*¡Oeeeeeee!*
Quiero deciros, a todos los que me habéis votado, que os lo agradezco de corazón
*¡Presidente, Presidente!*
Por eso, como prometí en mi programa, nada más ser elegido, os traigo... ¡un nuevo capítulo de Task Force!
*¡¡UOOOOOOHHH!! ¡Que bote, que bote, que bote el pajarito!*
- Spoiler: Mostrar
- CAPÍTULO QUINCUAGÉSIMO: “El Caballero de la Espada Negra”
Denis rodó por el suelo por enésima vez, lanzado por la violencia de las embestidas y pisotones de la estatua. Se incorporó a medias, una rodilla clavada en el resquebrajado suelo.
-Diantre. –Se quejó. –Ni siquiera ha intentado darme una estocada como Dios manda.
La criatura cargó, de nuevo ofreciendo el hombro. Denis sacó la espada corta, inspirando profundamente, y la empuñó al revés, como para apuñalar. Al llegar la estatua a su altura, tomó impulso desde el suelo, con un movimiento giratorio. Clavó la corta espada en la corva del enorme ser, y utilizándola como anclaje adicional, saltó más alto, descargando un tremendo tajo en la espalda de piedra. Pero lo único que consiguió fue un pequeño arañazo.
Denis cayó limpiamente al suelo, lamentando el pobre resultado. Sin embargo, algo había conseguido: la estatua se giró, afirmando sus enormes manos en el mango de la espada. El espadachín rodó por el suelo justo a tiempo de esquivar un endiablado mandoble destinado a decapitarle.
-Maldita sea. –Masculló, sorprendido. -¿Cómo puedes ser tan rápido, trozo de piedra?
Por toda respuesta, su monolítico oponente insistió con la espada, esta vez, en un tajo vertical. Denis saltó a un lado con facilidad, pero no vio la respuesta. Increíblemente, la criatura había lanzado una patada lateral, que impactó con fuerza en el costado del Comandante Courtoise.
Denis voló unos metros, acompañado por el crujido de sus costillas y una rojiza neblina que velaba su vista. Afortunadamente, pensó, a tal enemigo no hacía mucha falta verle. Rodó por el suelo sin control, chocando en su caída con un montón de cascotes, y se quedó ahí, dolorido y sin aliento, mientras el enorme adversario recuperaba su posición y avanzaba hasta el en un par de zancadas. Empuñó el espadón con las dos manos, levantándolo para clavarlo sobre el yaciente marine. Denis giró a tiempo, recurriendo a todas sus fuerzas, y se incorporó como pudo en medio del temblor provocado por el descomunal ataque. La estatua arrancó del suelo el espadón, hundido casi hasta la empuñadura en el suelo, y giró sus ciegos ojos a su pequeño adversario. Denis aprovechó para afianzarse.
-Deux... coups... d’épée... ¡Canon de soixante-douze livres!
Apuntando a una de las piernas de la estatua, Denis lanzó su ataque intentando derribarla, pero sólo consiguió astillar un poco la extremidad. Algo desesperado, se echó hacia atrás, tratando de eludir un ataque que no llegó. Los movimientos del ser se habían hecho más torpes, pues la pierna dañada no podía soportar bien su peso. El espadachín suspiró, tomó aire, lo que le produjo un hondo dolor, y sacudió la cabeza tratando de enfocar bien la vista. Cargó, con las dos espadas por delante.
-¡Deux coups d’épée! ¡Double horizon!
Trató de castigar la misma pierna, pero la estatua interpuso su enorme arma, parando el ataque. Antes de que pudiera responder, Denis saltó, rodeándola de forma que no pudiera pivotar sobre la quebradiza extremidad.
-¡Lancelot du Lac!
Los múltiples aguijonazos de sus ataques de fondo levantaron una nube de chispas en la espalda surcada por el arañazo, pero fue como si nada hubiera hecho. La estatua giró por el otro lado, apoyándose en la pierna buena, y lanzó un golpe de barrido que Denis esquivó tirándose de espaldas al suelo. Demasiado tarde comprendió su error. El pie maltrecho se movió con celeridad, y pisó su brazo izquierdo, machacándolo contra el suelo. La espada corta de Denis voló varios metros, y el marine lanzó un terrible grito de dolor que rebotó por toda la gigantesca cámara de piedra.
Como regodeándose, la estatua mantuvo su presa mientras lentamente se preparaba para apuñalar de nuevo. Denis estaba perdido, no podría esquivar ese ataque. Miró su brazo. El pie de piedra aplastaba su mano, ocultándola a sus ojos. Parpadeó, mirando de reojo la descomunal arma que estaba a punto de atravesarlo.
-Adiós. Ya no me sirves.
Cortó con rapidez, sin sentir demasiado dolor. Al fin y al cabo, aquella mano ya estaba muerta. Luego rodó por el suelo de nuevo, y el mandoble ni siquiera se clavó en el suelo.
Denis apretó su mano contra el pecho. La hemorragia no era demasiado grande, pues el corte era limpio y los vasos se habían contraído. Alejándose de frente a la estatua, se arrancó un jirón de la casaca con los dientes y ató el muñón como pudo con la mano que sujetaba la espada.
-No voy a tener mucho tiempo. –Se dijo. Miró a la estatua. -¿Me has oído? ¡Vamos a tener que solucionar esto pronto!
Algo parecía estar cambiando dentro de él. El enorme adversario seguía igual, sólo que andaba con cierta inseguridad con la pierna rota. Pero Denis se sentía más lúcido, extrañamente alentado. Se había sobrepuesto al dolor, a la pérdida. Si un caballero estaba dispuesto a renunciar a todo, nada podía derrotarle.
-Tú sigues igual. –Le dijo en voz baja a la estatua. –Yo me hago más fuerte.
Avanzó al encuentro del ser, quien levantó su espadón para descargar un tremendo mandoble. El arma emitió un prolongado siseo rasgando el aire.
-¡Jeanne d’Arc!
Denis detuvo el golpe con toda la fuerza de su único brazo sano, la rodilla hincada de nuevo en el suelo. No pudo evitar que a su rostro acudiera una mueca de dolor, y que la vista se le nublase otra vez.
Los sonidos quedaban amortiguados conforme las galerías se estrechaban. Habían dejado atrás las sinuosas escaleras, y los tres marines se detuvieron un poco para orientarse.
-Hemos bajado bastante. –Anunció Ritter. –Creo que estamos a nivel del mar.
-O quizá un poco por debajo. –Terció Quina. –Las paredes rezuman mucha humedad.
La Vicealmirante Nilsson se acercó a una de las paredes y pasó la mano, luego la mostró a sus acompañantes, que pudieron ver el verdín acumulado en ella.
-Estoy con Guimaraes. –Afirmó. –Estamos bajo el nivel del mar.
Quina y Ritter asintieron y avanzaron un poco por la galería. La Capitana iluminó el largo corredor.
-Estamos ante la última etapa, amigos. –Aseguró, con una débil sonrisa, señalando la galería. –Por ahí, a unas pocas decenas de metros, está la Fosa de Kraken.
-Excelente.
Nilsson caminó hasta situarse casi en el límite del haz de luz que proyectaba su subordinada. Abrió los brazos, como si esperase que alguien la estrechase en un abrazo efusivo.
-Toda esa energía, la energía de una vida. La siento.
Ritter y Quina se miraron, inquietos. Empezaban a comprender el alcance de las ambiciones de Nilsson.
-Supongo que ya no tiene pérdida, -Nilsson se giró de repente, casi sorprendiendo a la pareja en su silencioso reproche. -¿Verdad, Capitana Guimaraes?
-Así es.
Nilsson la miró largo rato, sopesando su siguiente decisión. Finalmente, se volvió a Ritter.
-Comodoro Fawkes, su cadena.
Ritter miró a su superior, indeciso, hasta que empezó a comprender. Se giró a Quina, quien, extrañada le devolvió una suplicante mirada. El Comodoro empezó lenta y parsimoniosamente a desenrollar su cadena del brazo, mientras avanzaba hacia ella.
-Ritter. –Comenzó la marine. –No, ¿cómo puedes...?
-Lo siento, Capitana. –Se disculpó. –Son órdenes.
Antes de que pudiera protestar, Quina se encontró con el sable de Nilsson apuntando a su garganta.
-Nos dirigimos a un objetivo importante y peligroso, Guimaraes. Y tengo órdenes precisas de protegerla de cualquier riesgo, al mismo tiempo que la controlo. Como comprenderá, hay gente que ha invertido demasiado esfuerzo en usted.
-No lo he olvidado.
-Lo celebro. –Nilsson hizo un gesto con la cabeza a Ritter. –Comodoro.
Ritter tiró de las manos de Quina y enrolló la primera vuelta de cadena en ellas. La marine trató de resistirse, pero el contacto con la cadena la debilitó rápidamente. Su luz se apagó al mismo ritmo. A su espalda, Ritter oyó como la Vicealmirante encendía una antorcha.
-Ritter...
-Lo siento, es mi obligación.
Moviéndose con rapidez, Denis bloqueó otro golpe y saltó para ganarle el lado malo a la estatua. Sentía como si un rayo le recorriese la espina dorsal con cada parada, pero empleaba todas sus fuerzas en detener la gigantesca espada de su rival. Dosificando sus energías, había conseguido aumentar sus posibilidades respondiendo a la inagotable resistencia de su enemigo con explosiones de fuerza. Lo que no sabía era cuánto podría durar aquello.
La estatua volvió a atacar con una poderosa patada con la pierna debilitada. Ya apenas la usaba como apoyo, lo que le restaba movilidad, pero lo compensaba con su mayor alcance. El marine se mantenía a la mayor distancia posible, acercándose para intentar aprovechar puntos débiles. Empezaba a temblarle el pulso por la pérdida de sangre.
-Vamos, maldita cosa, comete un error...
La estatua avanzó, como acudiendo al reclamo. Denis esquivó su ataque de fondo, y trató de contestar con un Roland, pero el pétreo guerrero se anticipó: con su puño izquierdo descargó un golpe lateral que impactó de lleno al espadachín. Denis rodó por el suelo, doblado de dolor y debilidad. Intentó incorporarse, apoyado en Fernoir, su espada. Clavó los ojos en la negra hoja.
Era su obra, la culminación de un arte. Más aún, era parte de su alma, fruto de su entrenamiento y de un regalo de amigo. Con esa espada no podía perder. Ni siquiera contra algo a lo que no se podía matar.
-Sentiment du fer.
Cerró los ojos, fiado exclusivamente a la gran vibración que producían los pasos de su contrincante. Se levantó como una flecha, y esquivó la nueva carga de la estatua. Se colocó en guardia, y contraatacó.
Falló el primer ataque, al esquivarle la estatua. El filo gimió cortando el aire, casi con un estruendo. Una enorme grieta se abrió en el suelo, siguiendo la dirección de su brazo. Esquivó otro ataque saltando a un lado, tropezó inseguro, y volvió a detener otro mandoble, que le hizo trastabillarse en dirección contraria.
No pudo rehacerse a tiempo.
La gigantesca espada le atravesó de parte a parte, clavándole a la pared.
Ahora sabía que no podía fallar.
Denis abrió los ojos, sintiéndose uno con Fernoir, aún apoyado en ella. En vez de levantarse, dio una voltereta entre las piernas de la estatua, cortando limpiamente el pie de piedra ya debilitado. Se levantó, ahora sí, alejándose del brusco giro de su contrincante. No podía decir que su enemigo estaba enfurecido, ni que perdería los nervios. No podía esperar un error, por lo que no podía cometerlo.
La estatua cojeó en su dirección. Lejos de facilitar las cosas, su inestabilidad le hacía impredecible. La criatura artificial embistió con la espada por delante, y Denis vio por fin su oportunidad.
Un leve paso, unas pulgadas. La gran espada pasó peligrosamente bajo el brazo mutilado del marine. Denis lanzó un violento ataque de fondo que hizo al gigantesco enemigo tambalearse hacia atrás.
-Coup d’épée á une main... ¡Schwartzschwert!
La hoja negra relució esplendorosamente, reflejando con fuerza la escasa luz de la cámara de piedra. Denis se movió hacia adelante, arrastrado por ella más que impulsándola, y la espada tomó sola la iniciativa. Con un giro de muñeca, cortó la mano de la estatua que empuñaba el espadón. Luego, segó de un solo tajo la pierna buena, a la altura de la rodilla. Fernoir identificó para Denis el punto débil del ser: una diminuta runa de poneglyph en su frente. Mientras la estatua se inclinaba hacia delante, cayéndose, la punta de la espada negra se apoyó, casi con delicadeza, en la fina talla de piedra. La runa saltó en pedazos, y la vida abandonó a la estatua, que se desmoronó exactamente por los puntos en los que Denis le había impactado durante el combate.
El Comandante Courtoise quedó de pie, en silencio. Un escalofrío le recorrió el cuerpo. Guardó a Fernoir en su vaina, y miró alrededor. Arrastrando los pies llegó a donde había caído su espada corta. No quería renunciar a ella. La envainó también, y se encaminó, a pasos cortos, en la dirección en la que había partido Ritter Fawkes.















