Concurso mensual - 46ª Edición: Aventura

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Arpegio
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Re: Concurso mensual - 39ª edición: Dogma PK

Mensaje por Arpegio »

Ya que la gente se anima, y por perfilar un poco el tema, creo que puedo redefinirlo como Experiencias con la música.

En plan cosas que os hayan pasado, o conciertos que os haya pasado algo especial, la primera experiencia musical o algo así (Me explico de pena).

Sin más dilación, las cositas del tema.

TEMA: EXPERIENCIAS CON LA MÚSICA

PLAZO MÁXIMO DE ENTREGA DE LOS RELATOS: 15 de agosto


Creo que con 15 días puede salir algo potable, ¿no?

Normas:
- Todas las historias tienen que seguir el hilo conductor. El ganador decidirá el próximo hilo.
- El jurado serán todos aquellos que participen escribiendo y posteando una historia obligatoriamente.
También pueden votar personas que no hayan participado, cuanto más seamos, más divertido.
En caso de que un participante no vote, se le restará un número de puntos igual a la cantidad de relatos presentados.

Temática de esta edición:
Experiencias con la música.

Extensión máxima permitida:
3500 palabras + 500 de margen por exceso, en caso de pasarse de ese margen se participará fuera de concurso.

Plazo máximo de entrega:
15 de agosto.

Encargad@ de la recogida de los relatos:
Javisba, sempiterno.

Metodología de puntuación:
"Eurovisiva".

Preguntas frecuentes:
Spoiler: Mostrar
¿Qué? ¿Cómo? ¿Dónde? ¿42?

Para los que aún estén un poco perdidos, en resumidas cuentas el concurso mensual consiste en realizar un relato propio, de no más de 3.500 palabras, y cuya temática se centre en la escogida por el ganador de la edición pasada.

¿3.500 Palabras? ¿He de contarlas yo? Pero si tardo menos de 3,2 nanosegundos, ¿pasa algo?

No, no es necesario ponerse a contar uno mismo las palabras (se puede hacer, pero no lo aconsejamos). La mayoría de los editores de texto poseen una función que se encarga de dicha tarea. En el caso de Microsoft Office, puedes encontrarla en: "Herramientas/Contador de Palabras..."

Bien, ya tengo mi historia ¿Ahora qué? ¿Larga y próspera entrega?

Una vez tengas terminado tu relato, tendrás que enviárselo al encargado de recogidas mediante mensaje privado. Recuerda que el relato no entrará en concurso si no cumple la norma de máximo de palabras o si se entrega fuera del plazo previsto.

¿Y luego? ¿Siempre he sido y siempre seré candidato?

Posteriormente, el encargado de recogida posteará todas las historias sin los nombres de los autores. Cada participante tendrá que leer el resto de historias enviadas al concurso para posteriormente someterlas a votación.

¿Y el premio? ¿Una bola de luz blanca que no tengo ni idea de qué es?

El premio sera un condensador de Fluzo facilitado por nuestro patrocinador. Pero como no tenemos patrocinador os vais a conformar los novatos con un "Felicidades, me he sorprendido, sigue asi", para los no novatos "Al fin ganas campeón, ya iba siendo hora", y para los no novatos ganadores de otras ediciones "QUIERES DEJAR DE GANAR YA HIJO DE PUTA ACAPARADOR DE MIERDA, SI ES QUE ASÍ NO SE PUEDE CONCURSAR".
Pues eso, cuantos más mejor.

Edit. para javisba:
javisba escribió: ...
Sí, me parece bien. Cualquier cosa que anime a la gente a participar es bien recibida.
Última edición por Arpegio el Sab Jul 29, 2017 11:45 pm, editado 1 vez en total.
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By Gentlebellota
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Javisba
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Re: Concurso mensual - 39ª edición: Dogma PK

Mensaje por Javisba »

He estado pensando ideas para perfilar, perdona que te pise arpegio xD

Quiza un compositor escribiendo su musica, una fiesta donde la musica sea el hilo conductor, un grupo/solista desviviendose en el escenario, incluso una historia de fantasia musical en la que la musica tenga noseque importancia para el pais de trapalantia y todos canten y... Creo que he visto mucho Disney.
Y esto es un poco de lo que se os puede llegar a ocurrir

PD para Arpegio: ¿Te parecen que entran dentro de tu tematica Arpegio?¿Aceptarias permitir la inclusion de musica en forma de video o de audio o lo que la gente se invente? Esto ultimo es algo nuevo y es por dar chichilla ya que es su tematica, no seria tampoco algo obligario si no una opcion.
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trafalgar ha muerto
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Re: Concurso mensual - 39ª edición: Dogma PK

Mensaje por trafalgar ha muerto »

Yo preferiría dejarlo como tema general. Se me ocurren cosas para hacer con el tema de música pero nada interesante en particular con mis experiencias con la música.

De cualquier forma count me in.

EDIT: Bueno, si entran cosas como lo que dice javisba entonces genial xDDD.
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El Buda
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Re: Concurso mensual - 39ª edición: Dogma PK

Mensaje por El Buda »

"Mis experiencias con la música" no me suena muy bien (nunca mejor dicho) para escribir una historia de ficción. La música como hilo conductor me parece más sencillo de llevar al papel. No sé si me explico.
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Arpegio
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Re: Concurso mensual - 39ª edición: Dogma PK

Mensaje por Arpegio »

Pues eso, que yo lo dejaba en música para permitir más libertad a la hora de redactar.

Lo de Experiencias era por concretar o aclarar algo, pero que por mí se puede escribir o crear cualquier cosa relacionada con música.
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Marty McFly
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Re: Concurso mensual - 39ª edición: Dogma PK

Mensaje por Marty McFly »

Yo creo que el tema es la música como hilo conductor. Desde que la protagonista toque en conciertos hasta que use su violín como arma para conquistar naves espaciales enemigas, o una historia sin ningún virtuoso de la música pero con ciertos extractos de música en el fondo, como fragmentos de canciones.

Y esto puede aplicarse tanto a ciencia ficción como a cualquier género, como si queremos hacer un poema.

Lo que importa es a la hora de valorar los relatos, cuando hay que tener en cuenta que la historia esté relacionada con la música o no.

PD: Si algún mod lee esto, ¿podría cambiar el título del tema? :neko:
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Re: Concurso mensual - edición ??: Música

Mensaje por Arpegio »

Por si se os había olvidado, el concurso sigue en pie.

Yo ya he terminado mi relato, aunque me queda revisarlo un poco.

¿Hay alguien más participando?
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Re: Concurso mensual - edición ??: Música

Mensaje por Javisba »

Yo tengo ya dos relatos, más el de arpegio cuando lo entregue.

Si alguien necesita mas tiempo pa desarollar sus ideas que hable ahora.
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Re: Concurso mensual - edición ??: Música

Mensaje por Eli Lawliet »

Yo tuve algunos problemas personales y se me dificultó ponerme en ello. Si dan una semana más me vendría fabuloso.
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Re: Concurso mensual - edición ??: Música

Mensaje por Marty McFly »

Si con una semana tenemos un relato más, yo apoyo la propuesta de Eli. Quizás así se anime más gente también.
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Re: Concurso mensual - edición ??: Música

Mensaje por Javisba »

Venga doy de plazo hasta el 22, el martes de la semana que viene vamos.
Si los que han entregado su relato quieren cambiar algo hasta esa fecha pueden sin problema.
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Re: Concurso mensual - edición ??: Música

Mensaje por trafalgar ha muerto »

Venga igual yo intento hacer algo tb que estoy con pocas ideas.

EDIT: Un día después pero lo terminé. Es caca, para variar.
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Tilver
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Re: Concurso mensual - edición ??: Música

Mensaje por Tilver »

Por desafío personal me he quedado con lo de "experiencia con la música" pero esa divina musa que es la inspiración no se ha puesto de acuerdo con el señor tiempo hasta ayer, tristemente se han quedado ideas en el tintero....menuda forma de autocomerse la cabeza Bloody hell mate!
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Concurso relativamente mensual - edición 43?: Música

Mensaje por Javisba »

Buenas tardes jovenes. Creo que esta edicion es la 43, por si a nuestro amigo el mod le apetece cambiarlo xD.
Vamos para alla:

[center]Track 1: "La grabación"[/center]
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Son las 23:37 Abro la lata. La segunda de la noche. Son marcas blancas, sin derroches, el sabor amargo no mata. Apago la maldita radio, le que mas se escucha ahora se me hace raro, me hace bola. Doy el primer trago de la recién abierta cerveza, cojo mi bajo, tengo a mano el teclado, es día de componer, papel, lápiz y grabadora, noche de romperse la cabeza.

Media hora con la misma cuerda, mismo traste, misma nota. Media hora vacía.

Rebuscar entre mis viejos discos, buscar en mis viejas anotaciones, ¿cuándo se aparecerá mi musa? Estará en otras canciones.

“Hey Joe” de Jimi Hendrix suena.

¿Cuántas veces tocaré esta canción? ¿Cuántas veces la habré tocado? Tal vez este sea el camino fácil, largarme de aquí. Marcharme a mi México, pasar desapercibido. No se está tan mal así.

Mi cuaderno de notas encima de las sábanas se acerca por mis movimientos estresados con el bajo. Lo abro y está en blanco. Mejor escribir lo primero que tenga en la cabeza.

Los hijos de quienes cayeron del cielo,
encontrando un hogar,
cavando hondo hasta donde llega el fuego,
este calor es familiar...


“Nothing else matters” de Metallica suena.

Con esta canción solo recuerdo la historia del cantante, que la compuso mientras estaba de gira para su pareja mientras hablaba con ella por teléfono. En el váter. Una guitarra y sentado en l váter. Mientras hablaba con ella.
Mi habitación llena de instrumentos, concentración máxima. Cero canciones compuestas.
Quizás sea el componente emocional lo importante. Necesito ritmo de manera alarmante. ¿Las drogas serán un factor determinante?

“Ace of Spades” de Motörhead suena.

Mi inspiración no se alimenta si no es de mi propio infortunio. Ya estoy en blanco por enésima vez. Mi aplomo descansa si calmo mi sed. Otra lata se abre. Un cigarrillo se enciende. Un calada y lo dejo entre las cuerdas de la guitarra. Dejo el bajo a un lado, con la guitarra podré componer mejor.

El ritmo en mi cabeza es rápido.

La violencia se desata,
desordenada y caótica,
empuño el bate en bata,
mi cabeza esta lista: si entra, mata.


“Maybe” de Janis Joplin suena.

En este momento, tal vez sea el momento justo, un poco de relax. Otra lata, otro cigarro que se fumará la guitarra.

Es el momento de apagar la música, escucharme a mi mismo, leer mis textos favoritos, ver mis escenas del cine preferidas. Todo surgirá. Programado un “bolo” para mañana, son las 2:14 de la madrugada, quedan latas en la nevera, no es momento de descansar.

“Misirlou” de Dick Dale suena.

C'est la vie,
el mundo explota en mi cabeza,
hace un mes lo viví,
de esto tengo certeza....


A las 2:57 otra lata se abre. Y a las 3:40. Y a las 5:00 otra. A la vez los cigarrillos se acaban.
Quizas otra noche, quizás mañana.



Termino el bolo, las 19:57, borracho y solo. Escojo la música del camino de vuelta a casa.

“You know I'm no good” de Amy Winehouse suena.

Rememoro lo mejores recuerdos del día, los que visualizo borrosamente los ignoro. Mi lista de “covers” en la mano camino al garito. Hablo con mi camarada de guitarra, nos miramos con el mismo vacío que tenemos en nuestra inspiración. Nos ponemos frente al micro, nuestro primer hilo de voz nos definirá el resto del concierto, ha de ser preciso, nada de susurro, nada de grito.
Poco más de media hora sobre el escenario, poco más de una veintena de personas que se encontraron a un par de pringados intentando ganarse la vida a voces y gitarrazos. Solo dos que fueron a vernos a propósito. Aplaudieron fuerte y rápido, a bocajarro.

Un par de canciones que no pasan de moda, otro par que especialmente nos molan, tres nuevas que nos imponemos mensualmente para innovar, para mejorar, otro par del rock del momento y a descansar, no somos tan buenos como para que nos mantengan en el escenario una canción más.

“Sinnerman” de Nina Simone suena.

Y camino, entre callejas y pasillos,
las manos en los bolsillos,
el corazón en mi destino,
mi cabeza... en intentar rimar esta mierda de estribillo.


De puta madre. Me gusta saber cuando lo que hago es basura. Odio los que se endiosan a si mismos por hacer algo pegadizo con una armonía fácil a la guitarra y un ritmo aún mas fácil al bajo.

Paro en el restaurante de abajo, comida rápida, rápido su trabajo. Todo el esfuerzo de cocinar esta noche será al abrir las cervezas. Hoy no hay latas, solo litronas, preveo noche loca. KO y a la lona.

Repaso algunos “covers” para la semana que viene. Quiero incluir algo más atrevido. Aunque sea transformar algo a acústico.

“Another one bites the dust” de Queen suena.

Delirio al escuchar esta y otras canciones, este y otros grupos. Quizás con una banda, una buena contratación, algo más de práctica, inspiración, talento. Actitud.
Demasiadas carencias para tocar en este momento.

Me echo sobre la cama a pensar en esos sinsabores que me deja la música, Las canciones cambian aleatoriamente.

“Rocksteady” de Aretha Franklin suena.

Y empiezo a dormir, y al poco comienzo a soñar. Una endemoniada voz canta. La mejor voz que he escuchado en vivo nunca. Aquella “jam session” a la que me uní casi sin querer y a la que no quería marcharme genial.
La mejor experiencia musical en mi vida. Y todo por aquella inigualable voz que vagaba de festival en festival, de “raves” a “jam sessons”, para aportar y disfrutar. Y para dejarme una marca en mis sueños. Al principio a diario, y después descansaba para volver solo después de mis conciertos. Para recordarme que no soy nadie ni hago nada. Canta bonito, me grita que soy un perdedor.

Aún escucho aquello... “Hurry on now” suena en el sueño, a dúo por aquella voz y la mía.

Devil took a pity of my troubles,
he holds my tired old soul.
So I know I got to go... Hurry,
to catch the morning...


Me desvelo y ya son las 23:06. Toca otra noche en vela. Hoy me adelanto, esta madrugada la tomaré como velada de improvisación, grabadora haciendo su trabajo, guitarra, teclado, bajo y canto.

De fondo suena algo de “funk” de la década de los 70.

Y en el frenesí de cervezas, guitarra, discos, tabaco, voces, pasan las horas y llega el amanecer. Hora de dormir, mañana me escucharé.

A mediodía me despiertan los cantos de los pájaros, hoy voy con mi compañero al monte, el la guitarra y yo el bajo, últimas horas de música, mañana hay que pensar en el otro horrible trabajo.

Más músicos se acercan a la quedada.

“(I can't get no) Satisfaction” suena en acústico y a dos voces.

Ni por un momento pienso aquí en intentar brillar, tampoco tengo la sensación de que vaya a pasarmelo bien. Me siento agotado y con ganas de gritar de tristeza. Deja de escucharse música, mi colega empieza a tocar, le sigo al bajo, mi boca comienza a cantar...

Y vuelvo a mi consciencia. No se qué ha pasado, la gente aplaude, pero yo no me he enterado de que ha pasado. Sólo mi canción versionada, solo mi música, el resto estaba ennegrecido y nublado.

Me voy bajo el roble, con mi papel y boli...

El tema dinero siempre en la cabeza,
nunca en la mano.
La familia vuelve a la bancarrota.
He dicho ya todas las palabrotas.


Me voy a casa, me tiro a la cama, me pongo mi grabación de anoche. Con suerte me duermo pronto y no escucho todas mis bobadas de alcohólico.

Unos pensamientos somnolientos agolpan mi cabeza para salir y dejarla vacía: Mañana madrugar. Hacer la compra. “Stand by me” suena en la grabación de anoche. Quizás esta tarde no lo hice tan mal con la canción. Mierda de trabajo. Deudas con el coche. Problemas familiares.

El sueño comienza con la chica de la dulce voz cantando. Yo solo escucho perdedor.

Sigo durmiendo. “La grabación” suena durante toda la noche:

Los hijos de quienes cayeron del cielo,
encontrando un hogar,
cavando hondo hasta donde llega el fuego,
este calor es familiar...

Es papá Satán.

C'est la vie,
el mundo explota en mi cabeza,
hace un mes lo viví,
de esto tengo certeza....
La violencia se desata,
desordenada y caótica,
empuño el bate en bata,
mi cabeza esta lista: si entra, mata.

Y entra papá.

El tema dinero siempre en la cabeza,
nunca en la mano.
La familia vuelve a la bancarrota.
He dicho ya todas las palabrotas.

Lo vamos a matar.

Y camino, entre callejas y pasillos,
las manos en los bolsillos,
el corazón en mi destino,
mi cabeza... puta canción de mie
rda que soy incapaz de rimar.

Quizás todo esto no está bien en la misma canción

“La grabación” suena hasta el amanecer.

[center]El primer solo[/center]
Spoiler: Mostrar


Era un viernes caluroso, aunque en Junio eso era normal, cuando me dirigía a la escuela de música a ensayar, como de costumbre, con la banda. El curso ya había terminado, así que podía centrarme en estudiar en casa, que me hacía mucha falta.

Con la cabeza en otra parte, llegué a la escuela y saludé a la gente, pasé a la habitación, saqué el saxofón del estuche, algo maltratado por los frecuentes viajes en el maletero del autobús y mis propios descuidos, y me dispuse a montarlo en mi sitio con tranquilidad y parsimonia, metiendo la caña en la boca para que se humedeciera.

Era un saxo alto, comprado hará unos cinco años y tratado con menos cuidado del que debería, como deja ver la cascarilla en su cuerpo de latón plateado adornado con una flor grabada, alguna que otra abolladura en los protectores de las llaves y restos de saliva en el interior. La infinidad de llaves y varillas de metal que lo cubrían y permitían que funcionara estaban hechas también de latón, pero de color dorado, creando un bonito contraste con el resto del cuerpo.

Mientras tanto, la sala se iba llenando del ruido de la gente al pasar, hablar y montar sus respectivos instrumentos: docenas de clarinetes, una flauta travesera, unos cuantos saxofones, un par de trombones y otros tantos bombardinos y tubas. Era una banda pequeña, no más de cincuenta músicos, pero todos éramos como una familia inmensa, con sus bromas, sus roces y sus piques.

Por fin, tras el alboroto inicial, el Director se dispuso a hablar y a repartir las partituras para el concierto del verano.

- Bueno hombre bueno, - Comenzó en voz alta, hablando a todos y a nadie a la vez- ya está aquí el verano y hay que ir preparando el concierto. Tengo ya unas cuantas canciones preparadas: Aladdín, Las Arenas, Churumbelerías, My Way y Piratas del Caribe.

- ¿No son pocas? Con eso el concierto no va a durar ni media hora – Replicó la Flauta, una mujer de mediana edad, muy alegre pero con gran tendencia a mantener más tiempo la boca abierta que cerrada.

- Piensa que también viene otra banda, y entre que cambiamos las partituras y nos aplauden, se pasan otros cinco o diez minutos- contestó el Saxo tenor, hombre alto, hermano de la Flauta y con un tono y humor arcaicos.- Además de que viene otra banda que también tocará otra media hora, con lo que tenemos un concierto decente.

- Como tengamos que esperar a que nos aplaudan, nos dan las uvas – Me dijo por lo bajo mi Compañero, otro saxo alto, regordete, con gafas y todavía en el instituto.

- Desde luego. Vaya pueblo de sosos estamos hechos – Le contesté medio riéndome por su comentario.

- Veeeengaa, que se nos va la hora y no hemos ni afinado- Sentenció el Director mientras se terminaban de repartir las partituras – Empezamos con My Way.

- ¡Ay qué bonita, con lo que me gusta Sinatra! – respondió la Flauta, con su habitual incontinencia verbal.

Revisando la partitura, vi que había un solo en la parte central. Ascendido desde hace poco a saxo primero como estaba, me giré y le pregunté al Profesor si lo tocaba yo.

- Pues claro, idiota, si estás de primero tocas tú los solos.- Me respondió con sorna. Era un joven alto, de no más de treinta años, bien entrado en carnes, con gafas de pasta, pelo de punta y un moreno que sólo dan las interminables horas dedicadas al campo, y con una actitud abierta y descarada que le hacían de los más queridos en la banda. Había enseñado a todos los saxofones de la banda, y se conocía bien sus manías y defectos. – Así que ya puedes ensayar en tu casa, y no me vale que digas que no tienes tiempo porque estás de vacaciones, que te conozco.- Estaba colocado entre los segundos para ayudarles a tocar, aunque a veces molestaba más que otra cosa.

- Vamos todos, atentos. - Ordenó el Director, de voz potente y con una más que respetable curva de la felicidad asociada a años de ferias, fiestas y verbenas con y sin la banda, que le hacía sudar sin control en cuanto había alguna canción movida o un pasaje especialmente rápido.

Y empezó a sonar My Way, lenta y tranquila, con fallos por algún lado, pitidos por otro, instrumentos perdidos y atrasados y otros adelantados, como pasa con casi cualquier canción que se toca por primera vez. El solo no fue mucho mejor, ya que fallé bastantes notas y hubo que repetir un par de veces hasta que se asentó un poco.

- Ya puedes ponerte a estudiar, que no te libras del solo.- Me dijo el Profesor por detrás.- Tienes dos meses, que es tiempo de sobra, así que ya sabes.

- Vamos con Aladdín - Ordenó el Director.- que esta es más facilita. Además es un popurrí, que está bastante bien.

Comenzamos otra vez siguiendo las órdenes de su batuta y salió algo mejor que la anterior, pero tampoco era para tirar cohetes, ya que hubo que volver a empezar y repasarla un par de veces.

Y así, con otra canción tocada más mal que bien, terminó el ensayo, con nuevas partituras para ensayar y un solo que practicar con mucho empeño. Mientras recogía, el Profesor me volvió a insistir:

-Estudia, alcornoque, que te tiene que salir bien para el concierto. Te doy una semana para tocar algo decente.

- Por supuesto. Estoy libre, así que estudiaré lo que pueda.- Contesté distraído mientras limpiaba.

- Nada de lo que pueda, estudia todos los días que te conozco.- Me dijo mirándome fijamente.

- De acuerdo. De verdad que voy a estudiar. – Le respondí mirándole también.- Bueno, hasta luego.

- Hasta luego. Estudia, ¿Vale?

- Que sí, cansino. – Respondí antes de irme, con el solo mal tocado en la cabeza y pensando en tocar lo que pudiera para sacar algo decente de lo que había hecho en el ensayo.
--0--
Y así pasaron los días, entre ensayos en casa, en la escuela de música hasta que llegó el día del concierto. Era sábado y los nervios empezaban a aflorar desde primera hora de la mañana. Por fin llegó la tarde y la hora de irse.

- Tú tranquilo, no te pongas nervioso. Piensa que si fallas alguna, sólo lo sabes tú, que nadie más se va a enterar.- Me decía mi madre mientras me terminaba de preparar.

- Gracias mama, qué ánimos.

- Pero qué gilipollas que eres. Anda, calla y tira, que vas a llegar tarde.

- Aunque llegue diez minutos tarde voy a ser el primero.- Contesté resignado, sabiendo que
era verdad.

- Venga, mucha suerte. Luego te vemos allí.

- Venga, hasta luego.- Me despedí, y comencé a andar camino a la plaza.

Los minutos pasaban y los nervios aumentaban lentamente mientras llegaban el resto de músicos y terminaban de preparar sus instrumentos y partituras. Finalmente, el murmullo de la gente se desvaneció mientras la banda se preparaba para tocar la primera pieza. La banda sonaba bien, los meses de ensayo habían valido la pena. Nadie se adelantaba ni se retrasaba y todos seguíamos atentamente las órdenes de la batuta.

- ¿Cuál va ahora?- preguntaban por otro lado.

- My way.

‘Ahora, me toca’ pensaba tenso mientras miraba mi partitura.

- Tranquilo, que se va a dar bien.- Me dijo el Director con una sonrisa en la boca, disfrutando del concierto.

- Vamos, los huevos como meteoritos, tío.- Me animaba mi Profesor.

Entonces, la batuta golpeó el atril del Director, poniendo alerta a todos los músicos, siendo yo el más nervioso de todos. Bajó y comenzó a sonar la música. Era un inicio tranquilo y lento, que me ponía los pelos de punta cada vez que lo escuchaba.

La gente seguía tocando, pero yo cada vez escuchaba menos a los demás. Yo sabía que empezaría en un puñado de compases y estaría solo ante el peligro, con todo el pueblo mirándome esperando a ver qué tenía que decir con mi instrumento. Cuando pensaba que no podía estar más tenso, llegó el momento.

Con todo mi cuerpo rígido, empecé a tocar. Sentía el sonido tembloroso del saxofón, y el poco aire que podía soplar provocados por mis nervios. Me sentía en trance, sabía que no podía parar y seguí adelante, sintiendo cada nota y sonido que creaba como si fuera el último. No notaba el suave acompañamiento de la banda ni las miradas distraídas de la gente al otro lado del escenario. Sólo sentía que cada vez tenía menos aire y más nervios. Seguía rígido como una tabla, moviendo sólo los dedos temblorosos y con los pulmones vacíos.

Después del solo, la canción seguía, pero yo estaba tan nervioso que tocaba sin darme cuenta de lo que hacía. Al terminar, el público comenzó a aplaudir con la desgana habitual de mi pueblo, aunque yo lo sentía atronador. El Director me hizo ponerme en pie y hacer el saludo habitual cuando se hace un solo: una escueta reverencia mirando al público.

- Muy bien, Solista, de verdad.- Me decía mientras me daba la mano y sudaba intensamente debido a los focos y al esfuerzo.

- Me estaba quedando sin aire, espero que no se notara.- Respondí nervioso y sin aliento.

- Como meteoritos, tío. Lo has clavado.- Me susurraba por detrás mi Profesor.
Tocamos el resto de canciones bien, como era de esperar. Eso me ayudó estar calmado para cuando terminó el concierto.

- Muy bien tío, estabas tieso como un palo pero bien.- Me dijo el Profesor tras recoger.

- Pensaba que no se me escuchaba, entre los nervios, que no me salía el aire y que temblaba, estaba cagado.

- Tú tranquilo, a todos les pasa. Cuando lleves doscientos solos ya se te irá pasando.

También recibí elogios y enhorabuenas de otros músicos, aunque yo todavía no me creía lo que había hecho. Mis padres también se acercaron y me felicitaron.

- Casi ni te movías, pensaba que te habías quedado en el sitio. Me ha gustado mucho.- Me comentó mi madre.

- Comparado con tu Profesor, que parece que le han metido un hielo por la espalda de lo que se mueve. Muy bien, aunque se te escuchaba poco.- Respondió mi padre

- Bueno ya, es que estaba hecho una bola de nervios. Estaba temblando muchísimo, aunque no se notara.

- Ahora os vais a la escuela a celebrarlo, ¿No?

- Sí, tengo que ir a casa a limpiar el saxo y ya me voy.

- Venga, hasta luego.- Me dijeron mis padres mientras me iba andando.
--0--
Ya en la escuela de música, la gente se disponía a comer cuando el Saxo tenor, también presidente de la agrupación, comenzó a hablar.

- Antes de empezar, os quiero felicitar por el concierto. Me han dicho que han salido muy bien y eso me alegra, además de que yo ni he tocado.- Dijo con el inicio de una risa, acompañada por la gente alrededor.- Y ahora unas palabras del Solista.

- ¿Que yo qué? – Respondí sorprendido como una liebre a la que han deslumbrado con unas luces.

- Que no, que es broma.- Sentenció riéndose de su propia broma.

- Joder qué susto.- Dije a mis compañeros.

- ¿Es que no sabes cómo es y el humor que tiene?- Me dijo un Clarinete, con quien me llevaba bastante bien.

- Ya, pero así de sopetón casi me lo creo.

- Si es que eres tonto, tío.- Me contestó el Profesor, con un trozo de tortilla en la boca.

Y así continuó la noche, entre comida y bebida y bromas de mal gusto. Al terminar, me volví a mi casa sabiendo que sería el primer solo de muchos otros que están por venir.
SIN TITULO
Mensaje mio: Literalmente no tiene titulo, lo podemos identificar si quereis como 108X17MP21 por los loles.
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10 de Agosto

Querido diario;
¿¡Ya estamos a mediados de Agosto!? ¡Qué rápido pasa el verano, si a penas he salido de la cama desde que empezó! No tengo ganas de empezar de nuevo la universidad, no me gusta lo que estoy estudiando y... en fin, esto hoy no viene al caso, ya te bombardearé a quejas a partir del 12 de Septiembre. Hoy he ido al pueblo, el de Teruel. Un viaje bastante ameno, escuchando mis bandas sonoras favoritas... ya no es como cuando era pequeño, las cinco horas pasan relativamente rápido. Ahora toca una semana de convivir con mis abuelos, espero que no me de una subida de tensión porque tela...

Con lo bien que estoy en Barcelona con mis amigos, no quiero estar en este pueblo de poca monta.

11 de Agosto

Querido diario;
Hoy me ha pasado... en verdad no es nada relevante, tú sabes mejor que nadie que mi vida es la más aburrida de todas. La cuestión es que, como ya sabes, desde que estoy en el pueblo solo me dedico a escribir, dibujar e intentar componer algo con aquel programa de ordenador, para a continuación desesperarme porque soy un negado para cualquier tipo de hazaña artística.

Estoy conviviendo con mis abuelos, ya lo sabes, y la verdad, con los noventa años recién cumplidos por parte de ella y ochenta y ocho por parte de él no es nada sencillo. Son muy pesados, siempre están en medio, mi abuela que apenas puede andar intenta hacer las tareas de casa, entonces mi padre la riñe porque podría caerse y hacerse daño... ¡A saber cuantas veces han pisado el cable del ordenador y me lo han apagado, con lo mal que conecta! Que si la siesta, que si están viendo telecinco, que si ahora van a comer (ya que han de tener horario de abuelo y comer a la una)... ¡Así no hay quien se concentre!

Al menos cuando me pongo a tocar el piano (bueno, en verdad es un teclado, es el que usaba de pequeño y cuando me compraron el piano de pared lo trajimos al pueblo) se sientan y me escuchan atentamente... ¡Ya podrían hacer lo mismo cuando estoy intentando componer con el ordenador, que si no paran de hablarme a gritos y explicarme batallitas el poco talento que tengo se pierde!

13 de Agosto

Me va a estallar una arteria, querido diario. De verdad, no puedo más, y han pasado solo tres días... ¡Quedan cuatro!

Hoy mi abuela ha bajado sola las escaleras de casa, algo terrible, pues si se cae tenemos un problema, aquí no hay médicos (ni vida). Todos la han reñido... ¡A gritos! ¡Vivan los gritos!

Al cabo de un rato, mientras estaba escribiendo (o mejor dicho, intentándolo) mi abuela ha venido a tocarme la moral. "Ay hijo mio, todos tratan mal a la viejica" y un largo etcétera de lloriqueos más. ¿No ve que tiene noventa años? ¿Qué es lo que pretende? Debería dedicarse a estar sentada y calladita, que cada vez que intenta hacer algo le sale mal y todos la riñen.

Para colmo, cuando me deja en paz y se marcha, pisa el cable del ordenador y me lo apaga... ¡Otra vez y sin guardar! ¡Si no puedo componer nada decente es porque no me dejan en paz!

14 de Agosto

Querido diario; hoy me ha pasado algo que me ha hecho reflexionar. La mañana ha sido como siempre, pero por la tarde mis padres tenían que cambiar una persiana. Lo sé, no es un hecho apasionante, la cuestión es que mientras lo hacían, mi abuela estaba por en medio intentando ayudar. Otra vez, si, debes estar harto de oírlo. Mi padre como siempre le ha gritado, le ha dicho que esté tranquila y que se siente por ahí.

Nunca antes la había visto llorar, pero con hoy he tenido más que suficiente. Sentada en la cocina, no podía ni articular palabra, el llanto se lo impedía. "¿Qué le pasa?" Es lo que me cuestionaba. Mi abuelo fue rápido a resolver mi duda al preguntarle que le dolía. Me esperaba muchas respuestas, que si la culebrina que tantas veces me ha repetido, que si la pierna, la cabeza... No me esperaba que, con dificultades, contestase "me duele el alma".

No quería cenar, decía que para qué. Toda la familia estábamos dando vueltas por el piso de arriba, sin saber que hacer, hasta que mi padre ha tenido una idea. "¿Por qué no le tocas una canción alegre a la abuela, a ver si se anima?"

"¿Yo? ¿Tocar una canción para intentar animarla?" He notado como el mundo se me caía encima. No sabía ni que canción escoger, nunca antes me había puesto tan nervioso delante de un piano, ni si quiera en mi primer concierto. Hasta ahora, yo siempre había tocado porque si, para entretenerme, porque es divertido tocar canciones, incluso para chulear; jamás para intentar animar a alguien, ni si quiera transmitir nada.

Hoy me he dado cuenta de lo mal músico que soy. Todos estos años estudiando, y ahora me doy cuenta de porqué no soy capaz de componer algo decente. No era culpa de que mis abuelos me molestaran, era solo culpa mía. No tengo lo necesario para ser músico; no tengo un mensaje, ni una idea, ni un sentimiento. Para tocar un instrumento no hace falta solo habilidad.

Como era de esperar, tras tocarle a mi abuela una de las canciones que estaba practicando, siguió llorando. Ni si quiera a mi abuela, que siempre escucha atentamente cuando toco, que siempre aplaude aunque me haya salido fatal... ni si quiera a ella he conseguido animarla. La verdad es que estos días la han tratado fatal... la hemos tratado fatal, corrección. ¿Cómo me sentiré yo con noventa años, cuando apenas pueda moverme, cuando sea un inútil... cuando lo único que pueda hacer será esperar pacientemente a la muerte?

Espero poder ser tan fuerte como ella, y para entonces, espero haber encontrado mi própio mensaje para ser un buen músico.
The Gunslinger's Curse
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Bajo un sol que empezaba a aflojar, la gente que hacía cola empezó a entrar al recinto. La mayoría al paso lento de quien sabe que va a esperar mucho tiempo de pie, y como una estampida de vacas los que creían tener alguna oportunidad de conseguir primera fila. Una minoría de curiosos -apuntados por algún amigo, probablemente- destacaban por lo colorido de sus camisetas frente a la uniformidad de cueros circundante. Algunos rockeros principiantes se compraban camisetas, púas y otros recuerdos. Otros rockeros más avezados se pavoneaban orgullosamente ante las pocas chicas que habían acudido, que dignamente demostraban el justo interés. Los más avezados de todos, esos que sólo se ven de vez en cuando en algún documental americano, simplemente se mantenían erguidos. Juzgándolo todo con ojos funde-determinaciones, sólo mirándolos muy atentamente se podía observar un ligero rictus de cansancio en su expresión.

La gente seguía llegando. El grupo que iba a tocar, Death on the Fan, era relativamente conocido. Unos jóvenes prometedores que podrían llegar muy lejos, decían. Desde luego, tenían poder de convocatoria. El recinto del concierto estaba ya casi lleno, y seguía llegando gente. Habría unas 50.000 personas, nada mal para un grupo novato. Mañana llenarían la portada de algún periódico local. Había cierta expectación, también. Un miembro nuevo iba hacer su debut en un concierto oficial. Era guitarrista, y ya llevaba unos cuantos años sobre el escenario. Su nombre era Jacky Silla.

La gente terminó de llegar, el sol terminó de aflojar y dejó el escenario a los artistas. El ambiente se animó, empezó a correr cerveza. Técnicos de sonido, técnicos de iluminación y otros técnicos se pusieron manos a la obra para que pudiesen entrar los teloneros. El ajetreo sin objetivo se convirtió en expectación.

Jack Silla lo percibió. Existe un sexto sentido que informa a todos los artistas de cuando el parloteo se convierte en susurros, de repente todo el mundo mira al escenario y los micrófonos empiezan a conectarse. No le impresionó, nunca lo había hecho. No se hubiese metido en el rock si hubiese tenido problemas para ponerse en frente de una multitud.
Por lo pronto, se encontraba en frente de un espejo. Y desnudo. Cuando estaba desnudo tenía un cierto parecido a Jesucristo, con el pelo más revuelto y la barba más crecida. No había visto a Jesús por debajo de la cintura, pero era buen tema para una canción. Suspiró y se sentó en la cama. Agarró la guitarra a su lado. Rasgueó unos cuantos acordes. No salieron muy finos, pero salieron. Probó con un motivo. Falló la tercera nota y frunció el ceño. Volvió a intentarlo. Así sí.

Iba a intentarlo con un par de acordes cuando entró la encargada a decirle que ya tocaban los teloneros. Apenas parpadeó cuando le vio inclinado sobre la guitarra, aún desnudo. Bien entrenada, o muy acostumbrada. Soltó una media sonrisa, agradeció la información con un cabeceo y sin molestarse en mirarla más, se puso a cambiarse. Buscó su camiseta, sus vaqueros, se colgó su amuleto, un collar que perteneció a su amigo de la infancia. Cogió su púa. Y fue a reunirse con el resto.

Los teloneros eran mediocres. Mantuvieron el ambiente a base más de buena fe que de habilidad, entre las miradas funde-determinaciones de los expertos y la expectación medio interesada del resto. La actuación pasó sin pena ni gloria, pero sirvió para enseñar al público novato como comportarse en el concierto y encarrilar sus expectativas, y para hacer los ajustes técnicos necesarios para el grupo principal.

Por fin se oscurecieron las luces y entró Death in the Fan. El vocalista, un rubio de estética punk, saludó al público y presentó a Jacky. Este levantó la guitarra salvajemente en el aire como presentación. El público rugió en contestación y el concierto empezó.

Las dos primeras canciones fueron para calentar. Nada exigente para Jacky Silla, al que no le faltaba talento ni con la guitarra ni con el público. Tampoco era un grupo cuyo estilo fuese difícil de captar. Hacían música bastante canónica, razón por la que siendo jóvenes atraían a tantas viejas glorias. No era eso lo que llamaba a Jacky, al contrario. Había una única razón por la que había aceptado unirse a ellos. Por cada álbum que sacaban había una canción que se alejaba de todo lo que pensaba que era el rock. Una canción totalmente libre. Jacky siempre había buscado la libertad. No siempre había salido bien, y en su pasado había cosas negras como el carbón. Pero la libertad le sentaba bien, y aquellos eran buenos chicos. Con un deseo casi sincero de que las cosas saliesen bien para ellos, Jacky se puso serio.

Se abstraía del todo cuando tocaba. No veía al público, no veía a sus compañeros. Simplemente escuchaba y complementaba aquello que llegaba en rachas de cuatro compases. Existen muchas cosas que los guitarristas deben coser en su estilo para llegar a ser buenos: rasguear con la intensidad adecuada, no hacer notas muy largas ni muy cortas, sacarle un buen sonido a la guitarra, llevar bien el tiempo y no pisar a sus compañeros. Por no hablar de técnicas algo más complicadas o directamente hacer un solo. Jamás Jack Silla había pensado en ninguna de ellas. Todo lo llevaba su subconsciente. Él simplemente tocaba y demostraba haciéndolo su amor por la música que le había dado un papel en la vida. Lo que hacía a Jacky un monstruo menor de la guitarra no era su técnica. Era su capacidad de expresarse en seis cuerdas, sonase lo que sonase.

El concierto seguía. El público sólo sabía que sonaba muy bien. Los curiosos empezaron a agradecer haber acudido. La magia de la música llenó la arena, y hasta los más veteranos mostraron su respeto frunciendo un poco menos el ceño. Y entonces llegó la canción. Jewel. La preferida de Jacky. Los primeros rasgueos empezaron a sonar. El bajo zumbó. Y Jacky arreció, llovió sobre el público. No controlaba como tocaba, pero sí sabía cómo se escuchaba. Llega un momento en el que los artistas saben que de entre sus manos sale algo que les supera, algo más grande que ellos. Algo que tiene cierta vida propia, como el fuego. Sus compañeros lo notaban, les inspiraba a reinventar lo que habían inventado, a tocar a la perfección. El público se hipnotizó por completo, pues tal es la magia de la música. Tal vez fuese la mejor actuación de la vida de Jack Silla Johnson. Una actuación que auguraba un futuro tras su pasado manchado. Estaba en la cima...

Sucedió a la vez que el golpeo de la batería, así que la gente no lo notó al principio. Jack cayó, el embrujo se rompió. El público chilló. Y el último acorde no sonó.
De un descubrimiento
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El cosquilleo hogareño de lo conocido, es lo que desprendía el salón en aquel momento: la lámpara que desprende una falda anaranjada sobre las estanterías, la tele de tubo, los cojines y el sofá que los sustenta. Más allá la habitación estaba en penumbras, pero podía asegurar con un simple giro de cabeza que las siluetas que ocupaban las sombras eran, única y confortablemente, la mesa, las sillas y las estanterías con libros que había leído año tras año.
Todo era seguro, todo era, en una creencia infantil, inamovible.
Y sin embargo...
Había un cosquilleo, una corriente de expectación cuando la madre, sentada en el sofá junto al niño, pulsó el botón. Cuando la cinta empezó a girar en el Reproductor VHS.
La negrura de la pantalla se difuminó en un crepúsculo rojizo, blancas eran las letras sobre él, y ansiada fue la erupción del ritmo, el vibrar de las cuerdas, el retumbar de la orquesta.
La madre apagó la bombilla, pero el niño no vio que las sombras habían crecido, no sintió como el cojín se amoldaba a su brazo. Hubo un palpito en sus oídos, un suspiro al oler el salitre de ese océano bajo un horizonte crepuscular. Los instrumentos susurraban en sus oídos, le contaban una historia, descubrían los riscos que asomaban en la pantalla con palabras formadas en viento, cuerda y vibración.
"Una isla inexplorada, un horizonte de promesas, una tierra de aventuras.”
Y é dejo de ser niño al aparecer los lobos de mar, los bucaneros libres, seres desconocidos y peligrosos, pero que destilaban el aroma a aventuras por los cuatro poros de sus voces.
Y él comprendió, el que es a la vez niño y bucanero, el que caminaba por una costa misteriosa sentado en la seguridad de su salón descubrió.
La música inspira, un hormigueo que remueve sus ideas, que le haría escribir sobre una hoguera en un mar de arena, sobre caricias y una torre más allá de la niebla.
Última edición por Javisba el Mié Ago 23, 2017 5:07 pm, editado 1 vez en total.
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Concurso relativamente mensual - edición 43?: Música

Mensaje por Javisba »

Behind a cigarette
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Por favor, escuchar la canción cuando aparezca el enlace en el relato, y no antes.
- ¿Un concurso de... qué?

- De covers - dijo mi amiga, poniendo los ojos en blanco al ser la tercera vez que me lo repetía -. No es tan difícil. Habrá varios grupos, y cada uno tocará una versión de una canción. Los jueces deliberarán esta noche, y mañana anunciarán quién ganará la batalla. De ahí el nombre, Musik Battle.

- Entiendo. Y tu tocas en uno de los grupos, ¿no?

- No. Yo toco en EL grupo. El que va a ganar. Soy la bajista, por si tampoco te has enterado de eso.

No le respondí, pero la verdad es que tampoco me había enterado de qué instrumento era el que tocaba. Una de mis asignaturas pendientes era la música, y en especial el diferenciar instrumentos como la guitarra y el bajo. Pero si no tengo tiempo para mí, menos lo voy a tener para la música. El trabajo, la universidad, y ahora las prácticas... Las pocas horas que rescato al cabo del día son para proyectos que llevo atrasados.

Y sin embargo, no se cómo, ella ha conseguido sacarme de casa y que me de la luz del día. Cualquiera que nos viese desde fuera no pensaría que somos amigas desde la infancia. Ella, con su pelo castaño y suelto, sus ojos verdes, y su piel suave y pálida. Avanza despreocupada, sonriendo, con una falda vaquera desaliñada, medias negras, una camiseta del monstruo de las galletas, y el bajo colgado a la espalda. Y yo, con el pelo rojo recogido en un moño, mis ojos marrones, una camisa blanca ejecutiva y una falda larga y negra, a juego con mis gafas. Ella con convers, yo con tacones de aguja. Ella feliz, y yo enterrada en problemas. El día y la noche.

Al llegar al recinto, saqué mi entrada, toda arrugada de haber estado demasiado tiempo olvidada en mi cartera. Demasiado arrugada. Tanto que no pasó el lector, y los nervios se empezaron a apoderar de mí. Ya que había venido hasta aquí, por lo menos quería entrar. No podía siquiera imaginar haber perdido todo este tiempo que podría dedicar a cosas más productivas. Tenía demasiados trabajos pendientes y estaba aquí, sin saber si podría entrar. Mientras todos esos pensamientos me martirizaban en mi interior, se acercó a nosotras un tipo de seguridad. De complexión atlética, camiseta negra ajustada, y vaqueros. Amablemente comprobó la entrada con su propio lector, y nos dejó pasar. Los pensamientos se evaporaron y volví a tranquilizarme, mientras entrábamos en el recinto y veíamos el gran escenario que habían preparado.

Arriba del todo podíamos ver las letras MUSIK BATTLE: COVERS EDITION. El escenario, enorme, se alzaba un metro por encima de nuestras cabezas. A una distancia prudencial, se encontraban las vallas que separaba al público. Ya había muchos fans en la primera fila, sentados algunos, jugando a las cartas otros, mientras hacían tiempo hasta que empezase.

- Vaya, pues sí que tiene público.

- Más del que podrías imaginar - dijo mi amiga -. Bueno, te dejo, que nosotros somos los segundos en tocar. ¡Ya me contarás que tal he estado!

Mi amiga se fue, y las luces se atenuaron, excepto las del escenario, donde encendieron los focos. Los de la primera fila se levantaron, y de todo el recinto empezó a entrar gente, reduciendo el espacio cada vez más y más. En cuestión de pocos segundos, me encontraba totalmente rodeada de gente sudando y silbando para que empezara el primer grupo, algo que no tardó en suceder, pues empezamos a escuchar una voz por los altavoces:

- Buenas noches, damas y caballeros. Bienvenidos el Musik Battle. No me molestaré en repetir las normas, porque estoy seguro de que todos las conocéis - al oír esto, supe que mi amiga lo estaba escuchando también, y se estaba riendo de mí en la distancia -. Empezamos directamente con el primer grupo. Ellos son "Un grupo de mierda"... ¿De verdad, este es vuestro nombre? Vale, vale... Ellos son "Un grupo de mierda", y van a versionar... ¡¡Bangarang, de Skrillex!!

El recinto entero quedó a oscuras al terminar de hablar el presentador. Se oía el murmullo de la gente, impaciente porque empezase la canción. Un foco verde se encendió, apuntando al escenario, donde ahora se encontraban cuatro chicos inmóviles. Los asistentes enloquecieron y la canción empezó. Recordaba haberla oído vagamente en la radio. me pareció una basura la primera vez que la oí, y me lo parecía ahora en directo. El problema es que al resto del público no. La gente empezó a saltar y a bailar, el sudor comenzó a poblar todas las camisetas de mi alrededor, y yo permanecía quieta, sola, en mitad de toda esa locura. El aire se volvía más difícil de respirar, el calor aumentaba, y la música era como cuchillos en mi mente. Pronto empecé a sentir fatiga, y los pensamientos de reproche volvieron a mí. No debería estar allí, sino en casa haciendo todo el trabajo atrasado que tenía. Era una irresponsable por tomarme esa noche libre, no sabía en qué momento esto me había parecido una buena idea.

Los pensamientos taladraban mi mente, ayudados por la música estridente. Cuando ya creía que no podía más, un tío muy grande y muy sudado chocó contra mí mientras saltaba al son de la música, y caí el suelo. Intentó ayudarme, pero yo ya no podía aguantar más. Salí corriendo hacia el otro extremo de él, hasta que encontré una puerta. No sabía que había dentro, pero necesitaba escapar, así que probé suerte a ver si estaba abierta, y me metí en la habitación. Era un almacén con algunos instrumentos, cajas, y un par de mesas. Las paredes estaban forradas de carteles de conciertos o de grupos muy famosos. Sólo había una luz tenue que iluminaba tímidamente toda la estancia. Y para mí, era de sobra. Saqué un cigarrillo del bolsillo, lo encendí, lo acomodé en mis labios, y cerré los ojos. Me quedé apoyada en una mesa, fumando, e intentando tranquilizarme. No podía dejar de pensar en que no debía estar ahí, y el calor y el sudor de mi propio cuerpo.

Pero la puerta se abrió. El tipo de seguridad que nos había ayudado antes entró, dejando la puerta abierta.

- Te he visto corriendo hacia aquí, parecía que te encontrabas mal. bueno, no es que te estuviera observando desde lejos, eso sería un poco raro... Lo que quiero decir es que...

Me mantuve en silencio. El se puso colorado, y yo quería salir de allí, pero no me atrevía a volver a cruzar toda esa marea de gente. La música se detuvo por fin y el silencio reinó unos segundos hasta que el presentador lo volvió a romper:

- ¡Increíble, sí señor! ¡Nada como Skrillex para empezar este concurso de bandas por todo lo alto! ¡¡El siguiente grupo es el de Ben L'Oncle Soul, versionando 'Seven nation Army', de The White Stripes!!

El sintetizador y el bajo empezaron a sonar hipnotizando al público y a mí. Las preocupaciones se fueron de mi cabeza y tuve claro que que quería hacer.

I'm gonna fight 'em all

Me solté el pelo, dejándolo caer por delante de mis hombros, y le tiré los tacones de aguja al tipo de seguridad, jugueteando. El cogió uno con la mano, incrédulo, al tiempo que cerraba la puerta con la pierna, de una patada.

A seven nation army couldn't hold me back

Me puse de espadas a él, quitándome la camisa, y dejando que cayera en el suelo.

They're gonna rip it off

Suavemente, desabroché la cremallera de la falda, cayendo al suelo como la camisa, y quedandome con sólo la ropa interior puesta. Miré de reojo, y vi cómo él estaba ya sin camiseta, intentando quitarse los zapatos torpemente.

Taking their time right behind my back

Aún de espaldas, me desabroché el sujetador con una mano, mientras mantenía el cigarro con la otra. Él, ya desnudo, se aproximó hacia mí, y me ayudó a quitarlo del todo.

And I'm talking to myself at night

Cerré los ojos y noté como él acariciaba todo mi cuerpo y jugaba con mis braguitas. Todas las preocupaciones se habían ido, sólo estábamos él, yo, y la música.

Because I can't forget

Suavemente, me bajó la única prenda que quedaba en mi cuerpo, y con un movimiento brusco me dio la vuelta y me puso cara a cara con él. Nos quedamos unos minutos mirándonos los cuerpos, disfrutando de lo que sabíamos que estaba por venir.

Back and forth through my mind

Nos acercamos un poco más, hasta que nuestras caras estuvieron a escasos centímetros, y jugamos a esquivarnos besos.

Behind a cigarette

Decidí que ya nos habíamos entretenido bastante, así que di la última calada al cigarro, y lo apagué contra la mesa. Lo miré desafiante, y el aceptó el duelo. Me cogió en brazos y me puso contra la puerta. Yo le abracé con las piernas, empujándolo hacia mí, y él no necesitó más señales.

La canción siguió sonando de fondo, mientras nosotros golpeábamos la puerta. Al principio era de forma tímida, pero poco a poco las embestidas subieron de intensidad, y estoy segura de que los golpes se oían desde fuera.

Every single one's got a story to tell

La gente empezó a cantar la letra en voz alta, y yo me uní a ellos, aunque en mi propio idioma. El sudor del que antes huía ahora corría por todo mi cuerpo, y mis uñas se clavaban en su espalda pidiendo más. La canción seguía, pero yo dejé de oírla. Y al público. Y a mí misma, a pesar de los gritos que di. Dejé de oír todo, sólo le sentía a él, que parecía incansable. A la vez, nuestros cuerpos empezaron a tensarse y mi piel se volvió de gallina. Las embestidas fueron cada vez más suaves, así como mis gritos cada vez menos sonoros.

Tell me go back home

Bañados en sudor, ambos nos pusimos nuestras ropas. Él quiso decir algo, pero con una mirada le hice ver que no era necesario. Fue el primero en salir. Cuando estuve vestida, fumé otro cigarro y esperé a que el sudor se secara algo más. El concurso de bandas seguía de fondo, pero ya no recuerdo ninguna canción. Cuando por fin salí, estaba tocando el último grupo.

Me pude reunir con mi amiga fuera del recinto, donde agradecía el poco viento que corría. Me sentía como en una nube, flotando. Relajada. Como hacía meses que no me sentía.

- ¡Aquí estás! Mañana saldrá el ganador, aunque si no ganamos será un tongo, por supuesto. ¿Como me has visto? ¿Te ha gustado? ¿Te ha llegado nuestra canción?

- Me llegó muy adentro, sí.

- ¡Me alegro! Te diría que vinieras a tomarte algo con el grupo, pero supongo que tienes unas quinientas cosas que hacer, ¿verdad?

- La verdad es que... - sonriendo, no pude pensar en nada mejor que hacer en ese momento - Creo que puedo sacar tiempo para una cerveza.
[center]El bus[/center]
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Beep. Beep. Beep. Beep…

Otro día más que se anuncia al son del despertador y los primeros rayos de luz. Afuera hay un clima excelente para ser agosto (si lo que quieres es freír huevos sobre el capó de un auto). Sobre el cielo corre una que otra nubecilla blanca, aunque no lo suficientemente grande como para hacer un día nublado. No hay viento. La humedad probablemente esté alta debido a la lluvia del día anterior. Otro día más de un verano cualquiera.

Beep. Beep. Beep. Beep…

Y al fin Esteban se decide estirar la mano por debajo de las cobijas para apagar la alarma. Gruñe debajo del manto que lo protege del aire helado de la refrigeración. Cierra los ojos y cuando menos piensa salta de golpe y mira su celular: 5:30 am. Se ha quedado dormido veinticinco minutos más de la cuenta, debe estar en la parada del autobús a las 6:00 am si no quiere llegar tarde al trabajo (y desde su casa hasta la parada del bus son casi diez minutos andando).

«Me cago en su puta madre» dice Esteban mientras se pone el pantalón lo más veloz que puede, ha tomado lo primero que ha encontrado, no tiene tiempo para pensar en si lo que lleva esta arrugado, sucio, roto o manchado. Cepilla sus dientes deprisa, ni pensar en desayunar. Sale de casa justo a las 5:52 y sabe muy bien que debe correr.

Ya no estaba acostumbrado a esa rutina desde que tenía su propio auto, pero ayer había sufrido una avería en el motor, por lo cual estaba donde el mecánico. Así, cual magia de cenicienta, finalizado el encanto, debía volver a su calabaza: el trasporte público.

Justo cuando doblaba la esquina vio su autobús abordando unos cuantos pasajeros en la parada, los cien metros que lo separaban de la esquina al bus los corrió como una carrera de juegos olímpicos, para su fortuna llegó justo en el momento en que el último en la fila subía. Jadeando subió los escalones y pagó. El bus iba totalmente lleno, a penas y había espacio entre persona y persona como para evitar el toqueteo innecesario. Había muchos estudiantes (desde niños de primaria acompañados por sus madres hasta jóvenes universitarios), trabajadores y uno que otro anciano.

Esteban no era tonto –o sí- y la noche anterior recordó algo que lo había ayudado en sus tiempos de universitario cuando andaba en transporte público. Él nunca había sido muy social, mucho menos con gente desconocida, pero sabía que no faltaba quien te hablara en el autobús y tratara de hacerte plática, o simplemente los ruidosos estudiantes de secundaria. Por ello, sacó su arma infalible del bolcillo de su pantalón: los auriculares.

Se colocó ambos sobre las orejas, enchufó el conector en su movil y comenzó a buscar una canción para acompañar su viaje. Esteban era un hombre joven con gustos bastante amplios hablando de géneros musicales. No era un apasionado de la música, de hecho suele escucharla cuando alguien más es quien la pone (o cuando a él se le llega antojar alguna en particular). En el auto solo tenía que sintonizar la estación de radio, tenía unas cuatro grabadas en la memoria del stereo. Claro que aunque fuera muy versátil, había géneros que definitivamente no le gustaban. Otra cosa que tampoco era de su agrado era precisamente descargar música, en su mente resultaba muy fastidioso tener que abrir un programa, poner el nombre del artista o el nombre de la canción (si la sabía) y buscar: esa era la razón por la cual en su celular había música de moda del año pasado en la carpeta de “recientes”. Pero el punto no era escuchar la mejor música o la más nueva, de hecho una de sus carpetas favoritas era de oldies (de los 60’s a los 80’s). También tenía unas cuantas canciones en japonés de openings y endings de anime y kpop.

Indeciso a que poner seleccionó la reproducción aleatoria y en el instante que la primera canción iba a comenzar tuvo que pausarla.

A unas tres personas por el pasillo, a su derecha, sentada junto a la ventana, una chica había puesto a todo volumen una canción que él conocía y le gustaba. Al principio se sintió un poco incómodo y enojado por el hecho de tener la música para todo pasajero, es decir, si quería escuchar una canción entonces que se pusiera los auriculares como él, o en todo caso, si no tuviera, pues que simplemente se abstuviera de escucharla.

Él me mintió
Él me dijo que me amaba
Y no era verdad
Él me mintió…


Sonaba la canción por sobre las voces de los niños inquietos de primaria (y eso era mucho decir). Aquella canción no era una precisamente agradable para iniciar el día del largo viaje hasta su trabajo. Esteban decidió escucharla unos momentos más, luego reanudó la reproducción de su móvil.

Una melodía demasiado familiar de piano suena y luego…

It starts with one thing
I don't know why
It doesn't even matter how hard you try…


Siempre había sido un gran fan de Linkin Park, de hecho había estado un tanto decaído cuando se enteró sobre la muerte de su vocalista. Una pena no solo para el rock, sino que para el medio artístico en general. Los tres minutos y medio se fueron tan rápido que a penas y sintió que había disfrutado la canción.

Estaba un poco emocionado por saber cuál sería la siguiente en ese cóctel tan variado.

Mentiras, todo era mentira
Palabras al viento


Miró de soslayo a la chica, tenía el rostro inmutable. Joder, no recordaba que la canción durara tanto como para que aun siguiera. Volvió la vista al frente y comenzó a mover su pie. Oh, FunkyTown le encantaba, le recordaba mucho a los domingos cuando su madre ponía el modular a todo volumen para hacer las tareas domésticas. A veces solía preguntarse por qué coño no había nacido en los setentas y poder disfrutar de los ochentas de joven.

Era un juego y nada más…

¿En serio? ¿Aún seguía? Claro que no. La chica había estado reproduciendo la misma canción. No era la primera vez que alguien ponía su móvil o aparato reproductor a todo volumen en el transporte, de hecho era casi por regla que alguien tenía que llevar el móvil a tope, con música toca los cojones, para amargarle el trayecto a cuanto pasajero se subiese; pero una cosa era hacer eso y otra muy distinta repetir la misma canción una y otra vez.

Mientras Esteban pensaba en los problemas mentales de aquella mujer y su obsesión por repetir la canción, en sus oídos sonaba una balada algo triste: Quien de Pablo Alboran. Le gustaba bastante como cantaba, pero no podía ir por ahí diciendo que le molaba porque entonces se sentiría muy afeminado.

Y escuchando aquella canción recordó que la había añadido a las semanas de haber terminado con su novia (ella le había dejado para irse con otro. De eso ya un año). Vaya putada, acordarse así de pronto de alguien que fue tan importante en tu vida y que ahora no sabes absolutamente nada de ella.

Entre los cantos de Pablo, Esteban, escuchó de nuevo la voz de Amanda Miguel, cayendo en cuenta de la letra de la canción. Ya no trató juzgar a la muchacha, probablemente alguien le había roto el corazón y estaba sumamente dolida. Cada quien lidiaba con sus penas a su manera, y aunque la de ella era un tanto molesta, no pudo más que hacer como si aquella canción no estuviera repitiéndose eternamente.

Dos paradas más adelante la chica bajó en compañía de aquella triste canción.

Mientras Esteban seguía con la mirada a la mujer a través de las ventanas, un chiquillo que corría deprisa para bajar también (todo indicaba que se había quedado dormido y por suerte se despertó justo para bajar) chocó contra él, jaloneando los auriculares, que cayeron sobre sus hombros. Aquellos aparatos de audición eran viejos, no los había usado desde –posiblemente- la última vez que usó el bus. Eran duros, cuando sintió el tirón le habían lastimado un poco el oído. Con una mano se dio unos pequeños masajes en ambas orejas, la otra mano seguía firme en la barra, era bien sabido que los choferes conducían como locos y más vale sostenerte bien si no quieres dar al suelo o arriba de alguien.

Suspiró al ver el letrero que decía Secundaria Técnica #34 San Benjamín Allende, eso quería decir que le faltaba mínimo unos veinticinco minutos de viaje.

Entre sus tristes cavilaciones volvió a ponerse los audífonos. La canción que estaba corriendo le gustaba, lo cual era obvio ya que estaba en su móvil, pero no tenía ganas de escuchar esa; cambió a la siguiente, dejó que corriera unos segundos y volvió a cambiar. Lo mismo pasó con las siguientes tres…

«¿Por qué coño tengo canciones que no escucho?» Se dijo poniendo los ojos en blanco. Era muy extraño, además, si hacía memoria habría jurado que en alguna ocasión cuando estaba en la ducha y ponía la música de su móvil, al menos tres de las cinco las había saltado; pero seguían guardadas ahí ¡Porque en algún momento de su vida podría tener ganas de escucharla!… Aunque las saltara nueve de cada diez veces.

Cuando, al fin, encontró una canción que si tenía ganas de escuchar, tuvo una sensación incomoda. Alzó la vista y vio como algunas personas miraban a donde él. Volteó a verse la ropa, por el reflejo de las ventanas polarizadas estaba seguro que no tenía nada en la cara. Aun así había algo, lo sentía, como un pequeño zumbido fuera de lugar. Se quitó el auricular derecho y se lo puso detrás de la oreja, lo mismo para el izquierdo.

Odiaba el bus.

Detrás de él, probablemente un chico universitario, portaba unos cascos amarillos marca Sony, pero la marca o el color era lo de menos… Si había algo peor que una persona con el móvil a todo volumen en el bus, esa era una persona con auriculares/audífonos/cascos a todo volumen y que la música se escuchara igual como si no los llevaras conectados al móvil.

Respiró profundo de nuevo, arañando las últimas piscas de paciencia que le quedaban.

Pero Esteban era un muchacho con suerte (o eso quería creer), unos tres minutos después se desocupó un asiento casi al fondo del autobús, junto a la puerta de descenso. Tomó lugar tranquilamente y se colocó su maletín sobre las piernas. Siguió escuchando su música, mirando más tranquilamente hacia los paisajes urbanos del recorrido. Comenzó a visualizarse en un video musical, uno donde un pobre muchacho –como él- iba en bus a una parte en algún lugar, mirando por la ventana todas las cosas que pasaban mientras él estaba ahí arriba: Un chico dándole flores a otro chico. Un par de policías arrestando a un ladrón frente a una tienda. Madres regañando a sus hijos por no querer ir al colegio. Autos pasando sin más. Un par de ancianos tomados de la mano. Perros correteando un gato… Había muchas posibilidades.

De pronto suena ese bajo, la guitarra y la batería. Sus ojos brillan y la sonrisa se le ensancha un par de centímetros más. AMA esa canción. Esteban sin darse cuenta comienza a cantarla muy bajito, mueve los pies, ambas manos simulan tocar la batería sobre su maletín. Súbitamente siente los ánimos renovados, siente que todo en ese día irá excelente.

No lo puede evitar, sale inconsciente de su boca, su mente es ajena al autobús, los pasajeros, el ruido, todo. Solo son él, esa canción y el video musical de su mente. No grita, pero si escapa de sus labios más fuerte de lo que debería…

Ubaitotte tsukandatte
Kimi janai nara imi wa nai no sa
Dakara
¡Haruka kanata!


Cuando se da cuenta de lo que ha hecho es demasiado tarde, la ha cagado. Discretamente voltea de reojo a ver al señor que estaba sentado a su lado: Oh sorpresa. No está el señor. Compartiendo asiento estaba en su lugar una muchacha un poco más joven que él, muy guapa, de cabello castaño y ojos grandes muy negros. Ella lo ve con una cara de ¿Eres friki para tu edad? Y esa sonrisa burlona que le infla los mofletes.

Odiaba el bus.

¿A quién le importaba? No la iba a volver a ver, y aunque estuviera colorado de oreja a oreja por la vergüenza, se decía que le daba igual. Repitió Haruka Kanata dos veces más. Cuando estaba por poner la tercera vez consecutiva pensó en su compañero de trabajo: un hombre regordete de poca cabellera, tenía la mala costumbre de repetir la misma canción –promedio- unas quince veces al día, seguida al menos unas cinco. No podía quejarse porque el sujeto era bipolar y temía que fuera a tomarlo de mala manera, además le tenía respeto como para soltarle lo que realmente pensaba de tener que escuchar a Miguel Bosé cantar la misma canción todo el día ¡Todos los días!

Más canciones de animes.

Stand up, be strong del sountrack de Bleach le hizo sentir poderoso. Tenía esa epicidad que muy probablemente le faltaba a su vida. Aunque, por los minutos que duraba la música, él era el amo, dueño y señor del universo (o al menos del bus).

Forever hence believe yourself…

Ese era el poder de la música, un poder que él solía menospreciar, pero la verdad era que absolutamente desde la más ridícula hasta la más exquisita pieza hacía sentir algo a alguien. Para bien o para mal. Podría solo una nota hacerte reír o llorar. Recordar tu niñez, o algún momento de tu vida. Podía hacerte sentir importante o deprimirte. Él lo había olvidado. Sentado en su auto, conduciendo cómodamente a su trabajo, había olvidado la buena compañera que es la música para un buen día y sobre todo para los malos.

Dos minutos después bajó en su parada. Andar en bus era un infierno, pero en el camino al menos había estado entretenido. No imaginaba como sería el regreso.

Plus, la chica le dio su número.
Dueto en cuatro actos y un preludio.
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Frente a la puerta de entrada de la casa, la joven maestra se detuvo, respiro hondo, y trató de desechar su gesto de disgusto en favor de una sonrisa jovial antes de llamar al timbre. Era la primera clase, y era demasiado pronto para ofrecer una mala impresión, pero odiaba la perspectiva que tenía por delante. Odiaba los críos, odiaba ese pueblo, odiaba enseñar, odiaba su trabajo y, a grandes rasgos, odiaba su vida actual. Pero era lo que le tocaba. Ya habría tiempo para soñar en el futuro.
Tras cruzar la puerta y un par de frases de presentación con el padre de su nueva alumna, entró al salón y la vio: nerviosa, callada, tímida, temerosa, y… Dioses, pequeña. Muy pequeña. Cuando le dijeron que daría clase a una niña de siete años, no había sido verdaderamente consciente de qué aspecto podía tener una niña de siete años. Parecía que fuera a romperse (o peor aún, a romper en llanto) la primera vez que le reprochase algo o le corrigiese una nota.
Haciendo de tripas corazón, despidió a sus padres (después de todo, la habían contratado para que la niña estuviera atendida y al cargo de alguien las tardes en que no hubiera nadie en casa) y se dispuso a tantear cómo de grave era el panorama. Según pudo sonsacarle entre respuestas cortas y murmuradas desprovistas de todo contacto visual, la mocosa no tenía ni la menor idea de solfeo, lenguaje o teoría musical, pero una prima le había dado su vieja guitarra hacía tan sólo unos meses y, entre tutoriales de Youtube y la ayuda de unos progenitores con una cierta inquietud musical, había ido aprendiendo poco a poco a aporrear un instrumento que parecía estar pidiendo con urgencia la eutanasia.

Tras una semana de clases dedicadas a evaluar su nivel (infame) y tantear la personalidad de la niña (insulsa), la joven maestra decidió que ese trabajo en concreto no era para ella, pero a pesar de ello no se veía con ánimos de renunciar a él abiertamente. Después de todo, el pueblo era pequeño, aquellos eran sus primeros clientes, y la niña no tenía culpa de ser una niña aburrida y gris.
Como excusa para dejarlo, habló con la niña y sus padres para decirles que, pese al interés de ella por la guitarra, necesitaba trabajar sobre unas bases musicales más regladas de las que ahora mismo tenía, y que lo mejor para ella era que intentase entrar a un conservatorio o que la apuntasen a una academia de música donde podrían encontrar formas menos tediosas de enseñarle de lo que ella podía ofrecer.

Para su sorpresa, la niña se negó y manifestó su deseo de seguir dando clases con ella, independientemente de que sus clases en adelante fueran más o menos aburridas, independientemente de lo rápido o lento que pudiese aprender.
Y también para su propia sorpresa, la joven maestra aceptó.



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Para Elisa.

-Otra vez, desde el principio.
Mientras las primeras notas del piano empezaban a sonar, la joven maestra pensaba.
En los cuatro meses que llevaba dando clases con su profesora, su pequeña alumna había aprendido a leer y escribir, aunque fuera de forma rudimentaria. Ya no tocaba como un mono que repite los movimientos que ve, sino que había empezado a entender la música como el lenguaje que era.
A pesar de que no dejaba de ser un trabajo aburrido y temporal, a pesar de que los niños seguían sin gustarle, y de que la mayoría de las clases le aburrían forma inimaginable, la joven maestra a veces sonreía. No demasiado a menudo, ni con demasiado entusiasmo, pero a veces lo hacía, como en ese preciso momento, mientras veía la cara de concentración y frustración que se dibujaba en su cara mientras golpeaba las teclas del piano junto a ella.

A la pequeña alumna no le gustaba el piano, y se encargaba de dejarlo bien claro cada una de las veces que tenía que tocarlo, pero la joven maestra consideraba que tener un viejo piano en el salón y no aprovecharlo en su situación era poco menos que sacrílego, por lo que a pesar de su descontento, al menos una vez por semana le dedicaban una clase a él.
Pasados los inicios destinados a generar soltura y habilidad en las manos y para que se hiciese a los mecanismos mentales necesarios para leer y tocar, le enseñó su primera canción. Esa obrita por la que tradicionalmente comenzaban todos los que empezaban a tocar el piano.
Pasada la euforia inicial tras tocar por primera vez las nueve notas iniciales de Para Elisa, la pequeña alumna se fue frustrando más y más al ver cómo era incapaz de conseguir que una canción tan simple como esa sonase como debía sonar, y para prevenir que la pequeña acabase por tomarle (aún más) manía a un instrumento que ya de por sí odiaba, comenzó a tocar con ella a cuatro manos.

Gracias a eso, la pequeña alumna comenzó a disfrutar.
Tocaban a dos voces, con la joven maestra complementando su melodía principal una octava más grave, cediendo el peso de la obra a la niña mientras trataba de suavizar sus errores evitando ocultarlos por completo. Mientras la pequeña se esforzaba en sus primeros pasos con el piano, concentrada en sincronizar ambas manos y en leer la partitura, la joven profesora la miraba con una de sus escasas y aisladas sonrisas, mientras sentía como si la estuviera llevando en brazos a través de la partitura, haciendo filigranas, quiebros y piruetas para evitar que la melodía se derrumbase y su pequeña alumna sufriese una desilusión excesiva.
Cuando acabaron, y a pesar de que ambas sabían que no había sido mucho más que un desastre aceptable, la pequeña alumna se giró para mirarla buscando la aprobación en los ojos de la joven. Una aprobación que chispeó un momento en sus ojos antes de decir:
-Meh… Otra vez, desde el principio.



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Concertino para guitarra y orquesta en La menor op. 72 (modificado para guitarra y piano)

En la oscuridad generada por los focos del escenario, tras un cruce de miradas entre las dos, y un asentimiento silencioso, la música comenzó.
Con dieciséis años, era la primera vez que la joven alumna se subía a un escenario. Había tocado ante un público en otras ocasiones, pero esta vez era diferente: su maestra, con la que había crecido y aprendido, le había invitado hacía unos meses a tocar con ella en un ciclo de música de cámara que se estaba llevando a cabo en la ciudad. Durante esos meses, olvidadas en parte de la relación de maestra y alumna, practicaron y ensayaron juntas como no lo habían hecho hasta ahora. Sabía que aún estaba lejos de ser tan buena como ella, pero el hecho de haberle propuesto hacer ese dúo, y de responder por ella frente a unos círculos en los que era respetada y bien considerada, la conmocionó al entenderlo como una especie de aceptación como igual.
Esperaba poder responder a dicha expectativa, y le aterraba no poder hacerlo.

Una vez dejado atrás el Allegro que suponía la primera pieza del Concertino, el miedo comenzó a abandonarla y empezó a disfrutar. Mientras acariciaba las cuerdas de la guitarra en la Romanza, no podía dejar de mirar a su maestra, absorta en el teclado del piano como la había visto en otras ocasiones. No era ajena al hecho de que le había cedido la partitura de su instrumento preferido en deferencia al hecho de que era su primer concierto, y quería que disfrutase al máximo de él.
Viéndola tocar, y tras haberla visto a la entrada hablando con asistentes y concertistas, desenvuelta y más en su elemento que nunca, no pudo evitar admirarla aún más de lo que lo había hecho hasta ahora. Durante más de diez años, esa mujer había sido para ella una profesora, una modelo, una hermana mayor y quién sabe qué más. Entre clase y clase, habían hablado y reído, se habían frustrado la una con la otra cuando una canción se le atragantaba, y se habían confesado. Había muy pocas cosas de la vida de la joven alumna que su profesora no supiese, y sin embargo… Ella sabía muy poco de la suya, y empezaba a ser consciente en ese momento.

Hacia la mitad del Scherzo, mientras la joven alumna disfrutaba de la música y tenía la cabeza en otro sitio, erró una nota y, rota la concentración por un momento, sus dedos fallaron y durante unos segundos el sonido de la guitarra se ensució.
Asustada pero ya repuesta, recuperado el ritmo de la música, de su corazón y el sonido, se atrevió a levantar la mirada de sus manos para buscar la de su maestra, que la fulminaba con la mirada por encima de la tapa del piano mientras que la media sonrisa de su boca se burlaba de ella.

Acabada la obra, mientras se inclinaba para saludar al público que empezaba a aplaudir, su maestra se puso a su lado y, abrazándola con un solo brazo mientras se inclinaban de nuevo para saludar al público, le dijo con un guiño cómplice.
-Parece que aún no hemos dado tu última clase, ¿no?

Y de alguna forma, la joven alumna se sintió aún más feliz.



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Improvisación con dos guitarras sobre la base de Autumn leaves.

A sus cincuenta y muchos años, la maestra se sentía abrumada y asustada como no lo había estado nunca en su vida.

La llamada de la joven maestra (aunque para ella siempre sería aquella pequeña alumna que aporreaba la guitarra de memoria) la había cogido por sorpresa, pues hacía ya un par de años desde la última vez que se vieron y pensaba que se había olvidado completamente de ella.
Dejarla (empujarla, más bien) marchar había sido probablemente una de las decisiones más duras de sus años como maestra, pero haber seguido a su lado el tiempo que hubiera deseado habría sido contraproducente. Sabía que esa chica era buena, y que sería aún mejor a su debido tiempo, pero debía hacer su propio camino, no seguir el que le ella le pudiese marcar.
El tiempo acabó por darle la razón, y durante el último año su nombre había empezado a sonar con fuerza como líder de una de las big band con más proyección de la escena del jazz, alternando sesiones con guitarra eléctrica tradicionales y espídicas con algunas más vanguardistas sobre una base de guitarra clásica e instrumentos menos habituales.

Precisamente eso es lo que la aterraba, pues la llamada de la joven maestra era una invitación a una jam sesión abierta en la que tocar juntas una vez más, y en su interior se mezclaba la felicidad por volver a verla, con el orgullo de la maestra que lucha por no ser superada por la alumna, y el temor a que esto último pudiese suceder.

Nada más verla, sus temores e inseguridades aumentaron, pues ya no estaba frente a la chica a la que dio clase durante tantos años, sino que se encontraba ante una mujer de verdad, preciosa, segura de sí misma por su fama en auge, e imbuída de ese halo de misticismo fatalista que tan bien habían utilizado siempre los músicos de jazz. Y frente a todo eso, ella era… ¿Qué era? Una vieja música de cámara de cierto talento que jamás había llegado a triunfar, quemada durante años dando clase en un pueblo que a la larga había supuesto un encierro en vida.
Sin embargo, algo dentro de ella se resistía a claudicar, había una punto de pundonor que se decía que aún podía tener algo que enseñar a su vieja alumna, y sobre todo a sí misma.

Charlaron un rato, tomaron una copa, se pusieron al día de sus respectivas, rieron como en los viejos tiempos y, al final, cuando no pudieron resistir más la expectativa, pidieron turno y se subieron a la tarima del local entre los aplausos de un público entregado que había reconocido a la joven maestra. Y entonces, empezaron a tocar una vez más.

Una vez terminado el head, la joven maestra tomó la iniciativa y se lanzó hacia la música como si fuera la última canción de su vida. Sentía que no tocaba para un público, ni tan siquiera para ella misma, sino que toda la música que hacía bailar a las hojas de otoño de la canción era una ofrenda para su antigua maestra. Un sacrificio de música y notas, un grito que decía quién era ella y quién había sido la persona que la había moldeado, una reivindicación y una súplica que pedía su orgullo, su reconocimiento y su amor.
Pero bajo aquel vendaval de música y virtuosismo, la maestra sintió que los años le iban cayendo encima uno tras otro, y que no era una sensación agradable. Luchaba por mantenerse a flote a duras penas en la tormenta de notas que le lanzaba su antigua alumna sin descanso, y se sentía cada vez más pequeña e insignificante, como una simple mortal que había osado hablar a una diosa y estuviese sufriendo las consecuencias de su hibris.
Mientras tanto, la joven maestra continuaba con su ritmo cada vez más acelerado, eufórica por la propia música y en la certeza de que su antigua profesora se deleitaba con lo que le ofrecía, y disfrutaba a su vez con su propia improvisación.
Hasta que, en un momento dado, cuando las notas empezaron a caer a pesar de los infructuosos esfuerzos de su vieja maestra por mantener en pie la melodía, la joven maestra salió de su ensimismamiento musical y volvió a la realidad para ver como la miraba impotente, implorando que parase y acabase ya con el sufrimiento.

Tras repetir el head para concluir la sesión, y en medio de los aplausos de un público enfervorecido por lo que acababa de ver y oír, la joven maestra miró a su otrora maestra y, más allá de toda la admiración y el amor que había sentido por ella a lo largo de toda su vida, destelló una chispa de lástima y pena al entender a la persona en su contexto, lo que pudo ser y no fue, y lo que era a día de hoy.

Y la vieja profesora pudo ver esa chispa de lástima, y a pesar del amor mutuo que sentían, algo se rompió dentro de ella para siempre.



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Para Elisa (V.2)

Tras las verjas, hay un edificio.

En el edificio, hay una sala.

En la sala, una multitud de ancianos gastan el tiempo libre de sus últimos días en revivir viejas historias mil veces repetidas.

En la sala, hay un piano del que ocasionalmente sale música.

Y en el piano, sentadas una junto a otra, hay dos mujeres.

Una de ellas tiene el pelo negro salpicado de canas, y su ropa de calle la destaca entre el resto de ocupantes de la sala como una visitante. La otra tiene el pelo completamente blanco, parece más pequeña de lo que realmente es, y en ocasiones su mirada parece vidriosa y ausente.
Pero las dos tocan el piano como iguales, con un amor que se transmite a la misma música.

La anciana maestra vive por y para esos momentos de música en que su antigua alumna viene a visitarla.
La antigua alumna (ahora maestra de verdad), sufre cada vez que va a visitarla, y aun así desea hacerlo con todo su corazón.

A pesar de que la canción, una y mil veces repetida, es una pieza para principiantes, a la anciana maestra le cuesta seguirla. Sus manos están oxidadas y temblorosas, la memoria muscular cada vez le falla más, y el alzheimer tiene sus momentos cada vez más frecuentes.
Hacia la mitad de la canción, la enfermedad entra como tercera pata de un dueto que jamás pidió compañía y la antigua alumna, hoy maestra, debe hacer filigranas, quiebros y piruetas para mantener viva una melodía que parece querer desmoronarse con todo su corazón.

Finalmente y como era de esperar, la canción cae al suelo con una disonancia imposible de obviar, y la anciana maestra observa con ojos vacíos y sonrisa beatífica a su antigua alumna, que hace visibles esfuerzos por no llorar antes de decir:
-Venga. Otra vez, desde el principio.
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Bastante participación con 8 relatos mu bien. Por ultimo recordar el método de votación.

Se votara puntuando de 1 a 7-8 puntos según cuanto te haya gustado un relato, los autores empezaran a votar a partir de los 7 puntos y la gente que no haya escrito a partir de 8, dando el maximo de puntos al que más haya gustado, 1 punto al que menos y argumentando un poco, os pongo un ejemplo:
7 puntos para Titulo del relato más legendario jamas escrito. Me ha gustado como trata la trapalantia ademas tiene muy buen uso del léxico y blablabla
6 puntos para Titulo del un relato que te ha gustado mucho. El punto de vista de este autor respecto a la entropía en las sustancias con metano es muy bueno porque blablabla
....(Votos intermedios que paso de poner)....
2 puntos: Titulo del relato que no te ha gustado. Este relato nos plantea una manera de ver la salgopía en la que no coincido y blablabla
1 punto para Titulo del relato que si lo vieras por la calle te cruzarías de acera. Aquí se plantea un punto de vista respecto al nirvana y el cubismo intrínseco que me dan ganas de dar por el c**o al autor.
Intentad no usar comentarios soeces el ultimo ejemplo es como no debéis criticar. Tratad de que sea constructivo no de hundir en el fango al autor, que a todos nos salen malos relatos de vez en cuando xD.

Ademas se les restaran 7 puntos a aquellos autores que no voten. Si quieres que te lean que menos que molestarte en leer tu.

Aclarado todo podéis empezar a votar y tenéis hasta el dia 31 de Agosto este incluido, para acabar bien el mes. Buena suerte a todos.
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