El Gran Tema de la Piratería

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thebodhman
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Re: El Gran Tema de la Piratería

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Las capitales de la piratería (IV): Cilicia

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Buenos días amigos! Hoy vamos a seguir hablando de las regiones del mundo que se convirtieron en los principales focos de la piratería a lo largo de la Historia, y para ello nos vamos a ir muy atrás en el tiempo, bastante más de lo que lo solemos hacer en este tema, para hablar del azote del Mediterráneo Oriental en los últimos siglos antes de Cristo: los piratas cilicios.

Cilicia es una región situada en el sureste de la península de Anatolia, en la actual Turquía, que consiste en llanuras fértiles rodeadas de colinas y montañas, con límites difíciles de precisar al este y al oeste, mientras que al norte y al sur la cosa está más clara, con los montes Tauro y el mar sirviendo de fronteras evidentes. En general, la parte occidental es más accidentada, y la oriental más llana; la costa presenta multitud de calas y puertos naturales.
En cualquier caso, se trata de una zona habitada desde época muy temprana y que por su ubicación en la confluencia de Asia Menor y el Levante, fue escenario de muchos conflictos y cambios de hegemonía. En lo que nos toca, ya en la Edad del Hierro, Cilicia pasó por varias etapas de independencia y dominio externo (asirios, persas, macedonios...), pero no jugó un papel importante como capital pirata hasta mediados del siglo II a.C. Esto sucedió por varios motivos: por un lado, en torno al 150 a.C. Cartago desapareció como poder naval. Debilitada por los romanos tras las Guerras Púnicas, estos finalmente destruyen la ciudad en el 146, lo que supone que el Mediterráneo queda abierto a un cambio de hegemonía. Roma, que carece de tradición y espíritu marinero, no ocupa el lugar de Cartago como potencia naval en este momento, dejando un vacío de poder que fomentará la actuación de los piratas, que no tendrán oposición fuerte, salvo en las aguas más inmediatamente cercanas a Italia, o en el Egeo, donde los griegos aún conservaban cierta capacidad defensiva, pese a la decadencia de la región.
Por otro lado, los grandes poderes del Mediterráneo Oriental, que eran la Persia seléucida (quien en teoría gobernaba Cilicia) y el Egipto ptolemaico, estados descendientes del imperio de Alejandro Magno, se encuentran también en retroceso y agotados por décadas de guerras, tanto entre ellos como con otras entidades, y cualquier control que pudieran ejercer sobre sus aguas había quedado reducido enormemente.
A esto hay que sumar además factores económicos: el crecimiento de Roma y el establecimiento del sistema de latifundia, enormes fincas agrarias cultivadas por esclavos, hizo que la demanda de estos se disparase y con ello, su precio. Con el mar abierto a la piratería y las costas desprotegidas, se crea la oportunidad perfecta para que un nuevo poder aproveche la situación.

Así, sin nadie que los controle, los habitantes de Cilicia comienzan a lanzarse a la mar en masa, ante la impotencia del imperio seléucida de controlar lo que efectivamente es parte de su territorio, y procederán, como escribió Dión Casio, a formar grandes flotas y a atacar principalmente a otras naves, pero también las costas del Mediterráneo, volviéndose famosos algunos de sus comandantes; aquellos que se les oponían en el mar eran destruidos, o incapaces de perseguirlos debido a sus naves más rápidas y ligeras, lo que les permitía escapar para más tarde reanudar sus saqueos.
En esta situación no ayudaba la disposición de algunos gobernantes de aliarse con los piratas según les conviniese, como fue el caso de las regiones cercanas de Panfilia e Isauria, que decidieron que era mejor colaborar con ello que oponérseles. Ante este panorama, Roma envió a Publio Cornelio Escipión Emiliano a observar y evaluar la posible amenaza en el 140 a.C., pero de momento no se llevó a cabo ninguna acción importante contra ellos; no había voluntad ni recursos que destinar a esta labor, cuando Roma estaba ocupada con otras muchas guerras y asuntos, y mientras los piratas contribuyesen al mercado mediterráneo de esclavos.
Los piratas cilicios se extenderán por el mar Mediterráneo, estableciendo bases en costas e islas cada vez más lejos y nutriéndose de exiliados de guerra que se unían a ellos para protegerse y enriquecerse. Con el tiempo, ganarán suficiente fuerza para atreverse a lanzar ataques tierra adentro desde sus bases, aumentando la inestabilidad de las regiones costeras de toda la región mediterránea.

Con el tiempo, las acciones de los piratas causaron suficientes molestias a Roma como para que se decidiesen a abordar el problema directamente. Sí, eran una fuente importante de esclavos, pero también lo eran las victorias militares, y Roma era ya un poder consolidado y en expansión rodeado de pueblos y culturas que conquistar y esclavizar. Por otro lado, las interrupciones de las líneas de suministros marítimas causadas por los piratas comenzaban a ser un problema, especialmente en lo referente al grano procedente de Egipto, vital para abastecer Roma de alimento.
En el 103. a.C., Roma envió una expedición comandada por Marco Antonio (no el triunviro, sino su padre), que estableció una provincia romana en Cilicia y comenzó a a atacar las bases piratas, obteniendo éxitos temporales, pues la mayoría de piratas simplemente huyó a Creta, para regresar más tarde una vez la presión romana se relajó. Las guerras, y los comienzos de la inestabilidad civil y la erosión del sistema republicano eran problemas más acuciantes. En el 96 a.C., el futuro dictador Lucio Cornelio Sila fue nombrado propretor y gobernador de Cilicia, pero durante su mandato la región estuvo a punto de ser invadida por los persas del Imperio Parto, lo que le mantuvo ocupado.
Otra guerra estalló en la región en el año 89 a.C., la I Guerra Mitridática, contra Mitrídates VI de Ponto, un reino de la Anatolia nororiental. Mitrídates se valió de los piratas para debilitar la presencia romana en Asia Menor, lo que provocó nuevos enfrentamientos entre estos, y con ello la destrucción de bases piratas, al tiempo que las flotas de los cilicios saqueaban posesiones romanas en el Egeo, destacando numerosos casos de ataques a santuarios.
Hubo nuevos éxitos con otro gobernador, Publio Servilio Vatia el Isáurico, quien expandió la provincia tras una serie de victorias contra los piratas, consolidándola en el 74 a.C. En estos éxitos participó un joven tribuno militar llamado Cayo Julio César (este sí es el famoso), quien poco después fue secuestrado por los piratas cuando navegaba por la zona. Famosamente, pasó varias semanas con ellos mientras sus hombres reunían el rescate, y una vez liberado, armó una flota y los capturó, recuperando el dinero y ejecutándolos poco después.
También en el 74 se lograron victorias contra los piratas en Creta.

Las victorias de romanas no fueron definitivas, antes parecieron envalentonar a los piratas, que lanzaron ataques cada vez más audaces, atreviéndose a atacar Italia directamente, saqueando ciudades como Brindisi y las costas de Campania y Etruria, y secuestrando por rescate a mujeres romanas y algunos notables. En el año 70 a.C., Cecilio Metelo se enfrentó a los piratas en aguas sicilianas y del suroeste italiano. Poco después, los piratas llegaron a saquear Ostia, el principal puerto de la ciudad de Roma, una provocación sin precedentes que sería el punto de inflexión en el conflicto.
En el año 67 a.C., el prominente político Cneo Pompeyo Magno recibió el encargo de comandar una flota en una campaña especial contra los piratas, para la cual se le otorgaron poderes militares casi absolutos en el mar y costas (hasta unos 70 Km. tierra adentro) durante un periodo de tres años. Con 270 naves, unos 120.000 hombres y autorizado para emplear los fondos públicos que necesitase, Pompeyo se dispuso a acometer la limpieza del Mediterráneo. Por su parte, los piratas contaban, según Casio y Apiano de Alejandría, con 1000 naves, y habían ocupado o saqueado unas 400 ciudades a lo largo del mar.

Pompeyo organizó la campaña con una estrategia sólida: dividió el Mediterráneo en 15 secciones, y asignó naves y legados a cada una de ellas, de modo que los piratas no tuvieran a dónde huir sin toparse con flotillas romanas. El resultado fue óptimo: abrumados por la presión romana y sin poder huir, las fortalezas piratas en la mitad occidental del Mediterráneo cayeron o se rindieron rápidamente; al cabo de 40 días de campaña, las aguas del Mar Tirreno, Libia, Córcega, Cerdeña, y Sicilia habían sido pacificadas.
En cuanto al este, la campaña prosiguió con la misma eficiencia, se capturaron 70 naves y otras 300 se rindieron, y se calcula que murieron alrededor de 10.000 piratas, habiéndose rendido otros 20.000. Finalmente, Pompeyo asedió las últimas fortalezas de los piratas en las montañas al norte de Cilicia, que se rindieron tras negociar con el general romano.
Pompeyo, según cuenta Plutarco, fue clemente con los piratas sometidos, y antes que ejecutarlos en masa prefirió reasentar al menos a parte de ellos en las ciudades capturadas, de modo que contribuyesen a su reconstrucción y a la recuperación económica de la región, lo que parece que dio resultado. En apenas tres meses, Pompeyo había hecho desaparecer a quienes habían controlado el mediterráneo durante décadas, lo que le valió un regreso triunfal a Roma, antes de partir de nuevo a Oriente a enfrentarse a otros enemigos. La piratería en el Mediterráneo quedo así, si bien no erradicada, al menos reducida inmensamente y no resurgiendo hasta siglos después.

Gracias por leer.
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Re: El Gran Tema de la Piratería

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Las capitales de la piratería (V): Madagascar

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Hola, amigos!

Ha pasado algo de tiempo desde mi último post, pero viendo que el tema va a cumplir ya un año, me he puesto las pilas para sacar una nueva entrega en esta serie de posts sobre las regiones de interés para la historia de la piratería, y en este caso le ha tocado el turno a Madagascar, puerta de entrada a las riquezas del Índico y parada obligada para los piratas que buscaban fortuna en esas aguas.

Madagascar es, si consideramos las masas de tierra mayores que Groenlandia como continentes, la cuarta isla más grande del mundo. A pesar de ello, su poblamiento fue bastante tardío, comparado con la mayoría de territorios e islas de dimensiones semejantes, y aunque es posible que hubiese asentamientos y visitas anteriores, no se considera consistentemente habitada hasta la primera mitad del primer milenio d.C. Pese a la proximidad de África, estos primeros pobladores no provenían de allí, sino del sureste asiático (la actual Malasia), aunque para el siglo X los habitantes de la costa del actual Mozambique llegaron también a la isla y comenzaron a asentarse en el noreste y a mezclarse con los primeros pobladores. Para 1100, se considera que la isla ya estaba asentada en todas sus regiones.

La historia de Madagascar con los piratas comienza con la era de la exploración del océano Índico, cuando la tecnología naval europea y la búsqueda de rutas comerciales llevan, primero a los portugueses y más tarde a otras naciones, a aventurarse a explorar las aguas que rodean África.
Madagascar no era desconocida para los europeos, pues las fuentes árabes hablan de la isla desde época bastante temprana, y Marco Polo recogió estas historias en su obra. Así, los primeros exploradores portugueses que encontraron la isla por accidente el 10 de agosto de 1500, tenían ya una idea aproximada de su ubicación y dimensiones. Diogo Dias, capitán de la expedición y el primer europeo que visitó la isla, la llamó San Lorenzo y comunicó su descubrimiento a su regreso a Portugal, pero el interés fue escaso. Los portugueses no harían intentos serios de asentamiento, contentándose con utilizar la isla como escala de abastecimiento. Los ingleses y franceses sí lo intentaron con mayor seriedad en los siglos siguientes, pero con numerosas dificultades y escaso éxito. Los primeros habían fundado un asentamiento cerca de la actual ciudad de Toliara, pero la mala calidad del suelo, junto con las enfermedades y la hostilidad de los malgaches (los nativos) le pusieron fin en 1646. Tres años después, abandonaron también Île Sainte-Marie, en la costa noreste.
Respecto a los franceses, su colonia de Fort Dauphin no corrió mucha mejor suerte. En 1642, como parte de un intento de colonizar Madagascar, la corona francesa comenzó a enviar personal civil y militar a la isla, donde fundaron el fuerte y pueblo de Fort Dauphin, en el sur de la isla. De nuevo, enfermedades y problemas para obtener cosechas en ese clima evitaron que la colonia prosperase, y pronto comenzaron a molestar a las tribus locales: a sus aliados, porque siempre necesitaban recursos, y a sus enemigos porque convirtieron las incursiones de saqueo en su principal actividad económica, pues la agricultura había fallado y tampoco funcionaban como puesto comercial, ya que no tenían a quién vender nada. En 1674 los nativos atacaron el asentamiento, matando a cerca de la mitad de los hombres, mientras que la otra escapó en un barco.

Con este panorama de una Madagascar hostil y resistente a la colonización, en la que las potencias europeas no encontraban el modo de establecer su presencia (y que les causaba importantes pérdidas económicas), no es de extrañar que los proscritos de los mares encontrasen la isla de su agrado. Los piratas, que no tenían (en general) ambiciones tan grandes, hicieron de las costas e islotes en torno a Madagascar su refugio en la ruta hacia el Índico, comerciando con armas y otros bienes con los malgaches a cambio de provisiones. Piratas como Henry Every, William Kidd o Thomas Tew fueron llegando a partir de la década de 1680, como vimos en los temas de los respectivos, con la intención de saquear las flotas que cubrían el trayecto entre la Meca y la India cargadas de riquezas. Otros, menos afortunados, naufragaron en la isla y fundaron asentamientos piratas en colaboración con los malgaches, quienes, habiendo sido puestos al corriente de la demanda europea de esclavos, comenzaron a vender a sus enemigos a los piratas que visitaban estas bases.
Île Sainte-Marie, o Saint Mary, abandonada por los ingleses en 1649, se convirtió en uno de los puertos piratas por excelencia desde 1691, bajo el mando de Adam Baldridge, que se convirtió en un caudillo local con el apoyo de mercaderes de Nueva York, que enviaban suministros a cambio de esclavos. Baldridge, por su parte, podía cobrar sumas muy altas a los piratas visitantes, gracias a este monopolio, lo que le hizo rico y poderoso en la zona, hasta que un conflicto con los nativos le obligó a huir en 1697. De acuerdo al relato de nuestro querido e infortunado capitán William Kidd (fue aquí donde tuvo su fatídico encuentro con Robert Culliford), Baldridge habría vendido como esclavos a un gran número de nativos, causando ira generalizada y un ataque sobre el asentamiento en el que murieron muchos piratas. A Baldridge le sucedió Edward Welch, que prosiguió con las labores de proveedor de la piratería en esas aguas, (aunque sin los contactos de su predecesor) hasta su muerte en 1708. Mientras tanto, Baldridge se presentó ante el gobernador de Nueva York, Bellomont, (de quien ya hablamos en los posts sobre William Kidd), a quien propuso crear una colonia inglesa en Saint Mary, probablemente con la intención de recuperar su posición, pero su idea no dio fruto.
Otros piratas se asentaron más al sur, en las ruinas de Fort Dauphin. Abraham Samuel, uno de los supervivientes del ataque a Saint Mary, se vio encallado en las cercanías de la abandonada colonia francesa. Su suerte dio un giro muy improbable cuando una anciana reina local vio marcas de nacimiento en su cuerpo, que la llevaron a identificarle como el hijo perdido que su marido francés se había llevado con él tras la masacre de 1674 (Samuel era probablemente biracial, pero no se sabe si nació en Madagascar o en el Caribe, y mucho menos si la reina estaba en lo cierto). En cualquier caso, Abraham Samuel se convirtió en rey, y con los veinte piratas supervivientes y 300 soldados nativos, se estableció como un poder local, pero su actitud ante otros piratas fue mayormente hostil. Cuando accedía a comerciar con ellos, les hacía pagar tasas comerciales abusivas, y más a menudo simplemente saqueaba las naves que atracaban en sus dominios. Samuel murió finalmente hacia 1705.

Otros piratas de renombre en la región fueron John Pro y Thomas Collins. El primero, un holandés, había navegado y hecho fortuna en el Índico durante años, fue uno de los que permaneció en Saint Mary tras la huida de Baldridge, escapando por los pelos de los británicos tras ser capturado durante una expedición antipiratería en 1704 y prosiguiendo con la actividad unos años más, hasta establecerse de nuevo en el puerto pirata como tratante de esclavos, actividad que le reportó gran fortuna.
Por su parte, Collins, que probablemente había navegado con Pro, y de hecho había escapado con él de los británicos en la ya mencionada expedición, se convirtió en el sustituto de Abraham Samuel en Fort Dauphin en 1707, enriqueciéndose también vendiendo esclavos y con los aranceles portuarios a los visitantes. Ambos piratas murieron en 1719.
También hay que mencionar a James Plaintain, pirata inglés que se estableció en la isla en 1720 tras haberse quedado en tierra con otros piratas. Se desconoce si esto fue voluntario o no; Plaintain y sus compañeros habían navegado con la flotilla de Edward England, y tras una captura exitosa fueron a Madagascar a repartir el botín y aprovisionarse. El caso es que Plaintain y los suyos conservaban su parte de las ganancias, y las emplearon en construir su asentamiento y en ganarse la amistad de los nativos cercanos, a quienes instruyó en el uso de las armas de fuego. El asentamiento de Rantabe se convirtió en otro puerto pirata, que ofrecía comida, agua y esclavos a cambio de armas y otros bienes, como licor y textiles. Plaintain se convirtió en líder guerrero, y como Baldridge y Samuel antes que él, formó un harén de esposas nativas y pasó a formar parte de la política local.

Casi para cerrar, hay que mencionar el mito de la colonia pirata de Libertalia, el asentamiento supuestamente fundado por el capitán James Misson con el propósito de servir de refugio a gentes de todo credo y color, donde podrían vivir en libertad lejos de la civilización y sus vicios. Una utopía democrática demasiado buena para ser real, Libertalia es considerada por los expertos como una invención o una exageración basada en noticias de los asentamientos piratas de la isla que ya hemos comentado. Como tantos otros detalles de la historia de la piratería, Libertalia nos llega únicamente de la pluma de Charles Johnson y su General History of the Pyrates de 1724, obra imprescindible pero poco fiable en muchas cosas, en la que lo ficticio y lo real se confunden y no se pueden contrastar en muchos casos.
Fuera real Libertalia o no, lo cierto es que la gran isla de Madagascar sí fue un refugio fundamental para los piratas del Índico, donde un lobo de mar podía convertirse en rey de un paraíso tropical, y disfrutar de libertad, riquezas y mujeres como en pocas partes del mundo. No obstante, lo bueno (si lo podemos llamar así) nunca dura mucho. Los asentamientos piratas encontraron su fin desde 1725, conforme las dinámicas de poder locales cambiaban y ante la presión naval europea aumentaba (el último gran éxito pirata en esas aguas, protagonizado por Olivier Levasseur en 1723 atrajo mucha atención indeseada de las autoridades). Muchos piratas se asimilaron con los malgaches y su cultura, abandonando la actividad, mientras que otros se acogían a perdones y amnistías y regresaban a sus hogares en Europa, y otros, menos, proseguían con sus crímenes en otros lugares. James Plaintain, por ejemplo, acabó como marino en la Armada Maratha en la India en 1728, expulsado por sus enemigos malgaches, lejos de sus días de riqueza y poder en la hermosa, y por algún tiempo aún indómita Madagascar.

Gracias por leer.
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Re: El Gran Tema de la Piratería

Mensaje por thebodhman »

Woodes Rogers (I): La vuelta al mundo

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Hola una vez más, amigos, y bienvenidos a otra entrega del Gran Tema de la Piratería, pero esta vez con algo ligeramente distinto, pues el hombre de quien vamos a hablar no fue un pirata. Woodes Rogers fue corsario, aventurero, explorador, cazador de piratas y gobernador de Nassau en dos ocasiones, y su influencia y papel en el mundo de la piratería ameritan con mucho su inclusión en este tema.

Rogers, de quien si recordáis ya hemos hablado con anterioridad, nació alrededor del año 1679 en Inglaterra. Era el hijo mayor del capitán mercante Woods Rogers, un marino de éxito y riqueza. Sin embargo, su ocupación le mantenía lejos de su familia nueve de cada doce meses, por lo que padre e hijo nunca tuvieron una relación muy estrecha. En cualquier caso, el padre de Woodes se preocupó de proporcionarle educación y aprendizaje en la carrera naval, esperando que lo sucediese a la cabeza de la empresa familiar. Rogers comenzó su carrera en Bristol, bajo el capitán Yeamans, en cuyo barco navegó durante siete años, como parte de la flota pesquera de Terranova.
En 1704, con unos 25 años, Rogers ya era un marinero hecho y derecho, integrado en los círculos sociales de Bristol, una de las ciudades marítimas más importantes de Inglaterra. Al año siguiente, contraía matrimonio con Sarah Whetstone, hija de un contraalmirante de la Marina Real. Otro año más tarde, en 1706, heredaba el negocio y las naves de su padre, habiendo muerto este en el mar, aunque esto no significa que se volviese especialmente adinerado; el negocio frecuentemente incurría en pérdidas, y su familia dependía de él como única fuente de ingresos.

La cosa es que para 1706, la situación en los mares se había vuelto caótica y complicada, ya que Inglaterra se hallaba inmersa en la Guerra de Sucesión Española, que había comenzado cuatro años antes. Por un lado era una oportunidad de negocios para el empresario audaz, pero el riesgo era alto: del mismo modo que había mucha fortuna que hacer adquiriendo patentes de corso y preparando expediciones contra los franceses y españoles, también se podía perder ante los corsarios que financiaban estos.
La empresa de Rogers adquirió varias patentes de corso en este momento, pero en general el balance fue negativo: una de sus naves fue capturada camino a África a adquirir esclavos, y algunas más se le sumaron más adelante, con lo que la fortuna personal de Rogers sufrió un golpe importante, que le obligó a considerar diversas formas de recuperar las pérdidas.
Al final del año 1707, la respuesta llegó de la mano de William Dampier, navegante y amigo de Rogers, que le propuso formar parte de una expedición corsaria contra los españoles en el Pacífico, como la que Dampier había comandado en 1703 y de la cual acababa de regresar (y de la cual ya hablamos en este post). Aparentemente desconocedor de los problemas que había atravesado esa expedición y de su fracaso final (del cual buena parte de la culpa la tuvo Dampier), Rogers aceptó. La financiación fue procurada por numerosos empresarios y ciudadanos notables de Bristol, a cambio de un porcentaje de las posibles ganancias (la cantidad de inversores y la cuantía de la inversión hace pensar que Rogers y Dampier debieron presentar la aventura muy convincentemente). Con el dinero, se construyeron dos fragatas, la Duke y la Duchess, con Rogers como capitán de la primera y comandante en jefe de la expedición, el capitán Edward Cooke al mando de la segunda, y con Dampier como navegante (muy feliz este de haber escapado de Inglaterra, pues los socios capitalistas de su anterior expedición estaban preparando una demanda contra él por los desastrosos resultados de la misma. Es de suponer que esto los inversores de la nueva expedición no lo conocían).

El 15 de junio de 1708, las naves de Rogers partían por el río Avon, camino del Atlántico. Como suele ser habitual en el corso, por lo que hemos visto en otras expediciones similares, los problemas empezaron casi de inmediato: un mes de retraso mientras preparaba los barcos en Irlanda, donde se había visto forzado a atracar para también reclutar más tripulantes, ante la deserción o despido de 40 de los originales; un intento de motín ya en el mar, ante la negativa de Rogers de atacar una nave sueca neutral; una escala en Tenerife para aprovisionarse de vino y textiles, de cara al frío pasaje al Pacífico por el Cabo de Hornos. Una vez al otro lado de Sudamérica, la intención era saquear poblaciones costeras y capturar naves enemigas, preferiblemente galeones cargados del oro y la plata de Perú y Chile, que partían hacia Filipinas y China. Pero primero había que llegar al Pacífico, y era esta una travesía nada fácil en aquel entonces.
Tras aprovisionarse de agua y madera en Cabo Verde, de donde partieron el 30 de septiembre, la expedición puso rumbo a Sudamérica, con la última escala en las Malvinas el 30 de noviembre.
El paso por el Cabo de Hornos es conocido, con justicia, por su dificultad y las condiciones adversas que lo volvían impracticable parte del año. En el caso de la expedición de Rogers, los fuertes vientos casi hacen volcar la Duchess, y los empujaron a la latitud 61.53 , más al sur de lo que había navegado nadie hasta entonces, y más cerca de la Antártida que de Sudamérica. Pese a todo, pudieron proseguir hacia el norte, volviendo a tener Chile a la vista.

Sin embargo, los problemas aún no habían terminado. A pesar de que Rogers se había preocupado de obtener limas para prevenir el escorbuto, práctica aún no aceptada generalmente, estas ya se habían acabado, y la enfermedad comenzó a afectar a la tripulación. Siete hombres murieron a causa del escorbuto.
Gracias a los conocimientos de Dampier sobre las agua cercanas a Chile, la Duke y la Duchess pudieron llegar el 1 de febrero de 1709 a las islas Juan Fernández, donde encontraron al abandonado Alexander Selkirk, cuya historia ya contamos aquí y aquí, y que no vamos a repetir ahora; basta con decir que Rogers aceptó a Selkirk en su barco, y lo nombró segundo de a bordo, con la recomendación de Dampier, que recordaba al desventurado marinero y habló en favor de sus habilidades náuticas.
Repuestos gracias a la carne y vegetales frescos que obtuvieron en Juan Fernández, la flotilla emprendió ahora el objetivo de la misión. Con la isla Gorgona (actual Colombia) como base y refugio, Woodes Rogers pasó el resto de febrero y marzo saqueando y capturando las naves españolas que se les cruzaban, con éxitos modestos. El 12 de abril, el consejo de la expedición acordó atacar Guayaquil, en el actual Ecuador, que saquearon, aceptando un rescate a cambio de no incendiarla. Durante este episodio, la tripulación probó difícil de controlar, tanto en sus acciones como en el reparto del botín. Se produjeron numerosas discusiones y negociaciones sobre lo establecido al comienzo de la expedición, en Bristol, pero se lograron evitar conflictos serios.
La campaña prosiguió el resto de 1709, y para el mes de diciembre, con dos barcos capturados sumados a la flotilla, Rogers emprendió la búsqueda de los dos galeones del tesoro que cubrían la ruta Acapulco-Manila, el objetivo principal de la expedición, el plato fuerte; pero no hubo suerte hasta el día 22, cuando ya comenzaban a perder la esperanza de encontrar su presa y el ánimo de los corsarios comenzaba a zozobrar. Esa mañana avistaron el Nuestra señora de la Encarnación y Desengaño, de 450 toneladas y 193 tripulantes, y tras apenas hora y media de combate, este se rindió. El día de Navidad encontraron el segundo galeón, el Nuestra señora de Begoña, pero este consiguió rechazarlos tras una encarnizada batalla que duró siete horas y que dejó la flotilla corsaria seriamente dañada, y a Rogers con una herida de bala en el paladar, pero conservaron el Desengaño y sus tesoros.

Con el enfrentamiento contra los galeones del tesoro finalizado con éxito parcial, y con ello cumplido el motivo del viaje de forma razonablemente satisfactoria, Woodes Rogers puso rumbo oeste para volver a casa, con la intención de rodear el globo.
El 11 de marzo de 1710 la flotilla llegó a la isla de Guam, donde se abastecieron y descansaron durante diez días antes de afrontar el resto del Pacífico. Así, el 21 zarpaban hacia Batavia, la actual Yakarta, por aquel entonces una de las principales bases holandesas en las Indias Orientales, y puerto amigo por la alianza entre Inglaterra y Países Bajos, donde podrían planear la siguiente etapa.
Rogers llegó a Batavia un mes más tarde, y allí, mientras se recuperaba de sus heridas, cometió un error que le perseguiría hasta volver a casa y que le acarrearía consecuencias legales duraderas. El capitán Rogers, tal vez inconsciente de estar cometiendo una infracción, o tal vez confiando en no ser descubierto, vendió uno de sus barcos a los holandeses y comerció con otros bienes con ellos, lo que constituía una quiebra del monopolio comercial de la EITC (Compañía Inglesa de las Indias Orientales) en esas aguas, que impedía a particulares y sociedades inglesas intercambiar productos con cualquier otra potencia sin su conocimiento y consentimiento.
Por el momento, sin embargo, Rogers solo estaba preocupado con organizar el regreso a Inglaterra con todos los tesoros saqueados, conservando las dos fragatas originales y la mayoría de la tripulación, lo que sería un éxito casi sin precedentes en un viaje de esta magnitud. El 23 de octubre estuvieron listos para partir rumbo a Ciudad del Cabo, en Sudáfrica, donde llegaron el 28 de diciembre, tras casi perder el Duke, cuyas vías de agua se reabrieron en la travesía. De nuevo, la escala se alargó; debido a los rigores del viaje y el riesgo de captura por parte de corsarios franceses, la flotilla no zarpó hasta el 6 de abril, en compañía de otros 16 barcos de guerra holandeses. La flota llegó a Tetzel, o Texel, en Países Bajos, el 23 de julio. Allí permanecerían varios meses más; el tramo final hasta Londres era corto, pero estaba infestado de enemigos, y las naves de Rogers no estaban en condiciones de resistir un ataque, y este tampoco estaba por la labor de perder el botín tan cerca ya de terminar su aventura. Una vez pudieran coordinar con el Almirantazgo para que enviasen una escolta, reparasen las naves, se recuperasen de as enfermedades y la malnutrición, los corsarios podrían regresar a Gran Bretaña.

Finalmente, el 22 de septiembre pudieron ponerse en marcha, y el 14 de octubre estaban por fin a salvo en Londres. Woodes Rogers había dado la vuelta al mundo y capturado una veintena de naves, incluyendo un galeón de Manila, y en las bodegas de las tres que llevó a Inglaterra llevaba oro y plata en lingotes y monedas, joyas, gemas, perlas y numerosos mapas precisos de las aguas visitadas, de incalculable valor para el futuro de la navegación inglesa en esa parte del mundo. Todo esto sin perder las naves que habían comprado para él sus socios, y conservando gran parte de la tripulación. Rogers se había convertido en el hombre del momento, pero sus problemas no habían terminado aún, de hecho, apenas acababan de comenzar.

CONTNUARÁ
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Re: El Gran Tema de la Piratería

Mensaje por thebodhman »

Woodes Rogers (II): de deudor a gobernador

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Hola amigos! Vamos a retomar el tema que dejamos a medias en la última ocasión: la vida y aventuras de Woodes Rogers, el marino, corsario, tratante de esclavos y mil cosas más, que acababa de regresar a Inglaterra tras una empresa de tres años en el Pacífico.
Como dijimos, Rogers no regresaba de cualquier manera, su vuelta al mundo había sido la más exitosa jamás llevada acabo por un marino inglés, en tanto que conservaba las naves con que partió y la mayoría de sus hombres; también había sido notablemente exitosa en sus objetivos corsarios, pues las naves regresaban cargadas de botín de guerra.

La cosa, sin embargo, no estaba para nada resuelta. En el pasado post comentamos que los negocios que Rogers había llevado a cabo con los holandeses allá por Indonesia le iban a pasar factura, pues bien, ese momento llegaba ahora. La EITC, una de las compañías comerciales más poderosas de la Historia, ejercía un monopolio sobre todas las actividades mercantiles llevadas a cabo por ciudadanos ingleses en el Océano Índico, monopolio que Rogers se había saltado comerciando con los holandeses en Batavia. Para cuando la expedición estuvo de vuelta en Londres, los agentes de la Compañía ya habían trasladado la noticia de la infracción a la sede local, y habían interpuesto la demanda contra Rogers y los patrocinadores de la empresa. La EITC envió hombres para hacerse con el galeón español capturado por la fuerza, lo que consiguieron a pesar de la resistencia de la tripulación. Rogers se vio inmerso en procedimientos legales para resolver la situación con la Compañía, y con las tripulaciones, que mientras se prolongaban los litigios estaban pendientes de recibir su parte de los beneficios.
Para cando la situación finalmente se resolvió, la EITC se había hecho con un 4% del total del botín en indemnizaciones por parte de los socios de la expedición, quienes, por su parte, vieron dobladas sus inversiones. Rogers, sin embargo, no resultó bien parado: su parte del botín, equivalente a unos 300.000€, se le fue en pagar las deudas que había acumulado su familia en su ausencia, dejándole prácticamente como estaba antes de partir. La muerte de su suegro le había dejado sin apoyo económico, y tuvo que vender su casa, y tras los juicios contra la tripulación, acabó declarándose en bancarrota.

En 1713, Woodes Rogers, pese a ser considerado un héroe y una celebridad, estaba en la ruina. Su relato del viaje, publicado poco antes, tuvo bastante éxito, pero los beneficios fueron destinados a cubrir gastos legales. Su situación familiar se había deteriorado también, y no tardó en separarse de su esposa, Sarah Rogers. Woodes estaba sin un penique, y desfigurado por la herida de bala que recibió en la expedición, pero conservaba contactos, estatus y reputación. Fue así que consiguió convencer a una serie de empresarios y comerciantes londinenses para que sufragasen una nueva expedición con él al mando, esta vez a Madagascar, con el beneplácito y el apoyo de la EITC en esta ocasión, a quienes les interesaba la información que Rogers pudiese obtener acerca de la situación de la isla, y de los piratas que la usaban como base (más información sobre los piratas de Madagascar en este tema), así como de la viabilidad de eliminarlos y establecer colonias inglesas en su lugar.
Sobre el papel y como aliciente para sus patrocinadores, la finalidad de la expedición era oficialmente la adquisición de esclavos, actividad con la que Rogers esperaba también recuperar su fortuna. Se adquirieron armas de fuego y alcohol con el propósito de ser intercambiados por esclavos y se botó una nave para Rogers, la Delicia, un mercante de 460 toneladas, 36 cañones, y alrededor del centenar de tripulantes. Disponía de bodegas amplias, tres mástiles, y su armamento lo ponía al nivel de un barco de guerra. Para finales de año, Rogers estaba listo para hacerse a la mar de nuevo.

La expedición a Madagascar de Woodes Rogers no está tan bien documentada como su vuelta al mundo, pero por lo que sabemos, llegó a su destino en torno a marzo de 1714. En esta ocasión, los objetivos eran relativamente simples, averiguar lo que pudiese sobre el estatus de la piratería, adquirir esclavos, y regresar para dar su informe. Rogers pasó dos meses en la isla llevando a cabo su cometido, comprando nativos e informándose sobre las bases piratas, sus fuerzas y sus naves. Tras completar los intercambios y su investigación, Rogers puso rumbo a Indonesia a vender su cargamento de esclavos a los holandeses, como estipulaba su acuerdo con la EITC, y una vez hecho esto, de vuelta al Atlántico y a Inglaterra. A mediados de 1715 ya estaba de nuevo en Londres, presentando su informe y discutiendo con la EITC el siguiente paso respecto a Madagascar (y combatiendo en las cortes a algunos de los tripulantes de la expedición de su vuelta al mundo, que reclamaban no haber recibido aún su parte del botín).
La expedición había sido exitosa, aunque solo moderadamente. La venta de esclavos había generado beneficios a los patrocinadores y a Rogers, aunque en su caso fueron bastante limitados y prontamente absorbidos por sus deudas; la situación de Rogers no había mejorado sustancialmente, y además sus previsiones a largo plazo se fueron al traste cuando la EITC decidió finalmente no seguir adelante en Madagascar, temiendo que una colonia en la isla amenazaría su monopolio más que unos cuantos piratas.
Así las cosas, Rogers se vio obligado a cambiar su enfoque. Seguía convencido de que la caza de piratas podía ser una actividad muy lucrativa, por lo que simplemente decidió apuntar a otro foco de la actividad: el Caribe. Al igual que dos años atrás, Rogers se valió de la ayuda de sus amigos para convencer a partes interesadas de que le apoyasen, solo que en esta ocasión estos amigos estaban mejor posicionados, con un buen número de ellos en la corte de Jorge I, rey de Inglaterra.

Con las piezas sobre el tablero, Rogers formó una empresa para la gestión de la nueva aventura, que comenzó con un acuerdo con el gobierno de las colonias de Carolina, en Norteamérica. El foco de la piratería en el Caribe era en estos momentos el puerto de Nassau, en las Bahamas, nominalmente territorio inglés bajo el mandato del gobernador de las Carolinas, pero en la práctica una república pirata. El acuerdo con el gobernador consistía en que devolviesen ese mandato de jure al rey, para que este se lo otorgase a Rogers, que emplearía su nueva autoridad para poner fin a la actividad pirata (a cambio, el mandato volvería a los gobernadores de las Carolinas pasados 21 años, y Rogers les pagaría todo ese tiempo una suma periódica simbólica). Todo esto sería financiado por los patrocinadores con los que fundó la empresa, a cambio de privilegios comerciales y territoriales en la colonia una vez se restaurara el orden. La Corona, de momento, esperaría antes de involucrar fondos públicos en la campaña.
Así, Woodes Rogers se convirtió en el gobernador de las Bahamas en enero de 1718, el "nido de infames y criminales", como había llamado el gobernador de Bermuda al archipiélago, iba a recibir la ley y el orden de una manera u otra.

CONTINUARÁ
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For þe lur may mon lach, when so mon lykez.
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