-Una idea para una historia larga (hecho).
-Una trama más o menos concebida (hecho).
-Un colchón de capítulos para que me de tiempo a arrepentirme de lo escrito
-Un testeo previo entre escritores consagrados (gracias Kid y Ghorrhyon ^^) (hecho).
-Las narices a meterme en un berejenal así a un mes de finales (esto no puede ser buena idea pero hecho... ¬¬).
En fin, creo que está todo y que puedo empezar con esto. Sólo un par de cosas antes de empezar: esto no tiene nada que ver con One Piece
Así que nada, aquí os dejo con las dos primeras entradas del relato, porque me huelo que si pongo sólo el prólogo nadie lo volvería a leer...
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- ENTRADA 1: Prólogo
Siempre he creído que debería existir constancia escrita de todo cuanto ocurre; de todo hecho, descubrimiento, ocurrencia o detalle irrelevante. Tanto da que todos estos datos no tengan otro fin que el de acumular capas de polvo en alguna mugrienta estantería, pero bajo mi punto de vista, es necesario y reconfortante el saber que ese saber está ahí, que no se ha olvidado, que no pasará desapercibido.
Lo mismo ocurre con la vida de las personas. Toda existencia de ser constatada no sólo como una mera muesca en un papel del censo, ni tampoco porque tenga un mínimo de utilidad para alguien, sino como una muestra de orgullo y amor propio, además de una forma de reafirmarse como individuo.
Es así, a partir de esta idea, que nace esta crónica, la palabra menos inapropiada que he encontrado para definir lo que estoy haciendo, una vez descartadas la frivolidad de “diario” y la absurda rimbombancia de “autobiografía”, pues mis pretensiones quedan lejos de mostrarme como el ser idealizado que no soy, sino mostrarme a mi mismo y a quien algún día lea esto mi verdadera naturaleza.
Dicho esto, quizá lo mejor sea presentarme; me llamo Aqua, aunque obviamente este no es mi nombre sino mi nombre de trabajo, por el cual he optado dada la naturaleza de algunas cosas que aquí escribiré, y soy producto de una profesora de guardería española y un broker inglés que dejo su vida y su tierra por amor, o al menos eso es lo que sigue creyendo según tengo entendido, no es que tengamos una relación lo que se dice estrecha.
No me malinterpretes, no tengo nada que reprocharles, recibí una buena educación aderezada con abundantes muestras de cariño y una relativa holgura económica, pero ello no quita para que pusiese tierra de por medio entre mi pasado y yo y buscase un trabajo que, ante todo, me permitiese viajar, cambiar y conocer. Por supuesto, no digo que no me guste la gente que compuso mi pasado o me arrepienta de mis años de juventud o algo parecido, es sólo que prefiero vivir a mi aire, sin tener que preocuparme por estrechar o mantener lazos sociales, y por medir todas mis palabras pensando en que cualquier paso en falso tendrá repercusiones inesperadas. Además, me resultan bastante caústicas tanto las muestras continuas y descontroladas de afecto como el vivir enclaustrado en un sitio, en un círculo de amistades y supeditado a unas pautas conductales que se te presuponen por ser quien eres.
Lo de ser asesino a sueldo o, como algunos colegas algo más cínicos se autoproclaman, especialista en el homicidio por encargo, vino sólo; se podría decir que por sorpresa, pero el entrar a formar parte de este sector laboral no es algo que suceda de la noche a la mañana.
Es un hecho el que podría haber conseguido una vida buena y tranquila a poco que me lo hubiese propuesto, siempre y cuando entendamos por eso el pack tradicional de trabajo, casa, coche, mujer e hijos/perro, por orden descendente de importancia.
Al fin y al cabo, no llevaba mal camino; estaba por terminar una carrera de futuro (aunque decir esto pueda resultar tan tópico como “político comprometido”) y tenía, cuando me ponía por la labor, una cierta dosis de encanto y carisma.
El problema de vivir tu vida es que estás tan inmerso en ella que pierdes la perspectiva; de lo que eres, de lo que se supone que debes ser, de lo que crees que quieres ser y de lo que en realidad quieres ser, y llega un momento en que estos conceptos se fusionan, se superponen o desaparecen.
Algunas veces añoro esos días en que creía que todo estaba bien, que iba bien encaminado, sin complicaciones ni quebraderos de cabeza, y reconozco que era feliz entonces, pero después recuerdo el porqué de esa felicidad, y me reprocho el desear una felicidad basada en la ignorancia y la hipocresía.
No pretendo profundizar mucho en mi trabajo ni en lo que me llevo a ejercerlo, pero soy consciente de que esto requiere de algunos detalles.
Verás, uno siempre procura estar al tanto de lo que sucede; mira las noticias, contrasta opiniones y hechos, no se limita a leer una determinada publicación… Pero en realidad su objetivo no es informarse, sino más bien autoconcienciarse de que le importa lo que sucede en el mundo y su sociedad, que forma parte de esa macroentidad, que tiene un lugar al que pertenece.
Cualquier persona normal diría que esto es bueno, pero me permitiré el lujo de pasar por abogado del diablo con lo siguiente; ¿de veras es tan malo asumir la verdad, que no nos importa otra cosa que nosotros mismos y cuanto nos atañe, y que cuanto menos nos afecte, mejor?
Una vez que aprendes a sentirte libre, que aprendes a sentirte ajeno a lo que te rodea, que cortas lazos con lo que te ha atado hasta ahora, las cosas se facilitan, y empiezas a ver nuevos caminos allá donde sólo encontrabas los tabiques de tu cerrada mente.
En mi caso, tampoco necesitaba tanto para ser feliz, me conformaba con abundante tiempo de ocio, importante dosis de intimidad, y la posibilidad de sentirme libre, de no pertenecer a un lugar. Y si para eso hay que hacer recados a tiempo parcial, pues no seré yo quien me oponga.
Si lo piensas, aunque aún no se como expresarlo de una forma que no parezca demagogia barata, lo de ser asesino a sueldo no es tan reprochable como pueda parecer, al fin y al cabo, como decía Tom Cruise en Collateral, la gente con la que “trabajo” ya está muerta antes de que yo actúe, y si no es por mi mano será por la de otro, así que el no aprovechar esta circunstancia es cuanto menos, desde un punto de vista alejado de la moral, la humanidad, la ética y la conciencia, algo poco práctico, o inteligente, según prefieras.
No trato de plantearme si esta gente es “buena” o “mala”, aunque asumo que en mis encargos habrá tanto personas que cumplen una función útil para el mundo al que pertenecen como otras por las que nadie llorará, e incluso, aunque me permito dudarlo, habrá alguna que otra persona interesante, alguien con quien habría disfrutado de una buena conversación, incluso alguien que podría haberme hecho replantearme mi vida. Pero pensar en esto no tiene ninguna utilidad.
Desde un punto de vista objetivo, se puede decir que tengo una relativa fama en el mundillo; una cierta imaginación a la hora del trabajo, una garantía en el cumplimiento de la misión, fama avalada por mis nulos fracasos y, ante todo, la lealtad y discreción hacia el cliente habitual es algo no demasiado habitual en el mundillo.
Aunque se me malinterprete, no es en absoluto aprecio hacia mis clientes, sino el mostrar a posibles reclutadores una imagen que difiera de la mayoría de trabajadores del sector. La mejor publicidad es la discreción (y, claro está, la garantía de que no te encontrarás criando malvas al poco de haber encargado un trabajo).
En muchos otros aspectos, mi vida no difiere demasiado de lo que podría ser la de cualquier persona que algún día descubra estas páginas; hago la compra, trato de mantenerme en forma, mantengo una vida sexual que podríamos considerar activa, me fastidio cuando tengo que aguantar los retrasos de los aviones, llevo las necesidades fisiológicas al día y disfruto con estupideces como ver llover contra la ventana, ver una y otra vez películas de Búster Keaton, o hacer turismo en las ciudades que el trabajo me lleva a conocer.
Obviamente, también hay otras cosas con las que no todo el mundo se sentirá identificado, pero nada que no pueda parecerse a otras aficiones peculiares de la gente “normal”; no soy un psicópata, ni hago las cosas que a estos se les puedan presuponer como hobbies. Lo único que pasa es que no ansío una vida sumido en la colectividad y tengo un trabajo algo mal visto.
Es posible que a alguien le interese mi pasado, pero mi pasado ya puede ser considerado como ajeno, alterado por el recuerdo y el tiempo y demasiado largo como para ser contado aquí. Lo principal está dicho, y aquí comienzo:
Mañana es domingo y me voy a Praga, tengo trabajo.
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- ENTRADA 2: El turismo es divertido
Me encanta Praga, siempre ha sido una de mis ciudades favoritas, desde aquella primera vez hace cinco años, cuando mi nombre comenzaba a emerger a la primera división del sector y tuve que venir aquí, tan lejos de mi cada vez más grande pero aún pequeño mundo. No recuerdo el nombre del trabajo, pero sí todo lo demás.
Y aquí estoy de nuevo, con la sensación de volver a los brazos de una amante ocasional que te marcó más de lo que te gustaría reconocer.
El nombre es Milan Seifert, y no es más que un pobre diablo al que le ha tocado el dudoso honor de ejercer de cabeza de turco.
Al parecer, en la República Checa se baten el cobre tres familias de la mafia, ya sea en el barrio rojo de Praga o en la última barriada de Ostrava, los Smetana, los Hudedni y los Zatecka siempre tratarán de sacar algún beneficio. Aunque no es un país tomado por la mafia, no es improbable toparte con ellos si vas despistado, pero por lo general no dan demasiados problemas; tienen buenas relaciones, respetan relativamente al turismo y las autoridades y tienen unas fuerzas en equilibrio que les disuaden de tratar de montar en la yegua ajena.
El problema, porque siempre hay un problema, es que los Smetana se han ido de madre esta vez, y mediante un infiltrado en los Zatecka han acabado con el jefe de los Hudedni, por lo que su comprensiblemente ofuscado hijo ha decidido emprender una guerra abierta contra los Zatecka. Esto beneficiará a los Smetana, que podrá acabar fácilmente con el que se erija vencedor.
Visto así queda muy bien, pero no contaban con que el capo de los Zatecka es un jodido zorro que se maneja en la sombra, teniendo a la vista como cabeza de turco al tal Seifert, al que han ofrecido como sacrificio para aplacar a los Hudedni.
Y aquí es donde entro yo, porque el tal Seifert se ha ido con el rabo entre las piernas bajo las faldas de los Smetana, los únicos a los que beneficia que siga vivito. Y yo tengo que encontrarlo.
Por lo general, no me gusta los encargos que exigen cierta dosis de contacto directo, pero por el mero hecho de tener una excusa para regresar a Praga, bien vale tener que cargar con la cabeza del tal Seifert hasta mis contratadotes.
Misterio y encanto, quizá esas son las palabras imprescindibles para definirla; por un lado percibes el peso de los años y la historia que han pasado por esas piedras, piedras que aparecen como formas oscuras en perfecta contraposición con la nieve que, a día de hoy, no deja de caer, esas piedras que parecen no querer revelar los secretos que se esconden tras sus sombras y que te empujan a sentir una sensación de temor visceral al pasar por algunas esquinas. Por otro lado, te sientes empujado a seguir caminando, porque crees estar formando parte de un cuento salido de lo más profundo de tu memoria, porque con sólo sentarte en el puente de Carlos IV y abstraerte de la gente que te rodea crees que ya ha merecido la pena el viaje.
A veces, sólo a veces, cuando me encuentro a miles de kilómetros del lugar en que supuestamente debería de estar, sin más compañía que la del anonimato y el sentimiento de libertad, siento algo que no es el acostumbrado gozo de la vida en estado puro, de la independencia, del no tener a nadie quien te espere, a quien defraudar o por quien ser defraudado. No, a veces me siento simplemente sólo, desplazado sin ningún motivo claro a un sitio del que no formo parte, ansioso por conocer a alguien para compartir el tiempo.
Era eso lo que sentía al esperar en un restaurante ante la portezuela del reloj astronómico, viéndome rodeado por una enorme cantidad de personas que compartía variados lazos entre sí, ya fueran estudiantes, amigos, grupos de turistas o compatriotas. Sin embargo, me sentía muy lejos de ellos, fuera de lugar.
Por suerte, estas cosas no me pasan a menudo, y era hora de trabajar un poco.
Las indicaciones que acompañaban el trabajo no eran gran cosa, pero sí una garantía para poder realizar mi trabajo con relativa facilidad. Mi cliente, preocupado porque todo se fuera al garete, lo tenía todo bien atado, ya que su chivo expiatorio había sido fichado y le era imposible salir de la ciudad puesto que a la policía no le interesa que alguien como un supuesto capo mafioso tuviese libertad de movimientos. Aparte de esto, el objetivo estaba cercado y localizado por los Zatecka, que sin embargo no estaban dispuestos a emprender un ataque directo a gran escala contra la casa búnker en que se escondía Seifert, incapaces de prever las consecuencias que esto les traería.
Por eso estaba allí, para encontrar una manera de ganarme el sueldo consiguiendo la cabeza de Seifert.
Siempre que se presenta una situación así, puedes tomar dos caminos; o bien entrar a base de pirotecnia y carnicería, confiando de tu habilidad con armas y explosivos, y confiando también en que una bala perdida no te vuele la cabeza, o bien, opción por lo general más aconsejable, entrar con un plan algo más elaborado, que a ser posible te permita entrar y salir con el deber cumplido y la cabeza sobre los hombros. Yo prefiero combinar técnicas.
El primer requisito para lo que tenía pensado era encontrar una falla, y por eso llevo estos tres días, desde que llegué el domingo hasta hoy martes, vigilando sistemáticamente el caserón a las afueras donde esconden a Seifert.
De un primer vistazo al lugar, se podría afirmar que el asunto está jodido; vigilancia monitorizada en el contorno a razón de tres cámaras por punto del perímetro, sin puntos ciegos, cantidades industriales de guardias armados… y eso sólo es lo que se ve a primera vista desde mi punto de observación exterior, luego hay que tener en cuenta el tamaño más que considerable de la casa, la más que probable habitación del pánico donde tengan a Seifert y otras variables.
Por fortuna, había encontrado la falla.
Si mi instinto no me fallaba, debía haber a razón de entre 25 y 30 personas metidas continuamente en aquel sitio, y por muy grande que fuera el sitio en cuestión, no podía soportar tal cantidad de personas durmiendo y comiendo, sin contar con los relevos que necesitan para la vigilancia 24 horas. Así que había un tránsito continuado, pues no había una hora de cambio de turno general, de personas ansiosas de gastar sus 10 horas libres como mejor les parecieran.
En uno de estos cambios fue cuando vi a Lars; 40 años y fichado por la policía, lo que me permitió descubrir algunas cosas más (no concedáis demasiada importancia al hecho de piratear el sistema de la policía…) como 20 años de servicio con los Smetana en los que sin embargo no había medrado mucho en la organización. Esposa, hijos, evidente desencanto ante su vida y perspectivas de futuro… Claramente, Lars era la falla.
Y mañana miércoles a las ocho de la tarde sería el día en que la falla y yo nos conoceríamos en persona, así que podía tomarme el resto del día libre.
Lars, pobre infeliz.
A las ocho treinta, y después de seguirlo hasta la puerta de su casa familiar, sintió un “sutil” golpe en la nuca y lo siguiente que vio fue que estaba atado en una habitación que desconocía, con un chaleco antibalas que le resultaba poco familiar, y un hombre que le apuntaba con una Desert Eagle (lo se, no responde a su fama, pero me encantan las pistolas con renombre. Además, el que puedan casi cercenar un miembro de un disparo es una ventaja a tener en cuenta en escaramuzas dentro de espacios cerrados).
Lars no resultó un tipo espabilado, pero era lo bastante listo para saber que debía estarse calladito y no hacer nada que molestase a ese señor que tenía delante. Ante tan receptivo oyente da gusto hablar, así que no tardé más de media hora en explicarle que tenía un chaleco bien rellenito de cordita con temporizador que explotaría tanto si se manipulaba como si el agradable caballero que tenía enfrente no lo paraba antes de las nueve de la noche del jueves, lo que no beneficiaría ni a sus esperanzas de llegar a cobrar la pensión ni a sus esperanzas de que su familia siguiera con vida (esto fue fácil, después de todo eran una mujer y un niño de diez años, así que ni se enteraron de quién, dónde o qué les hacían).
Así, contando con lo suelta que deja la lengua el llevar encima casi tres kilos de explosivo, me entere de algunas cosas como la disposición de la casa, de los puestos de guardia y la posición de Milan Seifert, que estaba en una habitación del sótano protegido por un número variable de personas. Por suerte no era una habitación del pánico, es un auténtico coñazo abrir un trasto de esos.
Para Lars, el plan era entrar a las seis del jueves a su jornada de trabajo, dejar fuera de combate a los encargados de la habitación de videovigilancia antes de las cinco de la tarde, momento en que yo entraría en la casa sigilosamente noqueando a los guardias que hicieran guardia en la puerta. Una vez dentro, yo me las apañaría por mi mismo y él sólo tenía que preocuparse por salir para encontrarnos antes de las nueve en un lugar acordado previamente.
Obviamente, este no era el plan, porque es una completa estupidez. Pero según mi buen juicio, Lars era lo bastante estúpido como para creerse esto y le importaban lo bastante poco sus jefes como para llevarlo a cabo sin rechistar.
A las cuatro cincuenta la explosión que hizo retumbar el suelo fue la señal de que era hora de entrar en acción. Lars había cumplido con el cometido que realmente le había reservado, y con suerte, además de la sala de videovigilancia, esa explosión se habría llevado por delante unos cuantos de los efectivos del caserón, además de sumir al resto en un oportuno caos ante el inesperado ataque interno.
Ahora era cuando entraba en juego yo y mi SVD con silenciador que me permitía una razonable fiabilidad a la distancia en que me encontraba y con el que tenía que dejar fuera de juego a la guardia periférica desde mi punto de observación.
No entraré en detalles de lo que ocurrió después, dejémoslo en que gracias a un buen arsenal, el factor sorpresa, la confusión que provoca el gas lacrimógeno y una pequeña dosis de habilidad, conseguí salir un cuarto de hora después con el trofeo que me había llevado hasta allí, mientras la decena de hombres que quedaban aún seguían preguntándose qué había pasado.
Ya sólo quedaba la entrega y el pago, así que diciéndome que sería la última vez que accedería a la entrega de restos humanos, entregué la porción de Seifert requerida en el lugar indicado sin bajarme de la moto y tratando de olvidar la incomodidad que supone cargar con un saco de restos humanos rebotando mientras viajas en moto.
En cuanto al pago no me preocupaba, al fin y al cabo la mafia son hombres de palabra, y el extracto del banco así me lo confirmaría.
Así que era jueves noche, había cumplido con mi trabajo, había acabado discretamente con la familia del pobre Lars y mi avión no salía hasta el sábado, por lo que podía relajarme.
Según mi experiencia, en cualquier lugar del mundo encontrarás sitios alejados de las tendencias y las modas en los cuales podrás disfrutar de una noche agradable con un buen ambiente y conociendo gente interesante. La cuestión es que dependiendo de en qué lugar del mundo te encuentres y con quien vayas, estos lugares existirán en mayor o menor número.
Uno de los motivos por los que amaba Praga era porque la posibilidad de no encontrar uno de estos sitios era de uno contra diez, y hoy no era uno de esos días, porque la suerte me había llevado a conocer a Gezt, un vendedor alemán de juegos de construcción para niños al que una de sus rutas llevaba hasta la República Checa.
Es interesante escuchar lo que puede llegar a salir por la boca de cualquier persona si hay suficiente Pecherovka y alucinógenos de por medio, pero por mucha gente que hayas conocido siempre sorprende que alguien como Gezt, que lleva la alegría del Lego al mundo de los niños por el día, puede a llegar a decir a un completo desconocido por la noche, y que lindeces del calibre de “no odio a los niños, sólo opino que debería inventarse alguna forma de mantener al feto en estado sostenido hasta que alcance la edad mental de veinte años” puedan ser dichas por la misma boca que vende juguetes para niños de entre siete y quince años.
Es en momentos de surrealismo, aventura y vulnerabilidad como los que pasé esa noche, en compañía de un tipo que llegó a plantearme el suicidio como una opción lógica ante la vacuidad de la vida en no menos de tres ocasiones, cuando de verdad aprecio mi vida, el momento de lucidez que me llevó a ella y las experiencias que voy acumulando durante estos años.
Es entonces cuando doy gracias a la vida.
La noche empalmó con el día, y a las seis de la mañana del viernes, Gezt y yo nos separamos, con la certeza de saber que no nos volveríamos a ver pero que recordaríamos esa noche (bueno, al menos yo la recordaría, porque dudo que el recordase el nombre de su hotel). Él volvió a sus ventas, me gustaría saber cómo, y yo, en vez de retirarme a dormir para el vuelo de la noche, decidí dar una última vuelta por la ciudad antes de subir al avión en el que estoy escribiendo esto, disfrutando de la aventura, la plenitud, el surrealismo y, de nuevo, la soledad.

















