Bueno, bueno, bueno, cuanta concurrencia... a ver si estoy a la altura.
Raftel: Diox, nunca me había parado a contar las páginas... creo que era más feliz sin saberlo (mamá, miedo). Tranquilo con lo de colgar, etc... lo conservo guardadito en mi(s) disco(s) duro(s), en Word-como-Dios-manda, XD. Ordenado está, vaya, que yo para eso soy bastante maniático. Y suerte con la larga travesía, porque anda que no te queda XD.
Geralt: Me pregunto a qué personaje te refieres en tus comentarios...

El caso es que yo, como papaito, os puedo asegurar que Ritter es MI favorito, porque es exactamente mi idea de lo que un prota debe ser para no convertirse en el "puto prota" (ya sabéis de lu ffy hablo).
MaNe: ¡Pero corre! ¡Que te pierdes lo mejor! Aysss, si es que no se puede contigo... XD En cuanto a Max, ni tú sabes lo que le espera
Y ahora, con todos ustedes, uno de los capítulos más esperados desde la boda de Lady Di y Gol D. Roger:
- Spoiler: Mostrar
- CAPÍTULO CUADRAGÉSIMO SEGUNDO: “Venido del bosque”
Olores. Fueron los olores los que le sacaron de la profundidad del agua. Como sumergido en un inmenso océano, empezó a salir a flote arrastrado por los efluvios de su alrededor. El metálico y denso hedor de su propia sangre, la incesante y salina brisa del mar, fuertes esencias químicas... y el contundente olor del acero.
El acero. Siempre acero. Cuando ellos venían, traían consigo el olor del acero. El animal venteó, calculando instintivamente la dirección y la distancia. Luego, girándose hacia sus compañeros emitió un suave gruñido, y se dispersaron por la espesura.
Akinori Urahawa guió a sus hombres a través del estrecho sendero, en permanente estado de alerta. Como Capitán de la Marina, establecido en tierra, era su responsabilidad velar por la seguridad de sus lugareños, aunque esto significarse adentrarse en un lugar en el que nadie se adentraba, y enfrentarse al mismísimo Infierno Verde.
Ése era el nombre del bosque que cubría la región central de Isla Nakamura, una bonita isla del East Blue donde Urahawa era algo así como el amo y señor. Uno benévolo, pues creía firmemente en los valores que representaba la bandera de la gaviota, pero al fin y al cabo, amo y señor. Se veía obligado, a su pesar, a tomar todas las decisiones importantes, y esto incluía la situación en la que se encontraba.
Unos leñadores habían sido atacados. No era una novedad, siempre pasaba, pero el Capitán Aki, como todo el mundo le llamaba, tenía el deber moral de cazar un par de bestias en compensación, para intentar que aprendieran de una puñetera vez lo que era el miedo. Lástima que durante más o menos doscientos años de colonización, nadie en la isla hubiese conseguido dar miedo a los jabalíes del bosque.
La columna de marines llegó a un pequeño claro, producido por la caída de un gran roble. La ya experta vista de algunos de ellos detectó las huellas, pero sólo el Capitán Urahawa se dio cuenta del verdadero problema. Instantáneamente, agudos gruñidos surgieron de la espesura, y los jabalíes, a paso lento, amenazante, se dejaron ver, rodeando al grupo excepto por donde habían venido. Era una clara invitación a marcharse. Una invitación que Akinori Urahawa no podía aceptar.
“Están coordinados, actúan con alguna clase de… inteligencia”. El Capitán estaba demasiado acostumbrado a ver como bestias estúpidas a los jabalíes de la isla, se negaba a creer que fueran tan listos. Es más, NUNCA habían sido tan listos, él mismo había cazado decenas… ¿Qué había cambiado?
Un enorme jabalí salió de entre las filas de sus compañeros. Era una criatura imponente, y se le adivinaba el vigor de la juventud. Se comportaba como el macho alfa, pero Urahawa sabía, entre otras cosas, que ningún jabalí aceptaba fácilmente el liderazgo. Eran solitarios, pero eso parecía ser otra cosa que había cambiado. Quizá…
Sacando su espada, Akinori cargó contra el gran jabalí. Con un brillo de astucia, la bestia se apartó, intentando contraatacar con los colmillos. El marine bloqueó el ataque, comprobando como saltaban chispas del choque. Volvió a lanzar una poderosa estocada, pero el animal saltó hacia atrás, recuperando el espacio y cargando de nuevo. Esta vez, sin embargo, no atacó con los colmillos, sino que hizo palanca con el hocico, y Akinori, que no esperaba eso, quedó desequilibrado. Cayó, y se dio cuenta de que estaba muy cerca de su fin. Por todas partes, sus hombres luchaban contra las bestias, aguantando de momento. Rodó por el suelo, evitando los mortales colmillos de su enemigo sin poder hacer nada más. Hizo un movimiento de palanca con las piernas, hurtó el cuerpo al siguiente derrote, y lanzó una poderosa estocada hacia arriba que le impulsó hasta ponerse de pie, y que alcanzó al animal, pese a no poder traspasar su durísima piel. Akinori se encaró con él, y el animal le devolvió una mirada de plena inteligencia. Entonces, sucedió algo que heló la sangre del marine: la bestia se puso de pie sobre sus patas traseras, fluctuó su silueta, y se encontró de frente a una criatura híbrida, se silueta humanoide pero con los rasgos de un jabalí. Pensó que era un espíritu del bosque, y temió realmente por su vida. Luego recapacitó, y se dijo que quizá era un usuario de Akuma no mi. Eso significaba que era humano.
El hombre jabalí arrancó una rama del roble caído y se dirigió contra Akinori. En esa forma se movía más rápido y tenía mayor variedad de ataques, sin perder un ápice de fuerza. El marine tuvo que bloquear una lluvia de golpes terrible. Sin embargo, ahora que tenía un oponente armado, sabía como tratarle, y además tenía un plan.
Esperó lo suficiente para confiarle. Blandió la espada a una mano, esquivando la mitad de los ataques del salvaje. Se llevó la mano al bolsillo posterior, empuñando las esposas para criminales especiales, y haciendo resbalar un golpe por el filo de su arma, puso la nuca del ser a su alcance.
Se había salvado por muy poco. Cinco centímetros, y el colmillo le habría seccionado la yugular. Pero ahora, él y sus hombres abandonaban el bosque con un muchacho de unos doce años, esposado, y múltiples heridas.
El joven era sin duda un huérfano abandonado. Quizá el hijo de una mujer que había fallecido hacía el suficiente tiempo, en el bosque. Cómo la criatura había logrado sobrevivir, y cómo había encontrado la fuente de su poder, eran misterios que quizá ni siquiera él podría explicar.
Nadie quiso acoger en su casa al “hijo de los jabalíes”, porque nadie amaba a las bestias. Así que Akinori, soltero, se tuvo que encargar de cuidar de él, y de convertirle en humano. La disciplina militar fue su principal ayuda, y aunque pronto se hizo entender por el muchacho, al que llamó Hidetoshi, él no quiso hablar.
Pasaron los meses, y los años, hasta que Hide tuvo quince. Ya era un muchacho humano indistinguible de los demás, salvo por su falta de habla. Era educado, y aunque un poco severo en sus modos (educado militarmente, se podía entender), nadie le reprochaba ya su pasado. Además en todo ese tiempo, los animales, privados de un líder con inteligencia de humano, no volvieron a atacar.
Hasta un día en que los leñadores de una aldea volvieron a quejarse a Akinori. Hide estaba presente, y escuchó su relato de cómo las bestias habían atacado sin previo aviso, ensañándose con sus víctimas, y desapareciendo después. Akinori les dijo que se ocuparía de todo y les despidió.
-Mienten. –Dijo una voz a su espalda. –Nunca ha sido así.
Akinori se giró hacia su hijo adoptivo, que contemplaba crispado la puerta por la que habían desaparecido los leñadores.
Hide se ofreció a solucionar él mismo el problema, si los leñadores confesaban lo que había ocurrido. Según el muchacho, los jabalíes no dependían del bosque ni de territorios estables, tenían sitio de sobra, pero en determinados árboles grandes, los preferidos por los hombres, escondían sus madrigueras. Allí tenían a sus crías, y hacían todo lo posible por defenderlas. Los leñadores nunca se molestaban en comprobar si los huecos de las raíces de los grandes árboles estaban vacíos, y muchos jabatos perecían así. De modo que el muchacho se internó en el bosque para tranquilizar a su “familia”, y Akinori resolvió dictar una ley que arreglase el desaguisado. Cuando Hidetoshi volvió, estaba lleno de arañazos, mordiscos y moratones, pero tenía en la cara una sonrisa.
-Han dicho que no atacarán mientras no mueran más crías. –Anunció. –Y que me echan de menos.
Cuatro años más tarde, Hide era ya marine de primera clase, y en su tiempo libre volvía al bosque a contemplar la isla desde un lugar que sólo él había podido contemplar como humano: la Roca del Colmillo. Allí llevó a Akinori tras el asunto de los leñadores, y allí había llevado a una chica, Naoko, a la cual amaba con toda su alma. Naoko había demostrado ser valiente, aceptando cruzar el bosque, y la vista desde allí le resultó merecedora de todos los peligros. Se prometieron, aunque quizá esperasen un poco más para casarse.
Ese día, el joven Urahawa estaba solo. Contemplaba el inmenso mar verde que era el bosque, y al otro lado, las más claras extensiones de hierba de las regiones costeras. Y más allá, el profundo azul del mar, convertido en dorado si miraba en la dirección de la puesta de sol. Al hacerlo, vio que un pequeño punto lo atravesaba. Un barco, fuera de los horarios y fechas establecidos. Algo le dijo que debía volver, y aprisa.
Cuando llegó, era noche cerrada. Había luz en la casa del Capitán, un poco apartada del resto de dependencias de la base. Antes de entrar, el desarrollado olfato del joven marine le indicó que su padre no estaba solo, así que preparó su “disciplinada sonrisa de amabilidad” y entró con resolución. Como familiar del Capitán, él era el único marine que podía entrar allí.
El hombre que hablaba con Akinori se quedó mirando, entre admirado y curioso, al corpulento joven. El Capitán lo presentó como Ax Aberton, Instructor Jefe del Cipher Pol, y con una mirada entre el orgullo y el miedo, anunció a Hide que pensaban reclutarle como agente del gobierno.
Aberton se quedaría como invitado en la base un tiempo, para evaluar y entrenar a Hide. Akinori concedió un permiso indefinido a su hijo para atender a sus entrenamientos. Poco a poco, Aberton explotaba las fantásticas condiciones de su pupilo, pero entonces, el Capitán Urahawa se dio cuenta.
Una noche, sorprendió a Aberton en la habitación de Hide. No parecía hacer nada, pero hablaba en voz muy baja al dormido joven. Akinori oyó consignas de adhesión al Gobierno, expresiones de odio, de crueldad, y demasiadas explicaciones de que el fin justificaba los medios. Lo comprendió enseguida. Estaba entrenando a un asesino. Iban a mandarle al CP9.
A la mañana siguiente, Akinori habló con Aberton. No como marine, sino como padre.
-¿Por qué no se me dijo desde el principio?
-Porque la respuesta es siempre invariable, Capitán. Ningún padre quiere ver a su hijo convertido en asesino. Pero todos ven con orgullo que sirva al Gobierno. Pues nada, servirá.
-No me gusta que me mientan.
-Ja, claro que no, pero todo es necesario. Mire, recorro todos los mares en busca de reclutas prometedores, y creo que éste tiene el potencial para convertirse en el más increíble de los agentes que se conozcan. Mejor incluso que nuestro actual mejor hombre.
-Sí, he oído hablar del “niño de trece años”.
Akinori se estremeció con el recuerdo. No quería que su hijo se convirtiese en aquello, por mucha lealtad que tuviese a sus superiores.
-Además –añadió Aberton, -he encontrado una peculiaridad en su poder…
El marine miró al agente.
-Le cuesta controlarlo, y eso puede beneficiarnos.
-De todos modos, el debe elegir, ¿no? –Interrumpió Akinori. –Aún puede renunciar.
-Podría, pero, usted no intervendrá, porque entonces yo me encargaré de que lo degraden, y de que él jamás salga de barcuchos de mala muerte.
Hidetoshi Urahawa entreabrió los ojos, despacio, muy despacio. Reconoció la corpulenta silueta de un camarada sentado en la silla del visitante.
-Kleb.
-¡Hide, has despertado! ¡Genial! Nos hemos estado turnando para vigilarte. Llegaste fatal, amigo, creímos que te nos ibas.
-Gracias por todo, no tengo palabras.
Urahawa reprimió un gruñido de dolor al respirar algo más hondo. Localizó el olor del acero en el hacha de su compadre, que estaba uniformado.
-¿Estamos aún de servicio?
-Si, me temo, has dormido varios días. Nos hemos movido bastante. Apenas salimos de Ornegorsk, nos encomendaron el siguiente paso de la misión, bastante más tranquilito, y gracias, porque todos estamos machacadísimos.
-Me lo figuro, oye, Kleb…
-¿Si?
-Quiero renovar el pacto.
-Claro que sí. No te preocupes, como te dije aquél día, juro que si algún día nos faltas, yo me encargaré de que a tu familia nunca le falte nada, y te mantendré vivo en su memoria.
-Y tú tienes mi palabra de que haré lo mismo, amigo mío.
-No lo pongo en duda… si llega el momento, Hide, porque de ésta vas a salir.
Urahawa volvió a recostarse, más tranquilo. Se sentía débil, casi incapaz de luchar. El dolor era aún agudo, y sólo deseaba volver a dormir.
-Por cierto, Kleb, ¿me vas a decir de una vez dónde estamos?