis se movió hacia adelante, arrastrado por ella más que impulsándola, y la espada tomó sola la iniciativa. Con un giro de muñeca, cortó la mano de la estatua que empuñaba el espadón. Luego, segó de un solo tajo la pierna buena, a la altura de la rodilla. Fernoir identificó para Denis el punto débil del ser: una diminuta runa de poneglyph en su frente. Mientras la estatua se inclinaba hacia delante, cayéndose, la punta de la espada negra se apoyó, casi con delicadeza, en la fina talla de piedra. La runa saltó en pedazos, y la vida abandonó a la estatua, que se desmoronó exactamente por los puntos en los que Denis le había impactado durante el combate.
El Comandante Courtoise quedó de pie, en silencio. Un escalofrío le recorrió el cuerpo. Guardó a Fernoir en su vaina, y miró alrededor. Arrastrando los pies llegó a donde había caído su espada corta. No quería renunciar a ella. La envainó también, y se encaminó, a pasos cortos, en la dirección en la que había partido Ritter Fawkes.
Buenas noches, y buena suerte XDD

Re: Task Force: Al otro lado del Mar (Capítulo 50)

Publicado: Vie Mar 14, 2008 10:28 pm
por kid
Maldito, deja de alargar la agonía y mata a Denis de una maldita vez (aún estás a tiempo, quizá con un sacrificio heroico :astuto: ). No me basta con que le hayan cortado el brazo, quiero más sangre :twisted:

Buen capítulo; la pelea está muy bien hecha y la parte del grupo va dejando entrever cada vez más las deshonestas intenciones de Nilsson respecto a nuestros protagonistas. Supongo que Ritter sólo está disimulando, o a lo mejor es de esos que una vez se llevan a la chica a la cama, ya no les importa xD. Espero que los siguientes capítulos sigan en esta tónica de aumento de emoción.

Re: Task Force: Al otro lado del Mar (Capítulo 50)

Publicado: Mar Mar 18, 2008 10:29 pm
por spion
NOOOOOOOOOOOOOOOOOOO!!! como les has cortado una mano a Denis!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!! como has podido hacerlo!!!!! eso me ha dolido mas a mi que a Denis, claro, que a Denis no le ha dolido!! xD

Por lo general bien, mas emocion a cada capitulo, ya tengo ganas de saber que sucede en el final de la cueva jajaja

Hasta la proxima!

Re: Task Force: Al otro lado del Mar (Capítulo 50)

Publicado: Jue Mar 20, 2008 4:24 pm
por Ghorrhyon
Kid: Le molieron a palos, le cortaron una mano, le insultaron, pero él...
¡No se va a sacrificar por nadie! ¡Vale que estemos en Semana Santa, pero dejad de torturar al pobre Denis!

Spion: ¿Véis? Ésta es la reacción correcta... ¿Qué pasaría si a Zoro le cortasen la boca? :shock: En fin, dejemos que la historia siga su curso. Vaticino llanto y crujir de dientes para los "no creyentes" :twisted:

Ahí va, el último flashback, echad cuentas...
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CAPÍTULO QUINCUAGÉSIMO PRIMERO: “Un lugar en el paraíso”

-¡¿Tu obligación?! –Gritó Quina con todas las fuerzas que le quedaban, tumbada en el suelo. -¡¿Y qué hay de tu deber?! ¡Deber, Ritter!
El Comodoro Fawkes caminaba despacio, sintiéndose extrañamente liberado en cuerpo y alma, tras su superior. Nilsson avanzaba como en éxtasis, casi sin tocar el suelo. No había envainado su sable, y miraba decididamente al frente. Hacia la negrura de la cueva.
Sopló una ráfaga de aire. No era, sin embargo, una brisa fresca, propia del mar. Era un aire enrarecido, rancio y frío. La antorcha se apagó, pero Ritter observó como el sable de la Vicealmirante seguía resplandeciendo muy tenuemente.
-¿Enciendo otra luz, Vicealmirante Nilsson?
-No, gracias, Fawkes. Es imposible que me pueda perder ahora. El rastro de energía es como un faro para mí.
Ritter se sorprendió al notar que si se concentraba, entendía perfectamente a que se refería.
Sin fuerzas para llorar, Quina intentó recostarse más cómodamente en el suelo. Temía por todos: los tripulantes del Implacable, Sawer, el leal Urahawa, Denis, que luchaba contra un enemigo nunca visto… pero por el que más temía era por el hombre que acababa de traicionar su confianza. Al que todavía amaba, sin duda. Porque después de mucho tiempo, ese tipo de cosas habían dejado de afectarle.

El buque de la Marina avanzaba a muy escasa velocidad entre los destartalados restos del barco de evacuación. Con resonantes golpes, maderos, fardos, cadáveres… colisionaban con el casco acorazado, mortificando a los marines que buscaban entre ellos.
-Vicealmirante Sakazuki. –Llamó un marine. –Señor, no hay nadie. Nadie vivo, al menos.
Sakazuki, asomándose por la banda de babor, retiró su capucha para observar mejor entre los restos.
-Mejor. No conviene correr riesgos, eso es lo importante.
-¡Señor! –La voz de un vigía sonó desde lo alto. -¡Ahí hay algo, un cuerpo se mueve entre los restos!
Todos los tripulantes que buscaban entre los restos se giraron en aquella dirección. Alguien entregó un catalejo al Vicealmirante.
-Una niña. –Anunció a los marines que le rodeaban. –Pero no parece ser la hija de Olvia, de la que nos han advertido.
-Señor… -La voz del Oficial Asistente sonó temerosa. –Sus… ¿sus órdenes?
Súbanla a bordo. No soy tan despiadado, ¿saben?

La pequeña despertó sobresaltada, en la cama de la enfermería. A los pies de la cama se encontraba un oficial de alto rango. Quina no recordaba a ese hombre, ni nada posterior a sentirse izada a bordo de un barco, flotando en el mar.
-Hola. –Comenzó el marine, con su entonación más amable. -¿Cómo te encuentras, bonita?
-Bi… bien, supongo. No me duele nada.
-Fue un milagro que no te ocurriese nada en aquella explosión. Pudiste mantenerte a flote, pero cuando te rescatamos estabas exhausta. Llegamos justo a tiempo.
-Gracias. ¿Había alguien…?
-¿Más? No, lo siento, pequeña. Eres la única superviviente. Para nuestra desgracia y eterna deshonra.
Sin pararse a pensar en nada más que en su madre, a bordo del barco de evacuación, Quina rompió a llorar desconsoladamente.

Dos semanas más tarde, en el Cuartel General de la Marina, Quina se encontraba sentada frente al escritorio de su rescatador.
-Señor, antes de que me vaya, quisiera saber… qué pasó en Ohara.
-Quina, preciosa, no repitas ese nombre… di simplemente tu isla, o tu casa, pero ese nombre está prohibido.
-De acuerdo, pero... ¿qué pasó? ¿De verdad mi padre era uno de los demonios?
-No lo conocí querida, probablemente no lo fue, pero… él era uno más, uno de aquellos que prestaron oídos al infame doctor Clover, y a su secuaz, Nico Olvia. –El marine tomó aire, aparentemente dolido. –Ellos querían destruir el mundo, incluso corrompieron a marines honrados, como Jaguar D. Saul, al que aún lloramos.
-Pero, ¿por qué tuvimos que pagar todos, incluso los demás?
-No lo sé con certeza, querida. –Mintió el oficial. –Lo único que puedo decir es que teníamos órdenes de impedir que escapasen. No eran órdenes agradables, no es agradable ejecutar una Buster Call, pero eran necesarias. Supongo que en algún momento, se sintieron acorralados, e impotentes. Por eso dispararon contra tu barco.
-¿Fu-fueron ellos?
-Me temo que sí. Creo poder ver a tu padre suplicando que no lo hicieran, pero ese Clover no era un tipo dado a la compasión.
-¿Qué les sucedió?
-Acabamos con todos, gracias le sean dadas a Dios, pero uno de ellos escapó.
-¿Uno escapó?
-Sí, y no sabemos dónde puede estar. Es una niña, como tú, pero es muy peligrosa. Muy, muy peligrosa, Joaquina. Y probablemente quiera vengarse.
-Yo también, señor.

Quina estudió y entrenó con dedicación absoluta. Durante años, la convirtieron en una agente perfecta para Inteligencia Naval. Adquirió una gran fuerza, y cuando estuvo preparada, el ya Almirante Akainu le entregó su Akuma no mi, destinada a protegerla del terrible poder de la Niña Demonio.
Sin embargo, por la mente del Almirante aún rondaba otro pequeño detalle que ultimar. Uno más importante que la inútil búsqueda de Nico Robin.
-Cabo Guimaraes, bienvenida, siéntese.
-A sus órdenes, Almirante.
-Me han comunicado los impresionantes progresos que ha alcanzado, sobre todo en el tema de la identificación de textos prohibidos.
-Gracias, señor.
-Sin embargo… creo que podríamos dar un pequeño paso más en ese sentido.
-¿Perdone?
-Usted es la hija de un arqueólogo, conoce exactamente sus intenciones, y ha sido entrenada para enfrentarse en cuerpo y mente a una de ellos, la más peligrosa.
Quina lo miró de hito en hito, expectante.
-Sin duda, su lealtad es incuestionable. –Continuó Akainu. –Por eso voy a confiarle un importante secreto, y una elevada tarea.
El Almirante sacó un ajado libro, con manchas de humedad, de un cajón de su escritorio.
-Son textos de traducción de Poneglyphs. –Observó, alarmada, Quina. -¿Qué se supone…?
-Nico Robin representa una amenaza mucho mayor no por lo que es, sino por lo que sabe. Y es lista. Tanto que, al llevarnos ventaja, tiene grandes posibilidades de alcanzar su objetivo. Ella ya estaba preparada para desatar la catástrofe cuando abandonó su isla. A ti, querida –el Almirante miró a Quina a los ojos –te hemos tenido que forjar.
-Entonces, ¿ya no debo ir a por ella?
-No… y sí. Es sólo que no será tu objetivo prioritario. Tenemos a otros buscándola, otros que pueden ser perfectamente capaces de encontrarla y neutralizarla. Si tú das con ella, serás una más.
Hubo una pausa, casi podía mascarse la decepción de la joven suboficial.
-Pero si Nico Robin nos burla a todos, tú serás la única capaz de detenerla.

Quina empezó a estudiar las runas, entregada a su nueva misión. Estaba sorprendida de lo fácil que le resultaba comprender esos textos. Debía ser algo para lo que estaba innatamente preparada. Después de todo, era la hija de uno de los demonios, como atestiguaba el blasfemo medallón de su cuello, el único recuerdo que le permitieron conservar.
Y los meses pasaron. Quina era asignada a tareas rutinarias en diversos barcos, aprovechando todos los ratos ociosos en su estudio. Tenía orden de ajusticiar a cualquier soldado u oficial que registrase sus pertenencias o entrase en su camarote sin su permiso. El contenido de aquel libro era sagrado, o más bien impío. Cuando tenía que apartarse de él, lo escondía concienzudamente. Aún así, el aura de misterio que rodeaba a la muchacha era suficiente para desechar cualquier intento de robo o espionaje.
Hasta que un día, le dieron un permiso.
La isla era agradable. Un pequeño remanso de paz en su tensa y forzada existencia. Quina no era feliz, pero se contentaba con seguir viva. Al fin y al cabo, debía su vida a aquellos hombres, y no importaba lo que tuviera que hacer para compensarles. Con la destrucción de Ohara, la isla prohibida, la pequeña Quina había dejado de existir. Ahora, quien importaba era la Sargento Joaquina Guimaraes, la Cazadora del Demonio.
-¡¡¡Robin, traidora!!!
El grito rasgó el aire, asustando a todos los transeúntes. Pero a Quina, el nombre pronunciado por aquella voz, le nubló la vista. Su corazón empezó a latir desbocado. ¿Era posible?

Robin echó a correr por un callejón lateral. El propio capitán era el único que la seguía aún. Aquel hombre estaba fuera de sus casillas, tratando de asesinar con sus propias manos a la chica que le acababa de arrebatar su bien más preciado.
-¡Ven aquí, pequeña puta!
No lo iba a conseguir. Robin intentó acelerar, pero no sería capaz de llegar a un lugar seguro. ¿Qué lugar podría ser seguro jamás para ella?
Vio los haces de luz, pero no necesitó esquivarlos. Simplemente pasaron de largo, impactando en su perseguidor.
El capitán se levantó, aturdido, y miró al origen de aquellos rayos.
-¡Ja! –Rió, viendo el uniforme de la joven. -¡La Marina! Ahora sí que la has hecho buena, jovencita.
-Bueno, yo me largo. –Miró a Quina. –No quiero recompensas, ni nada, ¿eh? Sólo dejadme en paz mientras me largo de aquí.
Quina ignoró al pirata. No le interesaba, ni le había mirado a la cara. Sus ojos estaban clavados en la chica alta y de brillante pelo negro que la contemplaba con una sombra de miedo, de rodillas.
-¡Seis fleur!… ¡Aaaah!
Los brazos que habían brotado del cuerpo de Quina se retiraron de inmediato al poner su cuerpo incandescente.
-¡Vas a morir! –Gritó la joven marine. -¡Traidora, asesina!
Encendiendo sus puños, Quina corrió hacia Robin. Ésta la vio acercarse, casi sin poder hacer nada. Miró a sus ojos…
-¿Guimaraes?
Quina se frenó como si hubiera chocado con un muro.
-¿Me conoces?
-No. –Contestó la joven. –Pero tienes los mismos ojos que Renato Guimaraes, uno de… mis antiguos… amigos. Siempre me decía que tenía una hija de mi edad. Y yo… -Robin ya no podía contener las lágrimas que escapaban de sus ojos. -… Siempre creí que sólo yo había sobrevivido.

Quina miraba al mar desde su piedra. Se encontraban en una cala oculta, a las afueras del pueblo. Robin la había usado como escondrijo en alguna ocasión, y era ideal para mantener esa conversación.
-Explícate, y no olvides que sólo te estoy dando la oportunidad que no me disteis a mí.
-Para empezar, no sé de qué “oportunidad” me hablas.
-Olvídalo, sólo quiero saber por qué obligaron a mi padre a conspirar para destruir el mundo.
-¿Qué? –Robin miró a su interlocutora con extrañeza. -¿Qué paparruchas son esas? ¡Éramos arqueólogos, marine, no lo olvides, nuestra intención sólo era estudiar, saber!
-¿Y las armas ancestrales?
-¡A mí que me cuentas, no sé nada de eso! ¡Jamás oí hablar de ellas, y nunca he…!
Quina abrió los ojos de par en par.
-Sigues buscando.
-Por supuesto, se lo debo a todos, incluso a tu padre. No voy a permitir que nos arrebaten todo por lo que hemos luchado. Hemos sufrido, tú también. Se nos ha negado un lugar en la tierra. ¿Acaso, hagamos lo que hagamos, no nos hemos ganado un lugar en el paraíso? ¿No podemos tener la conciencia tranquila, para siempre?
-Ya, ¿y los del barco de evacuación, enviásteis a mi madre al paraíso, Nico Robin?
Robin volvió a mirar extrañada a la joven que tenía delante. Una suboficial marine de su edad, superviviente de Ohara.
-Dios mío.
-¿Qué?
-¿Qué es lo que han hecho contigo?
-¿Qué, qué pasa?
-El que ordenó abrir fuego fue el Vicealmirante Sakazuki.

Horas más tarde, Quina veía, con lágrimas en los ojos, alejarse un mercante que llevaba a su presa a bordo. Su presa. El sentido de su vida. Acababa de desaparecer, dejándola flotando en un mar inhóspito, como el día que volvió a nacer.
-Descuida, Nico Robin, nada de lo que ha sido mi vida hasta este mismo momento ha pasado. No he hablado contigo.
Se giró, enjugándose las lágrimas, antes de perderse entre la muchedumbre del puerto.
-Y nadie me salvó jamás la vida. Me salvé yo sola…
… y lo volveré a hacer.
Este capítulo está dedicado a Alhandra, sin cuya desinteresada dedicación los tripulantes del Implacable no existirían más que como un puñado de letras.

Re: Task Force: Al otro lado del Mar (Capítulo 51)

Publicado: Vie Mar 21, 2008 12:01 pm
por Alhandra
Qué decepción con Ritter, por Dios. Espero que sólo sea teatro.
Ghorrhyon escribió:Le molieron a palos, le cortaron una mano, le insultaron, pero él...
¡No se va a sacrificar por nadie! ¡Vale que estemos en Semana Santa, pero dejad de torturar al pobre Denis!
Y más que le tenían que haber dado. Esa escenita de "ya no me sirves" casi (¡¡¡casi!!!) hace que se me salten las lágrimas.

Este último capítulo ha hecho que me pongas los dientes largos. Con toda la tensión que hay ya y vas y nos pones un flashback xD. Con todo, al final se está viendo que nadie es quien parecía ser...

Gracias, por la dedicatoria, socio! (¿Desinteresada dedicación? Recuerda que quedamos en ir al 50%, xD)

Re: Task Force: Al otro lado del Mar (Capítulo 51)

Publicado: Vie Abr 18, 2008 8:54 pm
por Ghorrhyon
Lento, pero seguro, el final de la historia se acerca... ¿podremos soportarlo?

Alhandra:Acabará enterneciéndote Denis, te lo digo yo... Y en cuanto al desinterés te comunico que el 50% de 0 es...

Bueno, al lío. Antes que nada, de nuevo disculpas por la tardanza, pero ahora los capítulos se me hacen muy cuesta arriba. Están cambiando muchas cosas con respecto a mis ideas preconcebidas, y esto hace que la idea original tenga que amoldarse convenientemente. Este capítulo es un ejemplo de supervivencia: esta así en mi cabeza desde hace mucho, y me alegro que haya encajado...

*¡Que se calle de una veez!*

Vale, vale:
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CAPÍTULO QUINCUAGÉSIMO SEGUNDO: “La última victoria”

Sonja paseaba inquieta por la cubierta del barco. De su barco. Nunca había tenido grandes aspiraciones con respecto a su carrera militar, pero se sentía abrumada y extrañamente orgullosa de que el Comodoro hubiese confiado en ella.
-Eh, que no se te suba a la cabeza.
Se volvió al punto de origen de la voz, Kleb, que observaba sus evoluciones con una sonrisa pícara.
-Como si eso fuera posible. –Contestó la artillera, sacándole la lengua. –Sé de sobra que me ha puesto al mando porque los oficiales que están por delante han bajado a acompañarle en la gran aventura.
-Por cierto, -inquirió Kleb- ¿ha bajado el viejo Luther con ellos?
-No, ¿por qué?
-Porque no está en su camarote, ni le veo por cubierta.

Los oídos seguían zumbándole a Max enloquecedoramente, y por como Urahawa sacudía su porcina cabeza de vez en cuando, parecía que el extraño sonido no le afectaba sólo a él.
El Capitán Sawer se había retirado a un lateral de la estancia, contemplando el combate desde una prudencial distancia. La contienda estaba muy lejos de sus posibilidades, pero no podía dejar de observar, intentando encontrar un punto débil al colosal oponente de su compañero oficial.
Urahawa, por su parte, se movía con rapidez, confundiendo al rival con Soru. No había dejado de protegerse de los ataques de la estatua, pero aún así el descomunal objeto viviente controlaba la situación bastante bien debido a su gran alcance. El hombre-jabalí saltó a un lado, buscando acortar la distancia, pero la estatua golpeó en corto con el codo, cortando su avance. Urahawa detuvo el golpe con Tekude, pero aún así se resintió. Llevaba deteniendo demasiados golpes con el mismo brazo, a pesar de la resistencia de su técnica.
Y luego estaba ese maldito zumbido.
Urahawa esquivó de nuevo la enorme maza, que estaba resultándole bastante inútil a su oponente, y trató de encontrar una brecha en su defensa. La enorme mole reaccionó antes que él, y de nuevo esquivo un mazazo por muy poco. Indignado por su propia torpeza, el marine rodeó a la estatua, pero ésta giró la cintura de manera antinatural, y propinó un duro golpe con el mango de su arma a Urahawa, que salió lanzado en dirección a una esquina de la inmensa sala.
Aturdido, el hombre-jabalí sacudió de nuevo la cabeza. Habría estado más atento si no le estuviese volviendo loco el maldito zumbido. Apenas pudo incorporarse para ver como su monstruoso adversario cargaba directo contra él, seguro de haberle arrinconado entre las paredes. Urahawa tomó aire, algo más concentrado.
-Geppou.
El marine se elevó justo cuando la enorme maza se hacía trizas contra la pared. La estatua, inmutable, dejó caer la inútil arma y se giró, dado que su enemigo caía a su espalda. Con gran rapidez, descargó un violento puñetazo contra Urahawa, quien apenas tuvo tiempo de invocar el Tekkai para absorber el impacto. Con todos los huesos vibrando por el violento impacto, el guerrero voló hasta la mitad de la estancia, encarado a la entrada que había estado vigilando la estatua. Medio incorporándose, Urahawa vio como de nuevo su enemigo corría hacia él haciendo retumbar el suelo. Situado de frente a la cerrada puerta de piedra, la estatua le llegaba por la posición relativa de las diez.
-Un poco más a la derecha... ¡Kama Rankyaku!
Con toda su fuerza, Urahawa lanzó una patada, arrastrando el pie por el suelo. La piedra de éste se levantó como si la hubiese recorrido un arado, y al llegar a la altura del atacante, lo hizo tambalearse justo hasta la altura de la puerta, a medio camino entre ésta y el marine.
-Y ahora, al fondo. ¡Yari Rankyaku!
Aprovechando que su enemigo estaba desequilibrado, el hombre-jabalí tomó un breve impulso, y saltó en el aire, lanzando un puntapié recto. Saltaron chispas del pecho de la estatua, y ésta trastabilló hacia atrás, casi hasta la puerta. Nada más caer al suelo, Urahawa usó Soru rebotando hacia delante, para aparecer... entre el ser y la puerta de piedra. La criatura, a pesar de no verle, pareció percibirle. Justo como esperaba el Teniente Urahawa, intentó aplastarle con la mole de su cuerpo contra la pared. Sin embargo, la frágil presa rodó hacia atrás entre las piernas del colosal engendro, quedando justo donde había pretendido: a corta distancia frente a su pecho.
-Ya eres mío, maldita sea... ¡Nikkenhou!
Utilizando su ataque más poderoso con ambos puños, saltó contra la estatua, impactando en su centro. Ni siquiera el tremendo adversario pudo resistirse a la descomunal fuerza del ataque, y se vio aplastado contra la losa de piedra que cerraba el pórtico. Con un tremendo crujido de piedra rota, marine y estatua atravesaron el umbral, cayendo confundidos al otro lado.

-Quina... Quina...
La Capitana Guimaraes identificó la voz que pronunciaba su nombre como una persona conocida, querida, pero ni siquiera tenía fuerzas para ponerle rostro o nombre. La cadena de Ritter la debilitaba poderosamente, enrollada en torno a su cuello y manos. Algo goteó en su rostro. Haciendo un último acopio de fuerzas, abrió los ojos, para descubrir a Denis Courtoise, pálido como un muerto, intentando retirar la cadena de su cuello con la mano derecha, mientras, agachado sobre su compañera, sujetaba su ensangrentado brazo izquierdo sobre el pecho.

En otro lugar, cerca de allí, Ritter Fawkes y la Vicealmirante Nilsson penetraban en una terrible oscuridad. El aire parecía el de una tumba, húmedo, frío e inmóvil. La negrura que rodeaba a los marines era más que ausencia de luz, asfixiando a ambos con su solidez y frialdad. No habían encendido luz, pero el rastro de energía que emanaba del centro de la caverna era ahora palpable, como una suave corriente en medio de la opaca nada que poblaba el lugar.
Caminaron en silencio, con los corazones oprimidos, incapaces de palpitar al ritmo que les dictaba su instinto. Ritter no pudo dejar de observar que, si bien era mezquino, el brillo del sable de Nilsson persistía. De hecho, el resplandor parecía nacer de la propia Vicealmirante.
-Aquí los tenemos, Fawkes.
Ritter miró hacia el suelo, donde sabía que señalaba su superior. Pequeños puntos de luz, o así se le antojaron, pugnaban por penetrar la barrera de oscuridad que todo lo engullía.
-Los Discos de Kairouseki.

El zumbido inundaba la estancia, vibrando al compás de las titilantes runas que cubrían todas las paredes. Había adquirido un volumen insoportable, pero a su vez, empezaban a distinguirse palabras. Sawer entró titubeante, contemplando la escena que se desplegaba ante él: Urahawa se retorcía en el suelo, atronado por el ruido, mientras el gigante de piedra se zarandeaba inútilmente, tratando de levantarse a pesar de tener una pierna completamente destruida.
-¿QUIÉN ERES?
La pregunta retumbó en los oídos de los marines. Sin embargo, instintivamente, Sawer supo que no se refería a él.
-Hi...Hidetoshi... me llamo Hidetoshi.
-TE SALUDO, HIDETOSHI. YO SOY KRAKEN, SEÑOR DEL MAR NEGRO. –Urahawa se estremeció, casi inconscientemente. -¿HAS VENIDO A DESPERTARME, COMO LOS OTROS?
-No... No sé...
-OS CONOZCO, HUMANOS. YO, QUE HICE HUIR A LOS GYOJIN AL OTRO LADO DEL MUNDO, FUI DERROTADO POR VOSOTROS. PERO SABÍA QUE TARDE O TEMPRANO VUESTRA AMBICIÓN ME LIBERARÍA.
-N..No entiendo...
-NO ME CONTENTARÉ CON VULGARES SACRIFICIOS COMO BEHEMOTH, NO ME CONTENTARÉ CON LA LIBERTAD COMO LEVIATÁN. SOMETERÉ MIS DOMINIOS DE NUEVO, Y DESPÚES A VOSOTROS... EN CUANTO OBTENGÁIS LA ENERGÍA QUE ME MANTIENE ENCERRADO.
Las runas iluminadas comenzaron a palpitar espasmódicamente, con la luz cada vez más fría, carente de vida. Cuando la frecuencia del parpadeo se hizo más rápida, un impulso circular partió por el aire, envolviendo a la maltrecha estatua guardiana.
-HE AQUÍ UNA MUESTRA DE MI PODER.
La enorme estatua se alzó, convertida en una figura de roca negra, más amenazadora que antes, con la pierna intacta y una runa ígnea brillando en la frente como un desafío. Urahawa comprendió qué era lo que tenía que hacer, pero le bastó un vistazo a su nuevo enemigo para deducir que no sería fácil. Suspiró hondamente, y se preparó para el último asalto.
Ambos contendientes se abalanzaron violentamente el uno contra el otro. La fuerza de los impactos casi derribó al suelo al Capitán Sawer, quien miraba a su compañero marine seriamente preocupado. Empuñaba su inútil estoque con las manos temblorosas. En medio de la estancia, el aguerrido Teniente Segundo detenía uno tras otro los golpes de la estatua con Tekude. Intentaba ahorrar sus mejores recursos para lanzar un ataque que impactase en la brillante runa de la frente. El guerrero de piedra juntó ambas manos formando un descomunal martillo, y descargó un brutal golpe tratando de aplastar contra el suelo al hombrecillo. Urahawa aprovechó la oportunidad, y trató de trepar hasta la frente del ser.
-¡Shigan!
Lanzó el ataque, pero la estatua giró la cabeza con rapidez. El resultado fue un agujero en la pétrea sien, lejos de la runa. Rápidamente, Urahawa saltó al suelo. Enardecido, su rival retomó el ataque sin inmutarse. Sin dejarse desanimar, el marine detuvo los golpes y devolvió un puñetazo tras otro, pero no podía generar suficiente fuerza después de recibir los impactos del artefacto. Con cada golpe de la estatua, todo su esqueleto se convulsionaba. La vista comenzaba a nublársele con la ya familiar neblina roja.
-Está bien, padre, confiaré en ti.
Con el último golpe, Urahawa se abandonó a la furia. El demonio contra el que siempre había luchado dio un paso al frente, pero sin olvidar el rostro de su padre, desde el fondo de su mente, el marine retuvo el control.
-Kibasoru.
Saltaron chispas por toda la estatua, pero apenas recibió daño. Urahawa saltó a gran distancia, y preparó la pierna.
-¡Tatsumaki Nagai Rankyaku!
Un torbellino cortante envolvió a la enorme estatua, pero ésta alzó los brazos protegiendo su vital símbolo. Urahawa insistió con su ataque, cambiando de posición, pero su adversario resistió.
-Más rápido. –Gruñó el marine. –¡Más fuerte!
En medio de su frenético giro, Urahawa se detuvo, comprimiendo toda su poderosa musculatura.
-No debo tener miedo. No me harás daño.
Plantó los pies firmemente en el suelo, concentrándose mientras la estatua trataba de recuperar la compostura, preparándose para contraatacar.
-¡Inooni!
Convertido en una furia desatada, Urahawa cargó contra la estatua. La criatura golpeó primero, pero su impacto rebotó en el insensible torso del marine. Éste, de improviso, desapareció con el Soru más rápido que Sawer hubiera visto jamás. Acto seguido un enorme fragmento se desprendió de la espalda de la estatua. Ésta contestó con otro codazo, dirigido a la cabeza del hombre-jabalí, pero de nuevo éste resistió el impacto sin inmutarse. A continuación, volvió a moverse como el rayo y saltaron fragmentos del mismo brazo que le había golpeado. Urahawa dio un paso atrás, y embistió de nuevo, sobreponiéndose a su rival. Una sombra envolvió al gigantesco ser de roca, haciendo saltar fragmentos por todas partes. Los colmillos del marine abrían surcos por toda su superficie. De improviso, una de las rodillas de piedra saltó en pedazos, y justo en el momento, en que la criatura se inclinaba al caer, el símbolo saltó en pedazos atravesado por un colmillo.
Urahawa quedó de pie, jadeante, recuperando el control. Su mente consciente saltaba al primer plano, exhausta pero eufórica. Contempló los negros restos de su enemigo. No había ya ningún zumbido, ninguna voz. Era la victoria que siempre había deseado. Alzó los brazos, sintiéndose invencible.
Al sentir el agudo dolor, soltó todo el aire de golpe, asustado y confuso. Revirtió de inmediato a su forma humana, sintiendo que la fuerza y la vida se le escapaban por igual. Instintivamente comprendió que el kairouseki recorría su sangre. Ni siquiera había sentido la hoja atravesando su corazón.
Se giró, con las últimas fuerzas que le quedaban, mirando con ojos vidriosos a quien creía de su parte. No sintió ira, ni miedo. Estaba frustrado. Se había redimido, había alcanzado su cenit. Y no podría celebrarlo con los suyos.
Max Sawer envainó el estoque, sin siquiera limpiarlo. No hacía falta, sus estocadas eran limpias. Tenía los ojos arrasados en lágrimas. Vio caer a Urahawa y cayó con él, de rodillas. Sostuvo su cabeza, aun sabiendo que no le oiría.
-No tenías que enterarte, no tenía que pasar. –Se enjugó las lágrimas. –Te ha matado Kraken, Hide. Me han obligado a hacerlo.
Max Sawer dejó a su compañero colocado al lado de su último enemigo derrotado. Se encaminó con paso cansado, atravesando la sala ornamentada. Unas escaleras se adivinaban al final de la estancia, donde la lucha no había llegado.
-Él y ella.
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Si, es cierto, ha pasado. Y no, no lo ha soñado, ni es una ilusión, ni el Sharingan, ni mierdas de esas... Que comience el ajusticiamiento XD

Re: Task Force: Al otro lado del Mar (Capítulo 52)

Publicado: Sab Abr 19, 2008 12:17 am
por spion
La verdad que lo que ha pasado en este ultimo capitulo era algo que no me esperaba para nadaaaaaaaaaaaaa!!! que fuerte!!
Aunque... Cualquiera antes que Denis, eso esta claro!!! jajajja que por supuesto que seria de un capitulo sin él, que siempre hace su pequeña aparicion! jajaj

Re: Task Force: Al otro lado del Mar (Capítulo 52)

Publicado: Vie May 02, 2008 11:19 pm
por Ghorrhyon
Three to go.

Ya no haré comentarios, los acontecimientos se precipitan, y lo voy a dejar todo para el final.
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CAPÍTULO QUINCUAGÉSIMO TERCERO: “El poder del espíritu”

Nacido justo después que el mundo, Kraken tenía recuerdos de la humanidad desde su inicio. Un inicio que ya indicaba que la ambición por el poder les llevaría a la ruina. El monstruo se encontraba ahora en un inquieto duermevela, consciente sólo con una ínfima parte de su mente, con la que había decidido probar a sus enemigos con un endeble peón. Y el resultado, pese a no estar previsto, no hacía sino redundar en su convicción. No había enemigo más cruel para el hombre, que el hombre mismo.
Entonces sucedió. Dos poderosas presencias habían aparecido en la boca de su fosa, Kraken rebulló inquieto, como en una pesadilla, y en el mismo instante en que una de esas presencias entraba en contacto con un Disco, una chispa de consciencia agitó el cuerpo de la inmensa criatura: se estaba despertando.
Sólo fue una pequeña agitación, un bostezo, pero hizo temblar la tierra. Desde su encierro, la criatura oyó colapsarse las galerías, oyó gritar a los humanos, pero percibió que todos ellos se habían salvado. Incluso los dos que peor lo estaban pasando.

Quina se incorporó, libre de la cadena, justo a tiempo para lanzarse sobre Denis y hacer inflamarse su espalda con todo su poder. El espadachín no podía reaccionar, no le quedaban fuerzas, y quedó sepultado bajo el cuerpo de su amiga. Las llamaradas de la espalda de Quina brotaron con inusitada fuerza.
-¡Corona solaris!
El violento arco de llamas dispersó las rocas que caían del techo, desprendidas por el terremoto. Quina lo mantuvo brotando intermitentemente, intentando discernir por el rabillo del ojo por donde tenía que enviarlo. Casi un minuto después, el temblor cesó, y pudo apagar las llamas. Sin ponerse de pie, de rodillas frente a su salvador y salvado, miró la espantosa herida del brazo.
-Denis. –Llamó. El marine la miró, sin poder contestar. –Te va a doler.
Antes de que Denis pudiera terminar de asentir, la Capitana cogió su brazo herido y aplicó la mano al muñón. Sonó el chisporroteo y surgió el olor de la carne quemada, y el herido espadachín sólo pudo emitir un sordo gemido. Sin embargo, una vez cauterizado el brazo, Courtoise seguía despierto.
-Quina… ¿me contarás qué ha pasado?
-No sé si yo misma lo sé.
La mujer ayudó a su colega a levantarse pasando el brazo sano sobre sus hombros. Denis siguió sin quejarse, a pesar de que la del brazo no era la única herida. Ante el inexpresivo escrutinio del espadachín, Quina se decidió a seguir hablando.
-Se que pensarás que Ritter debe haber tenido una buena razón para encadenarme, pero…
-No hace falta que me lo expliques si no quieres. Sabes que siempre hay una razón para todo lo que él hace, y jamás creería que él te castigaría por algo… o te traicionaría.
“Y sin embargo, lo ha hecho.” Pensó Quina.
Quina alzó la vista. Le había parecido sentir una ráfaga de aire fresco. Probablemente, el terremoto había abierto una nueva brecha en la pared del acantilado. Una que les llevase fuera pronto. Empezó a andar y oyó el tintineo de la cadena de Ritter, enganchada al cinturón del espadachín. Sin embargo, tras dos pasos, Denis se detuvo. Afirmó los pies y le hizo un convincente gesto.
-Estoy mejor, gracias. Será mejor que vaya delante, por si hay algún problema.
Ante la atónita mirada de Quina, Denis echó a andar por el desigual corredor de roca viva. Ahora ambos notaban la fresca brisa. Un poco más adelante, la Capitana oyó el romper de las olas.
Denis siguió avanzando, poco a poco, hasta que vio una luz al fondo de la galería. Hizo ademán de echar a andar de nuevo, pero se trastabilló, y cayó de rodillas. Quina echó a correr hasta su altura.
-¡Denis!
Semiinconsciente, el espadachín trató de librarse firme pero cortésmente de su abrazo. No tenía fuerzas, pero debía seguir.
-Ya está bien, amigo. –Susurró más para sí que otra cosa la oficial. –Va siendo hora de que alguien te proteja a ti.
Volviendo a pasar el brazo del herido sobre sus hombros, Quina echó a andar hacia la salida.

El Disco estaba inerte, apagada su luz en el preciso instante que la mano de Nilsson lo tocó. Ritter no podía verla, pero podía oír en su respiración el sublime placer que estaba experimentando.
-Excelente, si sólo uno es así…
Ritter se acercó a la voz. Se estaba empezando a preocupar por la actitud de la Vicealmirante, que ni siquiera parecía haber notado el temblor. De hecho, ahora el Comodoro empezaba a percibir una sorda vibración, proveniente del techo.
Una tremenda lluvia de cascotes, como una inmensa catarata, cayó del techo sobre los dos marines. Ritter trató de echarse al suelo, pero algo lo detuvo a mitad del gesto. Un fogonazo de luz azulada surgió de la Vicealmirante y las rocas salieron proyectadas en todas direcciones. Tras el estruendo, el Comodoro abrió los ojos y se encontró rodeado junto a su superior de una cúpula de chisporroteante energía azulada.
-¿Y esto es…?
-Querido Comodoro Fawkes. –Contestó la mujer con una sonrisa. –Es mi verdadero poder, el poder de una Vicealmirante de la Marina. La energía del espíritu.
La cúpula se apagó, pero un haz de luz diurna se filtraba a través de un agujero en el techo. Nilsson avanzó hasta colocarse debajo, y miró directamente al cielo. Ritter la siguió, sólo para cerciorarse de que no caería nada más sobre su cabeza.
-Todos los seres, vivos o no, tienen un espíritu, la energía que les confiere su identidad, su naturaleza. Sin ella, no existirían, se descompondrían. Pues bien, merced a un entrenamiento exhaustivo y a una gran fuerza de voluntad, soy capaz de controlar esa energía, Comodoro. Y esos Discos son la fuente definitiva de poder.
Ritter miraba a la mujer mientras hablaba. Unas chispas danzaban por todo su cuerpo. Energía espiritual, ese era el poder que según el texto antiguo poseía Kraken, y de hecho, el único poder capaz de retenerlo.
-Ocurre, sin embargo, una cosa. –Continuó Nilsson. –Los seres vivos emiten mucha energía espiritual, y los humanos más que nadie. Además, ésta es inagotable, porque se regenera. Desgraciadamente, sin contar con la voluntad de la persona, no es posible arrancar mucha a la vez, y arrebatar demasiada de golpe puede causar la muerte. Por eso, los Discos me eran indispensables para cumplir con el proyecto del Almirante.
-¿Qué proyecto?
-Un arma humana, capaz de competir con cualquier poseedor de Akuma no mi, capaz de rivalizar… incluso con las armas ancestrales.
Ritter retrocedió un paso, tragando saliva. La energía azulada empezaba a fluir más deprisa por el cuerpo de la mujer.
-Y esa arma sería…
-Yo.

Sólo un peldaño más. Uno. Ya estaba. Max Sawer se derrumbó en el fondo de la escalinata, intentando no sumirse en la inconsciencia. El dolor recorría todo su cuerpo, bajo la forma de aguijonazos que comenzaban en la nuca y bajaban por la espina dorsal, paralizándolo, privándole de la respiración.
El Capitán Sawer había caído rodando por las escaleras al producirse el terremoto, con tan mala fortuna que gran parte de las paredes y el techo le habían acompañado. El resultado fue como caer entre las piedras de un molino. Ahora había llegado al nivel inferior, y los ecos de una lejana conversación entre un hombre y una mujer llegaban a sus oídos.
Avanzó en la dirección que le indicaba el sonido, y acertó a atisbar un resplandor de intensidad confusa. Le ardían los pulmones, probablemente dañados por las costillas rotas. Las piernas no le respondían como era debido, probablemente por la columna dañada. Pero no iba a quedarse ahí, solo. Tenía que encontrarles, tenía que sobrevivir y enmendarse, si eso era posible.
Medio arrastrándose, llegó a una amplia caverna. En su centro, cerca de un colosal agujero, dos figuras parecían discutir. Se acercó, y pudo oír los retazos de la conversación antes de identificar con la vista a los dos.
-…locura!
-¡No sea estúpido Fawkes, esos discos no son la única defensa!
-¡Pero son la más fuerte! ¡Me atrevería a decir que la única efectiva!
-¡Usted no es capaz de sentir la energía del resto, aguantarán!
-¡No se trata de la cantidad! ¡Son defensas distintas, hechas en distintas épocas!
-¡Y qué…
Ambos se callaron de repente cuando vieron entrar en su zona iluminada al demacrado Sawer. Ritter se quedó mirándole con una expresión de dolorosa sorpresa.
-¡Sawer! ¿Dónde está…?
-No lo ha conseguido. –Interrumpió el joven Capitán. –El terremoto…
Un latigazo de dolor surcó el rostro de Ritter. No podía ser. No así. No escuchó siquiera la entrecortada explicación de Sawer, porque había sentido algo.
-No ha sido el terremoto, ¿verdad?
Max se interrumpió. Se puso pálido de inmediato. Miró de reojo a la Vicealmirante, que contemplaba a ambos muy por encima de todo aquello.
-Durante años he llevado una cadena de kairouseki atada al brazo, Capitán Sawer. –Prosiguió el Comodoro, más serio por momentos. –Espero que no crea que puede hacer pasar desapercibido el polvo que rodea la vaina de su estoque. Estoque que ha sido desenvainado, por tanto.
-Nos atacó una estatua.
-Si, claro. Pero ¿para qué espolvorear un arma de kairouseki? –Se giró a la oficial superior. –A menos que su misión no fuera exactamente encontrar esto, sino que permaneciera oculto…
Nilsson no devolvió la mirada a Ritter. En su lugar, se volvió a su subalterno directo.
-¿Es eso cierto, Sawer, ha matado usted a Hidetoshi Urahawa?
Sawer miró a los ojos a la oficial, y no vio sino hielo.
-¡Cumplía órdenes!
-¡Miente!
-¡Cumplía sus órdenes!
-¡Le acuso del asesinato de un oficial de la Marina! ¡La sentencia se ejecutará de inmediato!
Con un movimiento centelleante, la mano de la Vicealmirante Nilsson extrajo su sable de la vaina. En un simple segundo, la mujer apareció, revestida de luz azul, a la espalda del atacado. Casi de inmediato, un tremendo surco se abrió en diagonal en el pecho del oficial, y la sangre bañó el suelo.
-Cum…plia… sus… ór…de…

Nilsson se dio la vuelta, contemplando el cadáver de Sawer.
-Bah, no puedo creer que este estúpido no viera venir esto. Todo lo que le he ordenado hacer, tarde o temprano se aplicaría a él mismo.
Ritter dio un paso adelante, acercándose al cuerpo, y a la mujer, que no había envainado la espada.
-Fawkes, no le mentiré. Este desgraciado sí cumplía órdenes. Usted lo ha dicho, no por nada le considero inteligente. Nada de lo que pase aquí se sabrá jamás. Ni siquiera los botarates que esperan abajo en esos barcos van a salir con vida.
Ritter tuvo una fugaz visión del leal y honesto Urahawa, su expresión seria pero bondadosa, la tristeza en sus ojos cada vez que volvía de los permisos junto a su familia, la llana bondad de sus conversaciones… y lo imaginó muerto, por algo que sin duda no hubiera querido averiguar jamás. Desenvainó su espada de oficial como el rayo.
-Entonces, Vicealmirante, venga a por mí.
-Con sumo gusto. Pero antes…
Elevándose en el aire, arropada por su azul fulgor, la Vicealmirante Nilsson flotó hasta el centro del agujero, y los haces de energía de los demás Discos fluyeron hacia ella.

Más abajo, en las profundidades, Kraken se sintió liberado. Por fin era su momento. Las endebles defensas que restaban no tardarían en caer.

Quina salió al exterior arrastrando a su compañero. Habían llegado a una diminuta repisa. Un suelo de piedra llano, algo inclinado, llegaba al mar. No se atrevió a avanzar, dado que si había un agujero, caería al agua y condenaría a ambos. Alzo la cabeza, viendo que sólo a unos cincuenta metros se encontraba anclada la Mistral. Su salvación. Miró más atentamente, y no le gustó tanto lo que vio.
Luther Fawkes estaba sentado en un barril, en medio de la cubierta, rodeado por dos o tres marines inconscientes, y apagaba en ese mismo instante un ko den-den mushi.
-Ya lo habéis oído, marines. ¿Estáis dispuestos a seguir a las órdenes de esa mujer?
Silencio.

Re: Task Force: Al otro lado del Mar (Capítulo 53)

Publicado: Sab May 03, 2008 1:21 am
por kid
Parece que esto está a punto de acabar, y te ha quedado un capítulo de lujo. ¿El último enemigo (Kraken aparte) es una mujer? Si es que son muy malas, lo he dicho siempre xD. Lo que me pregunto es qué piensa hacer Ritter contra ella estando desarmado, y si al final el bicharraco marino se liberará. No tardes tanto en poner el siguiente.

Re: Task Force: Al otro lado del Mar (Capítulo 53)

Publicado: Lun May 05, 2008 8:47 am
por Polizonte Nack
¿Qué, al final no ha habido narices de que Ritter fuera tan malvado, cabezahueca y trepa como para traicionar a todos y convertirse en el primer protagonista de un relato de aventuras muerto redimiéndose de sus últimos actos? :lol:
En fin, casi que mejor, me caía demasiado bien el inútil de Fawkes como para que le dieras ese final, así que a ver de qué va el plan que, presumiblemente se llev,eto y abuelo para desenmascarar el gobierno. Ahora que no vayan por ahí los tiros y se me trague la tierra...

En cuanto a Urahawa... Mira que estaba claro que siendo tan buenazo no se podía ir por el mundo, pero que muera así y no desfallecido tras gestas heroicas y demás gaitas... Eres cruel, que lo sepas :gota:

Re: Task Force: Al otro lado del Mar (Capítulo 53)

Publicado: Dom May 25, 2008 1:41 pm
por Ghorrhyon
Two to go. Ahí queda eso.
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CAPÍTULO QUINCUAGÉSIMO CUARTO: “La maldición de los Fawkes”

Circunspecto, Ritter Fawkes aguardó con su poco intimidante espada de oficial al ataque de la Vicealmirante. Ésta, sonriente, avanzó en guardia, con lentitud, saboreando el evidente miedo que podía leer en el rostro de su subordinado. En ese instante, atacó, tirando una cuchillada a la altura del pecho. Ritter detuvo el golpe cubriéndose con su arma, aunque tuvo que recurrir a todas sus fuerzas para no verse desarmado por la violenta sacudida. Rehaciéndose, trató de conseguir un golpe afortunado con el que sorprender a Nilsson.
Girando sobre si mismo, el Comodoro lanzó un tajo en abanico a la altura de la cabeza de su adversaria, pero con una agilidad inhumana, ella se situó en su flanco. Como si se tratase de un pistoletazo, disparó su codo contra el costado izquierdo de Ritter, quien se dobló de dolor, siendo arrastrado varios metros por el poderoso impulso del golpe.
-Me temo, Comodoro, que la velada se le va a hacer larga. –Constató la mujer con su asesina sonrisa en la cara. –Larga y poco agradable.
Alzó la mano libre, apuntando con la palma a su víctima. Un pulso de energía brotó de su hombro, descendiendo por el brazo. Cuando la radiante luz azulada alcanzó la mano, se dividió en cinco haces, uno por cada dedo, y al llegar a las puntas, se convirtieron en zarcillos retorcidos que surcaron el aire a la velocidad del rayo, rodeando a Ritter.
Al sentir el contacto de la vibrante energía, el oficial se dobló sobre si mismo, aullando de dolor. Recurriendo a toda su fuerza de voluntad, aferró su espada, negándose a soltarla, mientras trataba de ignorar el dolor, al borde de la inconsciencia. Justo cuando empezaban a distorsionarse su visión, la energía cesó de brotar de la mano de la Vicealmirante.
Ritter cayó de rodillas, sacudido por escalofríos. Nada en su aspecto daba idea de haber sido herido, y de hecho, él mismo no podía explicarlo. Sentía como si una parte de su ser hubiese sido afectada más allá de toda recuperación. Jadeó, tratando de llenar sus pulmones al máximo, como si le faltase el aire después de un largo buceo.
-Ese vacío que siente, Comodoro, -explicó Nilsson, quien parecía comprender su situación –es el daño sufrido por su espíritu, que, sin embargo, se recupera infinitamente más rápido que el daño físico. Aunque, por supuesto, duele infinitamente más.
-No me diga. –Contestó Ritter entre jadeos. –Y yo que he estado a punto de echarme a reír de las cosquillas.
-Así me gusta, marine. –Replicó su superior. –Arrogante hasta el final. No le miento si le digo que va a dejar un cadáver que será el orgullo de nuestra sagrada institución.
Con un chasquido, un nuevo pulso de energía, más intenso pero más corto, envolvió al Comodoro Fawkes, haciéndole volar varios metros. Se rehizo como pudo, llegando a atisbar como Nilsson, envuelta en la luz de su energía, atacaba hacia adelante, como le había visto hacer contra Sawer. Entregándose al instinto, intentó parar el vertiginoso golpe, y lo consiguió a medias. Sintió el dolor de una quemadura en su hombro derecho, y rodó, hacia el lado contrario, consiguiendo evitar los peores efectos del ataque. Nilsson se encaró de nuevo contra él, lanzando un poderoso corte hacia abajo. Ritter se dejó llevar por su impulso anterior, y rodó, esquivando el golpe. Una terrible grieta se abrió en el suelo, dando a entender al marine el precio de cualquier paso en falso.
Sin darle tiempo a respirar, la Vicealmirante se abalanzó sobre él, descargando furiosos golpes con el sable. Ritter trató de detenerlos, pero cada vez que sus armas chocaban, un resplandor azul brotaba de la de Nilsson, sacudiendo con fuerza cuerpo y espíritu del Comodoro. Apretando los dientes, éste se recompuso y lanzó un desesperado contraataque de punta, para descubrir que su objetivo no estaba ahí. Con el rabillo del ojo, vislumbró ala peligrosa mujer a su espalda, con la mano levantada. Nilsson avanzó, y agarró a Ritter por la nuca.
La descarga fue terrorífica, devastadora. Ritter pensó que iba a morir en ese preciso instante, que su espíritu le abandonaría. La mujer, levitando unos centímetros sobre el suelo, mantenía su presa, intensificando la energía que recorría el cuerpo del desdichado marina. Sin embargo, éste no cejó. Seguía sujetando la espada, como si fuera su pararrayos, y empuñándola hacia atrás, buscó el cuerpo de Nilsson.
Con la misma mueca sarcástica, la marine lo soltó, librándose de su ataque. Ritter cayó de bruces, y quiso incorporarse, de rodillas en el suelo. La Vicealmirante se acercó de nuevo a él, con la brillante energía azul rodeando su puño cerrado. Parecía haber olvidado que poseía una espada.
-Creo que será mejor concederle un final a la luz del sol, Comodoro.
Con la voz retumbando en algún lugar de su cabeza, Ritter sintió otro impulso de energía. Sin embargo, no iba acompañado de un dolor tan intenso, sino que se sintió elevar en el aire.
Nilsson alzó la mano, y con ese gesto, Ritter salió despedido hacia arriba a gran velocidad. Atravesó con un estruendo el rocoso techo de la caverna, pero eso no lo detuvo. Alternando los sucesivos tramos de túneles huecos con los contundentes techos de piedra, siguió su brutal castigo hasta que atravesando la última barrera se dejó envolver por el calor y la luz del exterior.

-¡Luther! ¿Qué demonios está pasando?
Por toda respuesta, el anciano se levantó de su barril, y empujó una pasarela al agua. El madero quedó apoyado en el fondo, sólo a unos centímetros de la superficie.
-Sube, no hay pozas, lo he comprobado. Es como un puerto natural.
Quina miró al agua recelosa, pero sacudió la cabeza, desechando sus temores. Se sentía débil por haber tenido puesta la cadena, pero el agua por los tobillos no le causaría peor efecto… esperaba. Miró a Denis interrogativamente, y éste negó con expresión cansada. El Comandante se separó de ella, y se sentó contra la pared del acantilado, apoyado en Fernoir.
-Adelante, os espero aquí.
Quina avanzó a través de la lisa roca que formaba la plataforma bajo el agua. Sentía escalofríos que no eran debidos a la temperatura, si no a la desagradable sensación que el agua del mar le producía. Llegó a la pasarela, comprobando que más allá de donde estaba apoyada surgía una profunda sima. “Es natural, estamos al lado de la Fosa de Kraken”. Ascendió por el tablón, intentando no pensar en las consecuencias de un resbalón inoportuno.
-Bienvenida a bordo, querida. –Saludó el anciano, circunspecto. –Disculpa que no te preste la atención debida, pero éstos aún están deliberando, y no quisiera que se me descontrolasen.
Luther apuntaba a la tripulación de la Mistral con su bastón, y parecía que los marines ya habían comprobado los efectos del arma. Parecían nerviosos e indecisos, y Quina no dejaba de preguntarse qué era lo que habían oído antes de que Luther guardase su interfono.
-Señor Fawkes, ¿le importaría…?
-Oh, por supuesto. –Luther avanzó unos pasos, sin dejar de vigilar, y señaló al barril. –Toma asiento querida, hay bastante que contar.
-Estoy ansiosa. –Contestó la Capitana.
-Lo supongo. El hecho es que aquí me encuentro, formando parte de una conspiración que sólo dos personas conocemos. Mi nieto, el cual me ha sorprendido por su inteligencia, sólo ha confiado en mí, lo cual me hace dudar de su buen juicio.
Quina lo miró, algo extrañada por el curioso agotamiento que destilaban sus palabras.
-Quizá recuerdes, querida, nuestra conversación en Momokaido.
-La recuerdo. Después de contarme su historia, y el hecho de que Ritter seguía resentido con la Marina, me explicó…
-…mis propios motivos. Sí. Debo acabar con esa maldición, Quina, con el destino funesto que nos acecha a los Fawkes. Debo estar al lado de mi nieto en su hora más oscura.
Luther se levantó, y tomó aire. Se acercó a los marines, quienes, al verle más próximo, callaron en su discusión y centraron su atención en él.
-Ritter siempre sospechó de las intenciones de Akainu. Por eso, en un determinado momento, pidió ayuda al único que sabía que no tenía motivos para escoger entre el Almirante y él. Sabía que yo no le traicionaría, ni siquiera por motivos no relacionados con la disciplina militar. Se guardó el emisor del ko den-den mushi, y me dio el receptor a mí, explicándome cómo y cuándo tenía que venir aquí, a la Mistral. E, inexplicablemente, intuyó que uno o dos de vuestros acompañantes morirían… y se aseguró de que tú no fueras.
-La cadena. –Afirmó Quina, cerrando los ojos. –No me ha dejado entrar en la Fosa.
-En efecto. Le costó mucho dejar fuera de su protección a Courtoise y Urahawa, pero no podía hacer nada por ellos sin levantar sospechas. Esperaba, deseaba, que Sawer fuera una de las víctimas, o la única, si conseguía hacer que en algún momento se separasen, y que ninguno de los oficiales del Implacable llegase a conocer jamás la verdadera misión de Nilsson.
-Pero habla como si no hubiera sido así.
-Así es. –Luther alzó un poco la voz, asegurándose que llegase al pie del acantilado. –Sawer ha matado a Urahawa, a requerimiento de la Vicealmirante, y luego ésta ha acabado con él.
Una punzada de dolor atravesó a Quina y Denis. Ambos empezaron a verse invadidos por los recuerdos del fiel Teniente Urahawa. Las lágrimas empezaron a surgir de sus ojos.
-Ritter se está enfrentando ahora a Nilsson, tratando de impedir que utilice el poder que mantiene retenido al monstruo para usarlo contra los enemigos del Gobierno. No creo que haga falta decir que, si ese poder no se emplea para lo que ha sido concebido…
-…Kraken se liberará.
-En efecto. Y mucho me temo que Nilsson ya lo ha absorbido, por lo que la única salida, probablemente, sea derrotarla.
-Un momento. –Quina saltó de su asiento, alarmada. -¿Está diciendo que Ritter, solo, sin ayuda, se está enfrentando a esa mujer… sin armas, con su falta de habilidad en la lucha, sin siquiera su cadena?
-No. Al fin y al cabo, como te dije en Momokaido, le dejé sobre su mesa un arma bastante útil.

Nilsson cayó de espaldas, sangrando por la boca, arropada por el viento de la cima del acantilado, por el grito de dolor de Ritter, y por débiles jirones de humo que partían de su estómago. Ritter, cubierto de magulladuras y polvo, hincó una rodilla en el suelo, agarrándose el hombro dislocado, mientras se esforzaba por no soltar la vibrante concha espiral que le había dado su abuelo. Jadeó, respiró hondo, y embistió el suelo con el hombro, colocándoselo con un débil crujido. Al levantarse, reparó en que la Vicealmirante se levantaba, dolorida, pero razonablemente sana. Avanzaba hacia él con determinación. Había soltado su espada, como él, y el resplandor azulado brillaba poderosamente en sus manos desnudas.
-¡Se acabaron las tonterías, Fawkes! –Amenazó la mujer. -¡Sus trucos ya no sirven contra mí!
Golpeó con su puño el rostro del hombre, lanzándolo atrás un par de metros. De un salto, llegó hasta su lado y, arrodillándose, lo golpeó otras dos veces en el estómago. Una sacudida brutal recorría el cuerpo del Comodoro con cada impacto. No eran como antes. Esta vez, Nilsson quería causar dolor físico, duradero. Al acabar, la mujer cogió al Comodoro de la garganta y lo levantó en el aire, mostrando más fuerza de la que cabía esperar. El den-den mushi, hecho trizas, cayó al suelo. Nilsson lo miró, y comprendiendo, sonrió.
-Aún está a tiempo, Vicealmirante Nilsson. –Musitó entre dientes Ritter. –Puede devolver la energía a los Discos, y aquí no ha pasado nada.
Nilsson rió de buena gana. Resultaba curioso, a ojos de Ritter, que semejante mujer tuviera una risa tan clara, tan agradable. Que toda ella fuera tan hermosa.
-Es usted un verdadero espectáculo, Ritter Fawkes. Su voluntad no conoce límites, por lo que veo. Ha sido un verdadero honor derrotarle. Se merece una ejecución digna.
Soltó a Ritter, y con un gesto, lo empujó por el aire hasta el borde mismo del acantilado. El viento agitó el estropeado uniforme del Comodoro.
-Pelotón, apunten.
Nilsson sacó una pistola de oficial. Sin inmutarse, Ritter se cuadró, incapaz de hacer nada más, apresado por la fuerza espiritual de su enemiga. La mujer apuntó, sin apresurarse.
-Fuego.
La bala partió, y llegó, entrando en medio de la cabeza del marine. Una diminuta hoja de árbol, traída por el viento de no se sabía donde, rodeó la inmóvil figura un instante, antes de elevarse. Sin hacer ruido, Ritter cayó hacia atrás, y se precipitó por el acantilado…
…hasta la cubierta de la Mistral.

Re: Task Force: Al otro lado del Mar (Capítulo 54)

Publicado: Dom May 25, 2008 3:55 pm
por kid
:shock: ¿Has hecho lo que creo que acabas de hacer? Mientras leía iba pensando en cómo carajo pensaba Ritter que iba a ser capaz de vencerla, y en si tenías pensado para él un plan genial para derrotar a su enemiga, pero ya veo que no xD. Ha querido hacerse el héroe y lo ha conseguido, pero no con el resultado deseado. De verdad que no me lo esperaba, y me parece un buen punto a dos capítulos del final. Espero que lo siguiente sea un Todos Vs. Nilsson, ¿o quizá una pelea de gatas? :neko:

En definitiva: me has sorprendido, sigue así :wink: :wink: :wink:

Re: Task Force: Al otro lado del Mar (Capítulo 54)

Publicado: Sab May 31, 2008 12:26 pm
por Ghorrhyon
One to go.
Spoiler: Mostrar
CAPÍTULO QUINCUAGÉSIMO QUINTO: “Al otro lado del mar”

Era casi el momento, después de la larga espera... Kraken estaba impaciente, pero no debía precipitarse. Unos minutos, media hora a lo sumo, y estaría libre, libre para llevar la ruina al mundo de la superficie. Mientras pugnaba con las arcanas energías de los sellos menores, pudo sentir como el enemigo de su libertadora caía, y cómo ésta bajaba a verlo de cerca. A ella la mataría la primera, rápidamente, para agradecerle sus esfuerzos. Probablemente también devoraría su alma, para que pasase a formar parte de él, del vencedor...

-¿Podemos hablar, hijo?
-Claro, abuelo, siempre que no me vengas a dar la paliza con tus inquietudes...
-Sí y no.
Luther mostró un pequeño saco de esparto a su nieto, dejándolo sobre el escritorio.
-¿Qué es eso?
-Esto, Ritter, es el secreto mejor guardado del Jardín del Diablo. Durante largo tiempo recorrí aquel bosque buscando de todo: el nido de Quetzalcoatl, vuestras ruinas... pero lo que encontré la primera vez que me adentré profundamente, fue su corazón.
El anciano abrió el saco, mostrando su contenido.
-El Corazón del Bosque. Tendrías que haberlo visto. La vegetación crecía a su alrededor como una cámara acorazada. Todo el bosque lo protegía con todas sus fuerzas. Si no hubiera tenido ya por aquél entonces mi bastón, no sé que hubiera sido de mí.
-Estás insinuando que lo utilice.
-Te estoy pidiendo que lo hagas.
-Abuelo, no se si te has dado cuenta de una cosa: ¡soy marino! ¡Necesito el mar! Sentir las corrientes, la sal en el viento, no quiero perder todo eso.
-No lo perderás, sé bien que eso no ocurrirá.
-No, no lo sabes. No puedes saberlo. No lo usaré, y no hay más que hablar.
Luther enmudeció, desalentado. La mirada de Ritter no dejaba lugar a réplica. Abandonó el despacho dando un portazo.
-¡Yo sólo procuro proteger el futuro de la familia, niñato desagradecido!
Al salir, casi atropelló a Sonja y Denis.

Quina entró a los barracones, dispuesta a hacer su equipaje. En toda la base de Momokaido se respiraba la alegría por Hidetoshi Urahawa. Ritter ya había oído la buena noticia, y se dijo que además debía ir a echar un vistazo al “prodigio” que había realizado Denis. Pero ahora tenía otra cosa en mente.
-Abuelo.
-Has regresado, mira que bien. –El viejo guardabosques parecía aún molesto. -¿Ya nos podemos ir?
-Sí, pero te necesitaré.
-¿Qué quieres decir?
-He averiguado cosas. Cosas que te voy a contar y sólo tú debes saber. Creo que vamos a tener que planear algo, y quiero dejar a Quina al margen.
Luther observó la expresión de su rostro al pronunciar el nombre de la Capitana. Sonrió, y asintió.

Evitando cruzarse con Denis, que iba a entrar en el cuarto de oficiales, Ritter llegó al camarote de su abuelo.
-¿Ya? ¿Qué tal?
-Horrible.
-¿Sí? No tenía ni idea.
-Tenías razón, el viento no me evita. Pero supongo que si me caigo por la borda...
-Antes también, con esa cadena atada al brazo... ¿No te molesta?
-Me acostumbraré... todo lo que pueda. –Ritter le tendió un ko den-den mushi. –Toma esto, ahora te diré lo que quiero que hagas con ello. Pero te quería pedir otra cosa... ¿Tienes más de esos... como se llamen, exactamente como el que tienes en la punta del bastón?

... Sawer y Nilsson, en cabeza, parecían ansiosos, mientras que el Comodoro Fawkes tenía aspecto fatigado mientras subía la escalinata. Quizá aún le molestaba la herida del costado, o quizá había dormido mal, nervioso por los acontecimientos que lo esperaban...

... -Fawkes, me sorprende, le hacía a usted más atlético.
-Disculpe, señora, -contestó el Comodoro- pero no estoy al cien por cien. Debe ser algo que he comido...

...-¡¿Tu obligación?! –Gritó Quina con todas las fuerzas que le quedaban, tumbada en el suelo. -¡¿Y qué hay de tu deber?! ¡Deber, Ritter!
El Comodoro Fawkes caminaba despacio, sintiéndose extrañamente liberado en cuerpo y alma, tras su superior...

...-Por cierto, -inquirió Kleb- ¿ha bajado el viejo Luther con ellos?
-No, ¿por qué?
-Porque no está en su camarote, ni le veo por cubierta...

...Luther Fawkes estaba sentado en un barril, en medio de la cubierta, rodeado por dos o tres marines inconscientes, y apagaba en ese mismo instante un ko den-den mushi.
-Ya lo habéis oído, marines. ¿Estáis dispuestos a seguir a las órdenes de esa mujer?...

...La bala partió, y llegó, entrando en medio de la cabeza del marine. Una diminuta hoja de árbol, traída por el viento de no se sabía donde, rodeó la inmóvil figura un instante, antes de elevarse. Sin hacer ruido, Ritter cayó hacia atrás, y se precipitó por el acantilado…


Bertha Nilsson se encontraba en la cubierta de la Mistral, de pie, en medio de un círculo horrorizado de gente que miraba, como ella, al inerte Comodoro Fawkes. Nadie pronunciaba palabra. Entonces vio abrirse los ojos de Fawkes.
-Buenos días, Vicealmirante.
Un tremendo remolino recorrió el barco, derribando a los marines y alzando en vilo a la mujer, envuelta en un torbellino de hojas verdes.
-¡Radice flail!
Entre el torbellino surgió una flexible raíz leñosa que azotó a la Vicealmirante Nilsson. Una segunda se enrolló en su pierna, y tirando de ella, la lanzó contra el mástil más cercano. Nilsson rebotó y cayó sobre la cubierta, dolorida. Se incorporó rápidamente, observando a Ritter Fawkes de pie, totalmente intacto.
-Me toca el turno de réplica, “señora”. Le mostraré el poder de la Mori-mori no mi.
Sin responder, Nilsson lanzó su ataque a distancia. El rayo luminoso golpeó a Ritter, quien se resintió un poco, pero volvió a descomponerse en multitud de hojas diminutas de árbol, para reaparecer en otro lugar.
Quina y Luther observaban, la una boquiabierta, y el otro sonriente. Ella miró al anciano, pidiendo explicaciones.
-¿Sigues creyendo que está indefenso?
-¡Foglie Storm!
Una tromba de hojas pequeñas, dentadas y coriáceas, arrolló a la Vicealmirante, quien apenas tuvo fuerzas para salir de ella. Arrebató una espada a un marine y cargó contra su adversario. Lanzó una estocada envuelta en luz azul, pero Ritter volvió a desaparecer ante sus ojos.
-Spiking cespuglio.
Nilsson sintió el dolor más agudo de su vida, cuando unas aceradas ramas leñosas atravesaron su costado. Revolviéndose, logró agarrar el brazo de Ritter y soltó una sacudida de mayor intensidad que las anteriores. Ritter voló por los aires, gritando de dolor.
-No creas que va a serte tan fácil, desgraciado...
Varios rayos azules más alcanzaron a Ritter. Su habilidad logia no podía hacer frente a esa energía. Necesitaba más potencia... más vitalidad.
Una luz intensa, brillante y cálida lo envolvió. Se sentía envuelto por la amorosa luz del sol. Y había amor, ciertamente. Abrió los ojos, y la vio. Quina le apuntaba con su luz, incrementando la fuerza de su poder vegetal...
Esquivó un nuevo rayo de energía, y se afirmó.
-¡Walking foresta!
De toda la cubierta de la Mistral surgieron troncos de árboles, esbeltos pero macizos. Se agitaban con brío, como con voluntad propia, y rodearon a la Vicealmirante. La golpearon con sus ramas desde todas las direcciones, vapuleándola sin compasión. La mujer eludió su cerco, y saltó espada en mano, contra Quina.
-¡Tendremos que encontrar otro intérprete!
Quina, paralizada, trató de esquivar el golpe, pero no le iba a ser posible...
-¡Legno shield!
Una abultada mano de madera se interpuso en su ataque. Reaccionando, Nilsson lanzó una nueva descarga contra Fawkes, y envió a Quina lejos de un seco chispazo. Ritter aprovechó ese segundo para reclamar a sus criaturas, que fueron reabsorbidas por la tablazón de la fragata.
Ambos contendientes se tomaron un respiro, ahora rendidos al profundo desprecio que sentían uno por otro.
-No sé si creerá que tiene posibilidades, señor Fawkes.
-Soy un hombre de fe. Pero también de ciencia, y sé que las tengo.
-¿Ah, sí?
-Sé evaluar a mis enemigos. Y ahora usted no sabe qué hacer conmigo, ¿me equivoco? Está perdida, Nilsson. Va a morir sin cumplir sus ambiciones, sola, con el desprecio de aquellos que antes la temían.
Bertha Nilsson se estremeció. No iba a fracasar, no en este momento... Cargó, envuelta en una potente llamarada azul.
Ritter se quedó quieto, concentrándose en la odiada silueta de la Vicealmirante. Pensó en Quina, su vida convertida en una mentira perpetua, en Sawer, haciendo el trabajo sucio, tirado como una colilla cuando dejó de ser útil, en Urahawa, sacrificado sin miramientos por una absurda precaución...
-¡Ten...thousand...spine!
Ritter salió al encuentro de la mujer, convertido en una nube de enormes y afiladas espinas de cactos. Los proyectiles atravesaron a la Vicealmirante, desgarrando ropa y carne, derramando sangre, entrando por boca y ojos...

El destrozado cuerpo de Bertha Nilsson dio dos pasos, y se derrumbó. Todos, incluido Ritter, se quedaron mirando el cadáver, que seguía envuelto en el resplandor azul.
Ritter levantó la cabeza, aturdido. Se encontraba cerca de la borda de babor, la más cercana al acantilado. Instintivamente, miró a la pasarela por la que había subido Quina.
Denis Courtoise se encontraba al pie, mirándolo con expresión severa.
-Denis...
-¿Qué has... hecho? –La voz de Denis sonaba entrecortada, acusadora. -¿Has asesinado a una oficial superior?
El espadachín ascendió trabajosamente por la pasarela, apoyado en su fiel espada. Llegó a cubierta, y cruzó su mirada con la de su amigo. Ritter tembló. Conforme al reglamento de la Marina, eso era lo que acababa de hacer.
-Pero ella misma había confesado sus crímenes, Denis. –Ahora era Quina la que intervenía. –Todos esos hombres son testigos.
-Da igual. –Denis empuñó con fuerza a Fernoir, crispado, pero débil. Se debatía en un mar de dudas. –Las ordenanzas estipulaban su captura y posterior consejo de guerra.
-¿Es que no lo entiendes? –Insistió la Capitana. -¡Akainu era su protector! ¡Habría salido libre!
-La justicia no lo habría permitido.
Quina intentó responder de nuevo, pero Ritter la cogió por el brazo.
-Te he exigido demasiado, amigo. –Se dirigió al espadachín. –He llevado al límite tu sentido del deber, y lo he defraudado actuando por mi cuenta. Lo siento, pero el sentido de justicia en el que siempre has creído me condenó, desde muy niño, a sufrir.
Denis se quedó quieto y callado, mirando al mejor amigo que había tenido jamás.
-Me aseguraré de que conozcan la verdad. Sabe que pueden fiarse de mi palabra...
De repente, el resplandor que rodeaba a Nilsson se incrementó. La energía de los Discos fluctuó, se separó de ella, y con un fulgor cegador, atravesó la pared del acantilado, justo en la base donde la tocaba el mar. El agua empezó a bullir como hirviendo, y un resplandor fantasmal empezó a surgir de las múltiples grietas que surcaban la rojiza roca. Un grito bestial de angustia, de frustración más allá de cualquier consuelo, retumbó en las mentes de todos. Luego, todo quedó en silencio. Pasaron unos minutos, y un estremecedor retumbo recorrió toda la pared. Su estructura empezó a resquebrajarse, y las rocas se hundieron sobre sí mismas, acumulándose sobre la base. Los ocupantes de la Mistral se cubrieron instintivamente, lanzándose al suelo, mientras el acantilado se colapsaba sobre la Fosa de Kraken.
Una nube de polvo flotaba por doquier. Comprobando que todos se encontraban bien, Ritter se levantó, mirando a Denis.
-Ahí va mi única prueba para obtener justicia, Denis. Ni tu testimonio, ni el de ellos –señaló a los tripulantes de la Mistral –servirá de nada.
El espadachín miró a lo lejos, evitando conscientemente el dolor de cruzar sus ojos con los de su amigo.
-Te vas. Como un vulgar rebelde, abandonas tu puesto para luchar contra lo que está establecido.
-Si he de ser un rebelde, lo seré, Denis.
-Y yo tendré que perseguirte.
-No esperaría menos de ti. Por favor, quédate con mi cadena y...
-...Buscaré a Urahawa entre los escombros.
-Gracias, lo haría yo, sería fácil...
-Descuida. No malgastes tu ventaja. Cuando esté recuperado, iré a por ti.
-Suerte, Denis Courtoise. Haré señales de tu posición.
-Nos volveremos a encontrar, Ritter Fawkes. Uno a cada lado del mar.
-No lo pongo en duda, Capitán Courtoise. Cuida del Implacable.
Denis sonrió con tristeza. En esa situación, era más que probable que fuese ascendido al mando de su barco. Saltó a la plataforma de roca bajo la superficie. Algunos escombros habían llegado a ella, provenientes de la pared en la cual se había encontrado la desaparecida cueva de la que había salido con Quina. Se volvió, contemplando como los marines de la Mistral se arrancaban las insignias y se ponían a las órdenes de su nuevo líder. El mejor líder que tendrían jamás. Contempló su brazo mutilado, con la cadena de kairouseki envolviéndolo.
-He de verte con ésta puesta de nuevo... al cuello.

Transcurrió el tiempo. La recompensa por Ritter Fawkes, el rebelde, se estableció en noventa y ocho millones, más setenta por Joaquina Guimaraes. Denis Courtoise había alcanzado la capitanía del Implacable, y se le había asignado, a petición propia, la captura de los rebeldes de la Mistral.
Sonja lloró durante días cuando Denis les contó la historia a Kleb y a ella. Por Urahawa, por Sawer, y por el penoso deber que suponía la huida de su anterior Capitán. Durante un tiempo, el Implacable fue como un barco fantasma, y los desafortunados piratas que se cruzaban en su camino temían la terrible cólera del Capitán “Mano de espada” Courtoise.

Sentado en la borda de la Mistral, Luther Fawkes contemplaba el mar. A proa, arropados por la luz de la luna, Quina y Ritter planeaban, abrazados, los futuros movimientos de su vida.
Pensó en Elmer, en su hijo perdido, y en la promesa hecha a su nuera. Pensó que esto sólo era el principio. Pero también pensó que para Ritter Fawkes, la hora más oscura había pasado.
Go.

Bueno, la odisea ha concluido. Debo mostrarme totalmente rendido ante vuestra paciencia y solidaridad, sobre todo en estos difíciles últimos tiempos, cuando el simple hecho de ponerle fin a la mayor aventura de mi vida (literaria, claro) se me hacía cuesta arriba y en tercera. Vuestro apoyo, vuestros comentarios, han sido lo mejor, lo que me ha mantenido obligado a corresponderos, y lo que ha impedido que el miedo al este final paralizase esto para siempre.
Gracias, gracias a todos, los que habéis comentado y los que no. Gracias a dos señoritas excepcionales, también: a Alhandra por ponerles rostro y actitudes a estas insensatas creaciones mías, y a Samba, porque aunque solo pregunté un par de cosas, obtuve respuesta inmediata. Y a aquellos a los que el resultado no complazca, mis disculpas, pero así es como queda, grabado a fuego en mi cerebro, y no admite otro final.

Por cierto, menos mal que ya acabo, porque con la que se está liando en One Piece, vaya usted a saber cómo podía yo encajar mi trama con el pifostio...

Re: Task Force: Al otro lado del Mar (Capítulo 55 - Final)

Publicado: Sab May 31, 2008 5:16 pm
por kid
Ya sabía yo que estabas hecho un mariquita y no te cargarías a Ritter :lol:

Su poder es muy original y sorprendente, pero no acaba de gustarme que haya tenido que comerse una frutilla para vencer, porque lo que hacía grande a Ritter era precisamente su carencia de fuerza. Lo que sí me mola es el cambio que has dado al final, haciendo que él y Quina se conviertan en rebeldes tras ver cómo es la Marina en realidad, y la confirmación de lo capullo que es Denis al poner el deber por encima de la amistad. Si alguna vez te apetece hacer una segunda parte, espero que Ritter lo mate xD.

Felicidades por llegar al final tras tanto tiempo, sé mejor que nadie que no es algo sencillo, así que te mereces una recompensa:
Spoiler: Mostrar
Me has sorprendido, sigue así :wink: :wink: :wink: (siento repetirme, pero es demasiado mítico xD).
Ahora descansa y, cuando tengas ganas, sigue escribiendo, porque aquí tienes un lector asegurado :neko:

Re: Task Force: Al otro lado del Mar (Capítulo 55 - Final)

Publicado: Sab May 31, 2008 7:21 pm
por Geralt
Y llegamos al tan esperado final.

Sinceramente no me esperaba algo así. Aunque estaba cantado y, por mucho que te pique kid, no podías matar a Ritter. Un personaje tan molón no puede morir (Molón en el sentido bueno) Lo único que no me ha gustado ha sido el comportamiento de Dennis ¿Como haces así a mi personaje favorito? El verdadero camino del coolness es mantenerse fiel a los amigos (no como el Sasuke de mierda ese) cuando son los que han obrado bien. El poder de Ritter esta chulo y me ha gustado. Realmente era poco probable y creíble que Ritter solico se cargara a la tipa sin ningún tipo de power up. Y esta tenía que ser la pelea de Ritter.
En fin, como bien dices después de lo que esta pasando en OP mejor terminar, que están muy revueltas las cosas. Ahora a descansar y, con tranquilidad, le das un empujón a las historias piratas, que hay ganas de saber que hace Maese Geralt.

Saludos :wave: