Mira, mejor, así escribo menos XD
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- CAPÍTULO CUADRAGÉSIMO QUINTO: “Fernoir”
El ruido incesante del martillo era todo lo que llenaba la pequeña habitación. Tampoco había mucha luz, salvo la del fuego encendido. Denis enfrió la hoja y la levantó, mirándola con ojo crítico. Era la segunda, y algo le decía que aún se encontraba muy lejos. La desechó, y cogió otro lingote de acero del almacén. Avivó el fuego, y las chispas rebotaron contra su sudoroso torso desnudo.
Empezó a golpear de nuevo, y el constante estruendo de cada martillazo le impidió oír la puerta. Cuando levantó la vista, tenía delante a Ritter.
-No me digas...
-No, sólo venía a avisarte. Estás al mando, nos vamos en misión.
-De acuerdo.
Ritter se quedó mirando las espadas desechadas. Al lado del cajón, sobre una silla baja, estaba la anterior espada de Denis. Se la señaló.
-Si consigo lo que busco, -contestó el espadachín- la reforjaré. Quizá me dé para un puñal, o una espada corta.
Ritter se volvió, sonriente, al Comandante Courtoise.
-En ese caso, aceleremos el proceso.
El Comodoro Fawkes sacó algo de su bolsillo y se lo ofreció a su amigo, con la mano extendida. Denis miró lo que le ofrecía, para descubrir que se trataba de un eslabón. Un eslabón de su cadena.
-Creo que esto ayudará, sí.
Ritter se encaminó a la puerta, deteniéndose un momento antes.
-De todos modos, ¿no crees que tienes ahorrado suficiente para comprarte una Oo Wazamono?
-No seas ridículo, Ritter. –Contestó el espadachín. –Mi técnica requiere de otra clase de espada ¿de verdad usarías una delicada Wazamono para hacer el Saint Georges?
Un escalofrío recorrió al Comodoro pensando en una espada de más de un millón levantando chispas por el suelo de piedra.
El camarote estaba sumido en la total oscuridad. Su ocupante no quería que nada se viese, ni se escuchase. Miraba totalmente extasiado al Den-Den Mushi sobre su mesa.
-Código 326 reportando, Vicealmirante.
-Código 326 aprobado, enhorabuena por el resultado de la misión, Capitán.
-Sólo cumplía con mi obligación. ¿La entrega resultó satisfactoria?
-El Almirante Akainu está encantado. Snaff ha demostrado saber más de lo conveniente, pero también ha revelado que sus hombres no sabían el motivo exacto de su búsqueda, salvo uno de sus primeros oficiales.
-La mayoría murieron. Los que defendían el barco fueron todos aniquilados por la tripulación de Fawkes.
-Lo sé. La gente del Implacable se ha portado convenientemente. Pero lo que me preocupa es el último oficial rebelde.
-No hay motivo para preocuparse. Una orden, y estará todo hecho.
-Así es. Cuento con ello. Averigüe cuánto sabe, si lo ha transmitido a alguien, y procure que no pueda hacerlo jamás. Snaff será convenientemente silenciado del modo habitual, pero eso ya es competencia del Almirante, sin problemas.
-Quedo como siempre a sus órdenes, Vicealmirante.
-Cuento con usted, Sawer. Y permítame recordarle que nadie más que los indispensables debe conocer el propósito de esta búsqueda. No quisiéramos tener que recurrir a una chapucera Buster Call, como ese patán de Aokiji y sus CP9.
El pequeño valle de Takindara se encontraba tras la primera línea de colinas, envuelto por las ramificaciones de los bosques adehesados que crecían en la región. Aquí y allá se veían rebaños de ganado pastando y forrajeando apaciblemente. En algún lugar entre aquellas extensiones de árboles se encontraría el siguiente paso de su misión, pero Ritter y Quina se detuvieron en la cresta del verde montículo al que acababan de subir, contemplando la pacífica vista.
-En lugares así –empezó de súbito Ritter- dejas de preguntarte por qué luchas.
Quina lo miró, entre curiosa y escéptica.
-No pensé que eso saldría de la boca de un Fawkes.
Ritter se volvió a ella, algo sobresaltado, como si hubiera sido descubierto durante un timo. Quina notó que había dado en el clavo, y prefirió callar.
-Creo que cierto viejo se ha ido de la lengua. –Sentenció el Comodoro. –Voy a tener que hablar seriamente con él.
-No, no puedes reprochárselo, Ritter. –Contestó la oficial. –Todo lo que hace en su vida se encamina exclusivamente a protegerte.
Descendieron despacio la cuesta. Eran las primeras horas de la tarde, y aunque el sol brillaba con fuerza, una suave brisa contrarrestaba su fuerza.
-¿Qué te ha contado? –Volvió a comenzar Ritter, resignado. –Espero que nada que pueda pesarme.
-Todo. –Contestó Quina. –Pero no hay nada de lo que arrepentirse. La nuestra es una organización demasiado grande como para generalizar. Hay gente honorable y valiente, como Denis, gente individualista y testaruda, como el Comodoro Smoker, y gente vil y traicionera como Nezumi, el asqueroso Capitán corrupto que capturaron hace un tiempo.
-Ninguno de ellos me importa lo más mínimo, salvo por el hecho de que veo a Denis antes como un amigo que como un soldado. –Ritter se detuvo desganado y se dejó envolver por la brisa, descifrando sus cualidades. –Sé que alguien como Denis hubiera salvado a mi pueblo. Pero desgraciadamente, a veces pienso que los Capitanes Nezumi son mayoría.
-Yo también conozco a unos cuantos. –Concedió Quina. –Pero te puedo asegurar que la mayoría de los marines que conozco se parecen más a Urahawa, por ejemplo.
-No, Quina. -Ritter se volvió a ella, con el rostro ensombrecido de repente. –Eso no me consuela. A veces me siento tremendamente solo. A veces, sentado en mi camarote, pienso en ellos: Denis, incapaz de reconocer otros valores que los suyos, demasiado cuadriculado para su propio bien, Urahawa, un soldado perfecto, tan perfecto que ni siquiera cuestionaría la orden de matar a sus amigos, Kleb, un indolente sin voluntad más allá de la siguiente batalla, con la vida resuelta demasiado pronto, y Sonja, una criatura frívola, que no se toma en serio ni siquiera lo que es “un sagrado deber”, como dice nuestro juramento. Cuando estoy allí sentado, incluso ellos, por los que daría gustoso la vida, dejan de ser mis amigos.
Quina se quedó petrificada al oír a Ritter Fawkes describir de tal manera a sus amigos y subordinados.
-Y luego estoy yo, que tras años y años en esta “sagrada” institución, no soy capaz de perdonar, y cuanto más avanzo en sus entresijos, más me doy cuenta de que siempre odiaré a la Marina, por lo que hicieron, o lo que dejaron de hacer. Lo que, si analizas mi comportamiento, me convierte en un hipócrita rencoroso, con el corazón podrido.
Mientras Quina se quedaba quieta, en lo alto de la cuesta, preguntándose cómo la vería a ella, la brisa cambió, y Ritter se volvió con total precisión en la dirección contraria para que el viento secase sus lágrimas.
Fuera, el alboroto organizado por Sonja en su definitiva celebración no permitía a los dos oficiales hablar con un tono sosegado. Kleb se daba cuenta de que alzar la voz aún le costaba a su amigo, pero Urahawa ya no podía callarse.
-Fue liberador, Kleb. Durante diez años fui incapaz de acordarme del rostro de mi padre.
El carpintero asintió, pasándole a su interlocutor la jarra de ron rebajado.
-Entonces, ¿crees que la... eso, lo que fuera que te dominaba, ha desaparecido?
Urahawa negó con la cabeza mientras daba un trago.
-Al contrario. Creo que seguirá ahí para siempre, y que siempre ha formado parte de mí. Es una porción de mi alma, y no puedo renunciar a ella. Pero, creo... no, sé que ahora podré controlarla. Sé que mi padre me perdonó, y quizá yo...
-Solo necesitabas perdonarte a ti mismo.
Urahawa miró al barbudo Oficial Técnico, asintiendo despacio. Era justo lo que sentía. Perdón. Redención.
La puerta de la enfermería se abrió de par en par, y Sonja entró medio a trompicones. Se notaban en su rostro los efectos del alcohol, pero su mirada parecía bastante firme aún, y había un brillo de excitación en ella.
-¡Denis ha salido!
Denis Courtoise salió de la herrería despacio, algo mareado por la temperatura. Aún seguía sin vestir de cintura para arriba, pero no parecía notar el fresco relente del atardecer. Lucía una fatigada sonrisa de satisfacción, pero no empuñaba ningún arma. Llevaba dos espadas, una corta y otra larga, colgando de sus vainas a ambos costados. Con su aguda vista de artillera, Sonja distinguió que el arma menor tenía la empuñadura, recortada, de la antigua espada de Denis, pero la otra, de empuñadura de mano y media, era algo más pequeña de lo que había sido la anterior.
Sin mediar palabra, Denis se encaminó a las escaleras del embarcadero, y comenzó a bajar. Los marines que participaban de la fiesta de Sonja lo siguieron, expectantes. El rumor de que el Comandante Courtoise preparaba una espada magistral había recorrido toda la base.
Al asomarse al acantilado, Sonja y Kleb, en quien se apoyaba Urahawa, descubrieron que Denis ya había llegado al fondo y desamarraba un bote. Se montó en el y lo guió paralelo a la tranquila cala, hasta llegar a una zona en la que se alzaba una plana sección del acantilado. No había oleaje fuerte, y al espadachín no le costó inmovilizar el bote lanzando la amarra a una arista de roca.
Extrajo la espada corta de su vaina con la mano izquierda, y empezó a blandirla despreocupadamente, permitiéndose incluso algunos malabarismos. Entonces, sacó un pequeño lingote de acero de su bolsillo, y lo lanzó al aire.
-¡Coup d’épée á une main! ¡Sentiment du fer!
De un corte limpio, la pequeña espada partió en dos el trozo de acero, que cayó dentro del bote sin ser desplazado por el impacto. Arriba se oyeron los aplausos de los marines de la base, ignorantes de que lo ocurrido no era raro en Denis Courtoise.
De repente, Denis se puso en tensión, y con un golpe súbito, sacó la espada larga de la vaina en un golpe fulminante.
-¡Deux coups d’épée! ¡Croisée!
Lanzó simultáneamente un golpe vertical con su espada corta y otro horizontal con la nueva espada, mientras saltaba hacia delante, impactando con la pared. Se vio un destello cuando las hojas atravesaron la piedra, y Denis rebotó contra ésta, regresando con gracilidad al bote. Se oyó un crujido, y dos enormes surcos con forma de cruz atravesaron el acantilado, rectos, perfectos, de más de veinte metros de largo cada uno. Nadie vitoreó esta vez.
Denis miró su nueva espada. Tenía el filo negro, efecto producido al reaccionar el kairouseki con el metal fundido. Su brillo era como el de una perfecta perla negra, oscura y profunda, pero que atraía la luz sobre sí, devolviéndola con suavidad. Enfundó la otra espada y sonrió. Levantó la nueva arma, como si saludase a un adversario invisible, y se colocó en posición.
-¡Coup d’épée á une main! ¡Charles Martel!
Lanzó cinco ataques de fondo sin siquiera acercarse a la pared de roca, girando la muñeca en redondo con cada uno de ellos. Con cada ataque, un enorme cráter surgió en el punto de impacto, redondo y perfecto, como el golpe de un martillo. Los primeros cuatro impactaron en los extremos de la cruz, y el último en el centro exacto.
Los marines prorrumpieron en vítores, esta vez acompañados por los oficiales del Implacable. Bajo ellos, Denis contemplaba su nueva espada, con el símbolo del Gobierno Mundial recién tallado de fondo.
-Por fin te he encontrado. –Le dijo a la negra hoja. –Te llamaré Fernoir.



















